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La cábula

Es Álamos

Es Álamos
Alamos.- Otra vez los callejones: desfile de ojos encontrando el arte todo. Y la fiesta que se dibuja perenne es un tic tac que marcha a la par de los grados centígrados que descienden.
Álamos es desde ahora en adelante la abreviatura fácil para encontrar la ópera en gala y todo ese trajín cuasi urbano que se desplaza por la arquitectura colonial. FAOT son las letras que llaman a los turistas, a los amantes del ruido elegante: manipulación en las notas que alcanzan la voz.
Álamos es también el pretexto para hilvanar un día más en la vida de los otros, los de la resistencia, los de mochila, los sin nombre. Álamos es no sólo la estadística de eventos en un programa completo apresurado rafagueante.
Álamos es el encuentro con su origen en ese niño que golpeó con sus pasos la adolescencia hasta volver a la infancia. Arturo Márquez es uno más entre los muchos todos que desfilan por las calles celebrando la existencia, la inmortalidad de Alfonso Ortiz Tirado.
Álamos es la reiteración del poder de los pocos y la debilidad de los muchos, la insistencia en la entrega de la tierra y el esfuerzo mismo para servir al patrón venido del norte. Álamos es, paulatinamente, una colonia de nacidos en los yunaires, que con su inglés perfecto se han posicionado del paraíso terrenal.
Álamos y su FAOT es la coyuntura para que Sergio Vela (directorsísimo de CONACULTA) haga la visita bajo condiciones establecidas para que su comodidad sea garante de que en Sonora el canto y la cultura va por buen rumbo.
Álamos es la pausa a la violencia de todos los días en el estado donde nada ni nadie por encima de la ley es la consigan que divulga el oficialismo gubernamental.
Hay en álamos también la otra rutina, la del chorizo con huevo como desayuno, la de la resaca producto de la callejoneada de anoche y esas guitarras incentivando la garganta dispuesta para el vino, el tequila, la cerveza.
Álamos es un receso al acelerado fluir de la sangre que la ciudad obliga, y en ello la tensión de los músculos, la desesperación de la luz en rojo en el semáforo, el tronido del cláxon.
No es un derroche gobiernista los dineros invertidos en el arte, es también la formación de públicos, la oferta de arte como herramienta para enfrentar la vida, el empleo efímero de ejecutantes que con sus propuestas conforman la nómina impresa en el programa general del FAOT.
Y qué si la derrama fluctúa entre uno o dos millones, eso con la risa congelada en el rostro bien intencionado lo gana un diputado durante su gestión. Tal vez más.
Álamos es un volver a la oportunidad de saber que el arte existe. Y un móvil para que los alamenses encuentren empleo, aunque sea de paso.
Los estadounidenses dueños de casas-haciendas también hacen de las suyas, alquilando habitaciones a no muy bajos precios. Y una sonrisa les dibuja la transacción.

Álamos es un grito operístico, un lapso sensible que transita por los callejones.  Álamos es...   (c.s.)

 

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