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La cábula

Álamos: final de espuma

Carlos Sánchez

Álamos.- Otra vez la reiteración de la vida entrando por los ojos. En su sitio la ópera platillo fuerte aderezado del cello el violín el piano.

En su lugar que son las calles la música de banda inmortaliza al Vale. Canta desde el stereo de un carro y los cuerpo aparejados son la marea sobre el empedrado.

No es agua salada la que provoca el ritmo de la espuma sobre la comisura de la acera. La levadura enlatada es más que el alcohol entrando en el cuerpo, es también el derroche eufórico de cientos tal vez miles de gargantas celebrando la vida otra vez.

Qué si los párpados del burro son la petición de clemencia para esas horas que deberían ser inhábiles.

Cantar es mover la emoción y añadidura del impulso por brincar bailando. Truena la guitarra que es parte de la estudiantina. Y sobre los callejones otra vez el grito para retener en la existencia a don Alfonso, el Ortiz Tirado: pretexto para la fiesta otra vez, la embriaguez otra vez, el beso que se desea interminable: otra vez.

Ay las manos que golpean la vaqueta. La ampolla vestigio de pasión y los oídos aplaudiendo el fuego en el aire. Son cuatro cinco diez los acoplados que mochila en el lomo secuestran la ciudad, incluida su luna a la mitad. Se asoman las palabras después de los malabares y la petición es la moneda: una, dos, para que la algarabía permanezca.

Sobre las piedras las suelas resbalan conduciendo almas hacia el ruido que se oferta año con año. Bajar, subir, encontrar el punto exacto para engullirlo todo con la mirada, el corazón, las manos que pretenden acariciar el cielo la piel la música.

Bailar es permanecer en ese espacio del cual no se puede evadir. La multitud improvisa cercas, marca territorio, allí ellos, los dueños del instante sin más proyecto que felicitar las notas del cantante inmortal. Allá los otros ellos, los dueños de la gala, el poder infinito escoltado por los hombres a su servicio, allá los que mandan el control de la vida, los que se apersonan para la clausura, los bajos no sólo de estatura.

Qué más da si el obrero construyendo música, impartiendo música, ha perdido de vista sus herramientas y en ese extravío un pedazo de su alma. No importa el oficio visto desde arriba el poder todo y prioritario.

Tirar los recursos del maestro que enseña no es tema de preocupación. Los pasos del gobernante deberán tener todo dispuesto para el libre tránsito. Nada importa, la perfección de la imagen es persecución del político que debe servir al político. De los que creen que crear es importante, es cosa mínima y problema de su sensibilidad.

Despotricar un día después del agravio será más que actitud de soberbia, la rabia en el maestro que le imprime la pasión por su oficio.

Volver a la vida unas horas después es constatar que la noche apaga su luz con la oscuridad del día. Levantar la cabeza en resaca es la inevitable realidad encandilando no sólo la pupila, el vientre todo también se vuelve un remolino.

Retorna la imagen de las horas antes. Un subir y bajar de cabezas acompañando las notas de la banda y el Vale.

De esto y mucho más ni se inmutan los personajitos montados en sus carrotes de poder. Álamos dócil presta su región a la violencia del poder, y celebra inherente el grito el baile el beso la canción joven y despreocupado.

Ayer todavía quedaban motivos para encender la euforia. Ahora el fin de la fiesta es una lata de cerveza aplastada.

Un poeta que ha partido ya de la ciudad colonial, se ha llevado en sus oídos el dolor de la ambulancia “que anoche chilló mucho”.

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