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La cábula

Nublado sol / por carlos sánchez

Lo he visto patear balones. A veces sobre  la cancha de básquet del barrio la Matanza, a veces en los campos de la sauceda.

Vino a tocar la puerta de mi casa hoy. Traía en sus manos la camiseta de los Pumas, mojada porque la lavó para rolármela.

Es plomero ahora, retirado del oficio de tirar. No puedo describir mis ojos abotagados al tener la prenda en mis manos. Responsable es la emoción por ese rubor en el rostro. Fui un niño cuando me dijo: es tuya.

El nombre es lo de menos. Se llama Carnal en mi inventario de esos que reparten su solidaridad.

Hace unos años que Carnal chicotea sus días por los callejones del barrio y la ciudad. Tiene en su mirada la precaución para no dar la espalda: la violencia que acecha le hace traer la mano preparada para desenfundar.

Cuando morros, corríamos pateando balones. Ahora pateamos las angustian que nos abordan como zopilote que desean engullir la muerte.

Vinieron esos momentos inevitables de paladear la tragedia, y encender el odio. A su hermano el Yulay le quitaron la vida a la brava, en uno de esos callejones del barrio. Antes otros tres hermanos de él fueron objeto de un rótulo sobre la cruz en el panteón.

Desde la muerte del Yulay sus ojos abarcan mayor territorio: precaución para enterarse cuando se acerca la cobardía que ataca por la espalda..

Siempre me he preguntado por qué la violencia se arraigó en el barrio. La única respuesta que me ilumina es el abandono al enseñar y repartir la riqueza por parte de los que gobiernan.

La resistencia es tan constante como el exceso de sol sobre las piedras de ese territorio nublado, gris descarnado donde cohabitan mis carnales.

No pretendo un ensayo sobre el dolor de mi Carnal, intento más bien proyectar la nobleza que le pertenece.

Con qué pagar su gesto de tocar a la puerta para argumentar su vida animándome a echarle ganitas. Ilustra su historia, ante este mal que me aqueja y por el cual debo llenarme de pastillas para no soñar.

Oírlo conversar con pasión por ese logro de seguir viviendo, es rentable en estos días de doparme el corazón. Tiemblan mis manos, se seca mi boca, y un opercaut es la dosis que engullo con puntal religión.

Tienen sus argumentos la posibilidad de empujarme hacia la vida. Qué si no la realidad cruel de los otros puede sublimar el ánimo. Conclusión lógica del no estoy tan mal.

Primero en el Carnal fueron las rejas, luego la muerte de uno de sus hermanos, y el otro, y el otro, y el otro. Tres a manos de la violencia en la cobardía; el otro náufrago sin guión Gaboiano; no la suerte, no la compasión de la vida por esa madre que a cuenta gotas mueve el rosario por el alma de su hijos.

Comimos quesadillas, en sobremesa de tertulia sin pose, sin snob, pelando el machete para observarnos desde afuera y concluir con el nombre de esos fantasmas que nos abundan mientras la almohada cae en la discusión sobre identidad.

Una es la muerte de los hermanos, la otra es la fuga de la familia, de la esposa que atosiga, de los pies de sus hijos explorando el barrio y la vagancia.

Otra es la última ocasión de cercanía de la muerte. A Carnal se le ocurrió asaltar el desierto, por el Sásabe, y vivir la caminata más larga de su historia, y ser víctima de los tumbadores que le arrebataron el agua y con ello la posibilidad de avanzar hacia el gabacho.

A como pudo se aferró a los motivos de vivir, y llegó a Tucson, después a Phoenix. Tuvo que escaparse de la casa donde lo tenían como mercancía, para venderlo al mejor postor, antes de que llegara la migra, antes de que enfermara de inanición.

Corrió el cerrojo de la puerta, me cuenta, y  corrió por las avenidas de la ciudad. Después completó para el camión y volver al encuentro con los suyos.

Una más, la que más cala, es la existencia de esos profesionales de la violencia que no conformes con quitarle la vida a uno de sus hermanos, ahora lo embaucan en un jale que el ni en cuenta.

En las próximas horas Carnal tendrá que pisar los juzgados, declarar ante la presencia del que mató a su brother.

Lo impresionante es la fortaleza, las ganas de brincarle encima a la liebre de la libertad. Las balas, los puñales, la droga, la crueldad, especialidad de la casa en el barrio. Y se cocina todos los días. Carnal levanta más la mirada, sólo para toparse con el gris del cielo.

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1 comentario

Blas -

Que hay Carlos,es bueno saber de este sitio y poder seguir tu pluma.
Saludos.
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