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La cábula

Carlos Sánchez mira y crónica el de efe

Juan José Flores Nava (El Financiero) 

HERMOSILLO, Son.- A Carlos Sánchez una suerte rara lo condujo a lo que ahora es: periodista, escritor. Sus amigos de infancia, la mayoría, están presos, muertos algunos, adictos prisioneros otros. Porque en vez de autoflagelarse todas las mañanas y recordar que su infancia sucedió entre adictos y prostitutas que se surtían de droga en la casa paterna, Carlos Sánchez no deja de agradecer que tiene vista y que las letras se le cruzaron a su paso. Un beso al cielo, dice, en esta charla con EL FINANCIERO a propósito de su libro de efe (La Cábula Ediciones).

En de efe, claro, Carlos Sánchez anda y relata la ciudad de México. Pero no la ciudad de los palacios, tampoco la de las instituciones devaluadas y corrompidas por la hipocresía y los intereses de un puñado de privilegiados, mucho menos la de las mentiras bien pagadas de la televisión nacional; no, la ciudad que cuenta Carlos Sánchez en de efe es la que quiere ver, la ciudad que él mismo vive, que recorre: la ciudad de la solidaridad, de la lucha, la que grita "no nos vamos a dejar, no esta vez", mientras colma la plaza mayor respondiendo a la convocatoria de su líder; es la ciudad del comercio, de la diversidad cultural y gastronómica, la ciudad de los amigos, de sus compañeros periodistas.

-Este libro es un infarto masivo de los dedos en las teclas -dice Sánchez-. Me fue imposible observar la vida durante el par de semanas en que anduve por allá. En de efe están el ruido y las imágenes del Distrito Federal. Ahí hablo de lo que veo, de lo que me obsesiona, y si le sumamos a esto que fui a la capital en un momento de protesta permanente, donde las voces se unificaban para taladrar la palabra justicia, donde los artistas rasgaban sus guitarras, movían sus pinceles, leían sus obras, donde la gente cocinaba en una hornilla improvisada, donde el aposento familiar fue el pase de Reforma, el Zócalo, no pude escapar a la enfermedad de escribir.

Carrocero de oficio (hojalatero, diríamos en el DF), Carlos Sánchez sabe que eso de pintar carros es más redituable que la literatura en cuestiones de dinero, pero lo que ha podido hacer con el alma, como él mismo dice, a través de las letras, no tiene cómo pagarlo.

-Reconocer este encuentro conmigo, a partir de los ojos recorriendo historias, no tiene precio -sentencia-. Despotrico a veces contra los que se quejan (y me quejo también, eterno incongruente que soy) de que el oficio de escribir no da para comer. Ando en esto de la literatura por amor a los que amo, por la insoslayable búsqueda natural de la vida.

Si se le pregunta por culpa de quién anda en los meandros del periodismo y la literatura, Carlos Sánchez dice que no puede omitir el nombre de Miguel Ángel Avilés Castro.

-Él siempre ha hecho mucho por mí. Trozó y trazó mis primeras líneas, me condujo con buena voluntad hacia la escribidera. Tiene gran responsabilidad en esto que ahora quiero ser, seguir siendo. Cuando en los días de carrocear me lo topé de la mano de su novia, mi comadre La Kila, le pedí un paro: que me alumbrara con su lámpara de experiencia. Y ahora garabateo con más libertad, suelto la pluma. Él me sigue leyendo, a veces me comenta algo sobre lo que escribo. Siempre está ahí, detrás de mis textos.

El de efe de Carlos Sánchez inicia con un texto en el que agradece la generosidad de su hermano. Y cómo no, si alguna vez le salvó la vida. Por eso somete al machito que le sembraron y aprende a decirle a un hombre, de hombre a hombre, "te quiero".

-A mi carnal -dice- le debo el estarte respondiendo ahora, el sentir, el reír, el gozar. Es de él mi vida. Cómo no agradecer que sus gritos me hayan sacado de esas aguas en las que morí un instante. Por él regresé a estos días en los que cuento la felicidad y toco el éxtasis de las carcajadas de mi hermano.

-¿Qué diferencias hay entre la escritura del primer libro que publicó y de efe?

-El primero, Linderos alucinados, es la voz de la raza de mi barrio, de mi pueblo al que llaman ciudad. Está allí el dolor del nacer torcido: la muerte de mi padre, el homicidio del camarada, el pasón de la morrita que idolatraba, el alcohol en las venas de todos ellos, la libido del bato que le gana con la morra a su amigo. Es el barrio y su corazón, la ciudad y su padecimiento de personajes nacidos para perder. En cambio, en de efe el lenguaje es distinto, es un paneo veloz de los días de recorrer las calles, los campamentos, de disfrutar la compañía de algunos cronistas, de beber y preparar el vodka para los amigos; es contar el río revuelto de ese niño sorprendido que conoció el Estadio Azul.

- ¿Cuáles fueron las enseñanzas que le dejó la escritura de de efe?

-Inolvidable será la actitud de la gente, la convicción, la esperanza, el creer que una persona [Andrés Manuel López Obrador] les puede quitar el ruido de las tripas, facilitarles la educación de sus hijos. Y la fiesta. La raza quiere algarabía y aprovecha cualquier tribuna. Cómo olvidar al padre con sus hijos jugando futbol en el umbral de Bellas Artes, cómo desechar de la memoria la mirada de la madre ante su hijo que celebra el balonazo en Paseo de la Reforma. La vida que está en de efe me abrazó y me hizo diferir una vez más de esa sandez de los medios que chingan y chingan con que el Distrito Federal sólo es violencia.

-Lo cuenta en el libro, ¿pero qué le maravilla de la mega ciudad y qué le horroriza o detesta?

-Me maravilla la velocidad, el ruido, es un performance constante, perenne. Detesto la mentira, sobre todo la del político. Me encanta la resistencia, la habilidad del ciudadano para llevar de comer a su hogar, me entristece el discurso hueco, alevoso, del político.

-¿Cómo anda el periodismo aquí en Sonora?

-Se ejerce por vocación, en mi caso por esa necesidad de darle voz a los que no la tienen. Mis textos van a la sociedad, a decirle a los lectores qué siente el leñador, el fabricante de ladrillos, el drogadicto, el que delinque. Me molestan las notas principales de los medios locales: siempre la declaración del funcionario, siempre la banalidad del espectáculo político. Y agredir a los "delincuentes pobres" es el deporte favorito de editores y reporteros: mercado sin riesgos, ganancias a manos llenas. La nota amarilla ha formado un par de periódicos nuevos por acá. Y ninguno de ellos con sección cultural. Así que ejercer el periodismo es fácil, pero publicar no tanto.

Juan José Flores Nava (El Financiero)

Carlos Sánchez abandonará por unos días su natal Sonora para presentar en el mismísimo Distrito Federal su libro de efe. Eso será el martes 31 de octubre en el bar Tapas La Araña (Campeche 228-B, Condesa), a las 20 horas, con los comentarios de Eusebio Ruvalcaba y Víctor Roura.

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2 comentarios

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