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La cábula

Del cuatro y medio

Carlos Sánchez 

 

Tiene los ojos llenos. La primera vez que su padre lo miró en su boca tenía llanto.

El Peque apenas cumplió los nueve y sabe muchas cosas más de las que a su edad debiera. Sobre todo el tema de violencia con el que lidia todos los días.

El Peque aguanta mucho, dicen sus tíos quienes lo patean como si practicaran un deporte.

Hace tres años llegó a vivir con sus abuelos paternos. Lo trajeron de Mexicali, dentro de una maleta negra. Se vino de trampa con la Vero, porque ella apenas acabaló para su pasaje.

Así se lo cuenta ahora su abuelo el Güero, el que ya le quemó las manos y lo amarró de una pierna a una pata de la mesa, porque no hace caso el cabrón.

El Peque pasa la mayor parte del tiempo colgado del cuello del Maiquin, el perro. Hace unos días su abuela (que a decir del nieto es la única que le da amor, y lo recita como poema bien aprendido), le quitó una garrapata que ya marchaba hacia adentro de su nariz.

Dicen que cuando nació lo llevaban al hospital dentro del vientre de su madre sentada en la barra de una bicicleta. No llegaron a la sala de urgencias. Su padre al mirarlo llorar sobre el asfalto, retornó a los pedales y dejó a su esposa e hijo a la buena de Dios.

Pero a los días hubo bautizo, cerveza y música. La impresión que sus ojos le causaron a su padre aminoró con el paso del tiempo, dicen que en una ocasión le besó la frente. Después de eso ya no lo volvió a ver.

Cuenta la abuela que su hijo el papá del Peque está en la cárcel, de quien fuera su nuera nada ni nadie sabe.

Esta mañana el abuelo miró al morrito trepado en el lomo del Maiquin, de las orejas lo guiaba hacia el techo del lavadero, después lo vio viendo al animal con sus ojos llenos. Al Güero le divierte la inocencia y la perversidad. Un palo entraba en el culo del perro, el Peque lo hundía.

Encendido en su pecho tiene una bomba de emoción. No puede decir que no da crédito, porque cree al Peque capaz de eso y más. Lo ha visto también picándole el culo a su abuela, y luego emprender carreras desenfrenadas para no ser sometido al castigo.

Gritos desaforados vienen después desde la garganta del niño. Pero el Peque aguanta mucho, dicen sus amiguitos, cuando le observan los dedos coleccionando tropezones. 

Hubo un tiempo en que al taste del barrio  llegó un cine de húngaros. El Peque miró todas las películas que proyectaron. Por debajo de la carpa se introducía a la hora de las funciones. Le gustaba mirar su cabeza reflejada en la pantalla, por eso se paraba  hasta atrás, donde la luz del proyector le iluminara.

En la última película que proyectaron ese domingo de palomitas gratis en la compra de dos boletos, las arañas hicieron de las suyas, de las anteriores donde las momias estuvieron tremendas, ni qué decir. Al Peque se le clavaron hondo las imágenes.

Vino entonces lo del bote aquél donde metió toda clase de insectos. También la tarde de las vendas envueltas en su rostro.

Hace unos días a la casa del Peque llegaron policías. Dejaron un citatorio para que se presente en la comandancia municipal un niño vecino del barrio que lleva una cicatriz en su mejilla izquierda, que usa el pelo largo, que le faltan los dos dientes frontales superiores, y que según los vecinos siempre anda vestido con un pantalón rojo y una camisa verde, al cual, le apodan el Peque. 

Hace también unos días que al Peque no se le ve jugar, ni en el lavadero de su casa, ni en la calle, ni fuera de la escuela, de la que desertó desde el primer ciclo.

Los policías parecen tener urgencia por encontrarlo, porque diario visitan su casa.

Las autoridades han pegado carteles en el barrio, la ciudad, incluso en la radio y televisión se solicita información sobre el paradero del Peque.

El niño no ha vuelto. Los sábados por la tarde, al regresar de la obra, su abuelo el Güero cuenta como anécdota los alcances del Peque, figúrate que el cabrón le dio fuego al Maiquin. Y mejor ni cuento lo del jacal aquél que quemó.

La abuela mientras echa la masa al comal, conversa con sus vecinas. Mi hijo está por salir de la cárcel, a la mamá del Peque dicen que la mataron en un tiradero de Mexicali.

Los carteles siguen en los postes del barrio, y la ciudad. Al Peque nadie lo ha visto, los abuelos continúan contando anécdotas y de su paradero dicen no saber nada.

La última vez que lo vieron, fue la noche aquélla cuando tiró de la lámpara de petróleo en el puesto de doña Brígida. Lo habían mandado por ocho huevos, dos bolsas de café y un litro de leche. La dueña de la tienda le dijo que ni un chicle más fiado a sus abuelos, porque no pagan los tracaleros.

Todos vieron las llamaradas, y escucharon el ruido de la bombera, pero de doña Brígida y su vida, sólo pudieron rescatar el rebozo a medio quemar.

En uno de esos sábados de cervecear, su abuelo el Güero ha dicho que al Peque nadie lo volverá a ver. Y aunque nadie me crea. Sólo yo sé lo que digo.

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Estaba a punto de cumplir los diez cuando el Peque dio el estirón. Una noche en la que el Güero le hizo un guiño al placer bravero, y el sillón del patio trasero prestó sus resortes para que le hiciera a su doña lo que ni Dios perdona, el Peque lo encaró con rabia. El Güero sostenía sus pantalones y el Peque un pedazo de metal. La abuela entró a su casa y fue entonces que el Peque aprovechó para cobrar las facturas pendientes con su abuelo.

El metal permaneció estático, las palabras del chamaco fueron un reclamo constante. Al Güero le palideció el rostro.

Necesitaba el abuelo dormir una noche completa, su nieto se lo impedía, su autoridad desapareció en menos tiempo de lo que él pensaba. Los abusos estaban rebasados. Al Peque ni los tíos podían ya levantarle la mirada.

Se hizo costumbre el retrato hablado del Peque en los carteles pendiendo de los postes del barrio, la ciudad. Los spot en radio, televisión, murieron a mano del tiempo.

La abuela repite lo mismo ante sus amigas a la hora de poner la masa en el comal. El Güero continúa el cuento de que nadie jamás volverá a ver al Peque. Yo sé porque lo digo.

En uno de los sábados de cerveza al abuelo le dio por desprender los carteles del barrio. Le molestaba ver el dibujo de su nieto. Los cartones que logró tumbar los metió en la letrina. Allí es donde debes estar, donde te quedarás para siempre. Nadie sabrá más de ti. Ya podré dormir.

La mirada del abuelo cae sobre unos tenis del cuatro y medio sin cordones, que fueron del Peque. Un trago de cerveza le arrebata una lágrima. Toma los tenis y regresa a la letrina. Ya estarás completo, dice.

En el comal se cuecen las tortillas.

1 comentario

Ara -

Esta es una de esas historias, que me conmueven tanto,que termino por hacer el cafe a un lado.
Bello texto.
Saludos inmensos.