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La cábula

La hora del lobo


Federico Campbell



El caso Colosio





Los reyes no ordenan los
parricidios. Los permiten
tan sólo, de manera que
puedan ignorarlos.

—Jan Kott,
Apuntes sobre Shakespeare




Se a conmemorar otra vez la muerte de Colosio, esta
semana, a los doce años, tal vez para reanimar la
campaña de “Roberto” o más bien para cubrir el
expediente. Porque es una fecha. Y las fechas están
marcadas, allí, en el calendario.
  Sea como sea o haya sido el asesinato, durante
muchos años nada podrá saberse. Ésa es la
característica paradigmática del crimen político: que
no se sepa nunca quién arregló que se disparara contra
Kennedy, quién organizó que se descerrajara un tiro en
la espalda de Olof Palme, quién concibió y ordenó que
alguien accionara el gatillo contra Luis Donaldo
Colosio. Porque la verdad es que no tiene la menor
importancia establecer, en última instancia, la
identidad de quién fue el que jaló el gatillo.
  Hay una racionalidad en el asesinato político: por
qué se decide, qué efectos calculados tiene, de qué
manera opera como una inversión de capital político
que provoca toda una nueva composición de poder.
  Todo el mundo sabe que un muerto ya no cuenta. Ya no
cuenta y se olvida pronto. También se olvida rápido si
alguien se esmera en preservar su memoria, incluso
aquí en Magdalena. En el cementerio. En las escuelas.
De qué sirve recordarlo, que fue a ésta o aquélla
escuela, que fue muy amigo de Luis Enrique Woolfolk y
de Santiago Campbell o de… que a Colosio se le salió
lo sonorense y eso fue lo que lo perdió.
  El asesinato de nuestra época es una bagatela. A
nadie le importa: lo único que se tiene es un hombre
definitivamente cancelado. Lo que sujetaba se
distiende; lo que impedía, ya nada impide. Una
admirable economía de medios se pone en
funcionamiento, pues todo se realiza en unos cuantos
segundos. Se queman etapas. Una suerte de
centrifugacidad de la realidad empieza a esparcirse
entonces, como en oleadas, a partir del cadáver; un
círculo de tensión que a todos nos degrada, ensucia y
ofende, más a los espectadores que a los iterpósitos
asesinos.
  Han pasado los años y todo el mundo se va olvidando
del caso, por algo que parece muy propio de la
sociedad mexicana: que no integra la experiencia, que
no incorpora la memoria a su ser ni a la conciencia
(la matanza de Tlatelolco, los Halcones en 1971, la
masacre de Acteal). Lo que queda como remanente de la
historia —por lo que sea, por una corazonada— es que
la investigación no persuadió a nadie. Hay cinco tomos
de esa indagación criminológica de la PGR que no pudo
haber sido más exhaustiva: no escatima dudas, se pone
a averiguar todas las hipótesis, establece muy bien
quiénes eran los dos  muchachos muertos el día de los
hechos en un taller mecánico de los alrededores, se
desglosa hasta el último detalle la biografía de uno
de los miembros del Estado Mayor presidencial
encargado de la escolta, como si la abundancia de
datos —la superstición de que Dios está en los
detalles, como decía A. Warburg— abonara las
posibilidades de verosimilitud, para hacer más creíble
el conjunto. Con todo y eso, la sospecha se instauró
para siempre. La investigación de la fiscalía
especial, a cargo de un licenciado Domínguez o
Jiménez, a lo mejor resulta en el futuro, dentro de
muchos años, una estupenda, fanstástica y monumental
operación intelectual de encubrimiento, sobre todo si
se hacen análisis de contenido y de forma (las frases,
los énfasis, los subrayados) y se buscan y encuentran
las omisiones significativas.
  Lo que a Ricardo Gibert más lo dejó perplejo del
atentado fue la circunstancia de la protección. Nos
vimos una vez en un restaurant de San Diego, en el
Fish Market de la bahía. Yo hacía mucho tiempo que no
veía al Yuca y, como él había trabajado en la PGR y
como subcomandante de la policía judicial del Estado
en Tijuana años atrás, tenía ganas de preguntarle cómo
había estado la cosa.
  —Yo siempre me coordiné con los del Estado Mayor
Presidencial cuando venía de gira el Presidente. Es
algo de rutina que en todas partes hacen las policías
del Estado y las municipales; colaboran con los
cuerpos de seguridad. Lo hice docenas de veces. Y me
di cuenta del rigor, la disciplina, la preparación
técnica y militar de lo que es una escolta. Es un
grupo entrenado, no te imaginas, como la escolta de la
guerrilla colombiana, de Al Fatah o de un gobernnante
israelita. Tienen el mismo nivel —me dijo el Yuca, mi
amigo de la secundaria en Tijuana— y nadie, óyelo
bien, nadie, absolutamente nadie les puede romper el
cerco de la escolta. Nadie. Ni una mosca.
  Si las creencias no se discuten es porque tienen que
ver más con el corazón que con la razón. Hay cosas que
no le constan a nadie pero que se sienten. Y así aquí
en Magdalena como en todo el país siempre se ha sabido
quién fue el “autor intelectual” o el instigador o el
“mandante”, como dicen en Sicilia. Se sabe pero no se
puede probar técnicamente. Llama mucho la atención que
personas adultas, funcionarios públicos incluidos,
gente que se atiene al sentido común, señores muy
respetables y sensatos pero que se expresan con la
libertad que sólo da el café o la confidencia en
corto, no tengan la menor de duda de quién fue el que
dio la orden fatal. Hay como un consenso.
  ¿Y qué es eso de que se le salió lo sonorense? Pues
eso, la estirpe: si quieren que renuncie métanse en un
lío. Mátenme. A mí no me van a dejar ir por el mundo
con el san benito de ése fue el pendejo al que le
dijeron que iba a ser Presidente y luego le dieron una
patada en el culo.

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