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La cábula

Un autor en busca de cómplices

Un autor en busca de cómplices

 Eusebio Ruvalcaba

El papel de las notas

Porque el viaje por la música y por la poesía, ese largo periplo al que todos estamos destinados, es menos arduo si se realiza de la mano del cómplice. Porque en virtud de la complicidad se descubren y se nombran las cosas que nos importan. De enganchar dos seres humanos —quien lo escribe y quien lo lee— se encarga el anzuelo punzante de la poesía, que deja sangre. Es la sensación que permanece luego de leer El jazz según don Juan y otras silbables ráfagas (lo que quiere decir: otros poemas), el brevísimo título con el que Alain Derbez bautizó su libro —en el sello Unas letras. Industria editorial, que de esta manera nace a la luz este 2006 bajo el impertérrito sol yucateco; por cierto, Unas letras es iniciativa de Eugenia Montalván, una mujer duranguense que, en Mérida, se desvive por enriquecer la cultura a costa de su propio bolsillo: montando exposiciones, presentando libros, organizando conciertos, haciendo periodismo cultural, y, esta vez, repito, lanzándose a la jungla editorial. En fin, se le desea suerte.

Muchos son los méritos de este libro de Alain Derbez, pero, en primer término y a mi modo de ver, el de extraer de la música, no sólo del jazz, sino de la música toda, la poesía, ese ángel luciferino cuya cola se queda atorada entre las líneas del pentagrama, o, mejor aún, entre los silencios que hacen que la música sea lo que es. El oído educado de Derbez, su desparpajo galopante, esa malicia que lo aleja de las complacencias y que lo ubica de golpe en el ombligo de una poesía acre y descarnada, le hace decir: “Yo tengo el blues/ Lo pesqué ayer/ Tan mal se me coló/ Que no me importa/ Lo que hay que hacer/ Para sacarlo/ Silbar/ Estornudarlo/ Llorarlo como un mar/ Gritar o susurrarlo…/ Yo tengo el blues/ Lo pesqué ayer/ Y fue que me dijiste/ Nada cariño/ No hay forma de pararlo”.

Y va mucho más allá. Viste a su poesía de perra salvaje. La dota de hocico babeante. Escurre, huele, muerde, amenaza. La nombra, y hace del cómplice una obra de arte: “hace unos cuantos meses/ en este ochenta y cuatro/ alguien entró a la casa/ y me robó los discos de janis// no me robó el recuerdo/ de parís-pompidou (la masa/ de metal y sus patios rodantes/ tragafuegos payasos y hambre/ en el primer mundo)// no me pudo quitar a aquella gringa/ triste/ caída desde woodstock// fue/ en el setenta y siete/ y era un octubre helado/ y janis// otra janis: el amplificador pequeño/ la jeringa en los brazos/ y yo/ y bobby mc gee y janis joplin/ summertime y cheap thrills/ en la desgarradura/ de nuestra apresurada desnudez// la gringa/ la otra janis/ bajo un sol tiritante/ juntaba algunos francos/ mañana tras mañana/ crepas, gauloise y viento/ para empujar el barco hacia la mar// yo miraba y oía en el asombro/ la lluvia inoportuna/ y la lluvia oportuna/ y la vez: la otra janis/ envejecida a golpes/ en ese restaurant/ en el que refugiamos/ nuestras nacientes hambres:/ ¡oh dios!/ ¡me comprarías un mercedes benz!// soy yo/ y bobby mc gee/ en el ochenta y cuatro;/ hace siete años pues/ en que no soy el mismo:// nadie podrá robarme/ el siglo XX”.

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