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La cábula

El exilio en la piel

El exilio en la piel

Alegría Martínez 

Cómo aceptar que la herida jamás se cierra. Cómo sonreír, trabajar, comer y amar cuando el exilio está en la piel como un tatuaje invisible que supura de vez en vez en reacción natural a un entorno que jamás se vuelve propio.

Por eso es que el llanto no termina, porque se añora todo, porque te falta, porque te duele lo que tuviste y no tendrás, lo que no volverás a ver, a probar, a oler, a degustar. Porque hay que reaprender, volver a empezar donde nada es conocido y las mismas cosas tienen nombres distintos.

En estas condiciones, el logro de conservar la vida arrastra la pérdida de lo amado.

Mientras se es niño sólo se intuye parte de todo esto, el tiempo real puede llenarse de juegos, de llanto, pesadillas y canciones, hasta que te enteras de que pasaron años y no hubo espacio para recuperar las piezas del rompecabezas, entre extravíos y roturas.

Todavía están con vida 150 niños de Morelia, de los más de 400 que llegaron por mar desde Burdeos en el Mexique hasta Veracruz; cuyos recuerdos, esperanzas y penas fueron recogidos por el dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda, en homenaje a ellos y al presidente que hospedó en México a aquellos chicos, seguros de que la Guerra Civil española culminaría en dos meses y todo volvería a ser como antes.

Y si bien no fue así, merece la pena enterarse de cómo fueron los días para esos pequeños inquietos que renegaron de su suerte en un país en el que sintieron que ni siquiera se hablaba su idioma.

El dramaturgo supo recoger imágenes, recuerdos, hurgar en diarios, testimonios y cartas, zambullirse hasta encontrar una multitud de voces que pudieran conformar un rostro reconocible, el del dolor silencioso que dejó surcos y gestos inamovibles en seres humanos que aún no habían terminado de formarse.

Los niños de Morelia es una oportunidad para acercarse de frente a un suceso del que se habla sólo en el hogar de quienes lo vivieron, es la posibilidad de observar de cerca las cicatrices, de reflexionar sobre lo que se dejó atrás, lo que se recuperó y lo que se tiene.

También es la ocasión de reconocer un dolor que no se había compartido en la sala de un teatro, donde más de dos espectadores no consiguen que cese el llanto. Y es que los diálogos de Rascón Banda penetran en cada rincón del exilio que tiene que ver con cada acción cotidiana y explota en emoción incontenible.

Así es como el texto nos arroja a las barricadas, a las calles españolas, a los himnos republicanos, al grito que es eco del que emiten los padres, a la búsqueda de un buen futuro desde las aulas de un internado con instrucción militar, al eco onírico de las bombas, a la incertidumbre, a la incomprensión propia.

Como si la voz del exilio español en México pudiera hablar por la boca de cinco chicos que de repente son padres, adultos, a ratos fantasmas y en ocasiones conciencia pura, el autor da a conocer muchas vidas y algunas muertes prematuras.

Su sensibilidad alcanza incluso a exponer esa innegable forma de ser española abrupta, crítica y espontánea que en ocasiones en México ofende sin proponérselo, con humor y buen tino sobre el escenario. Virtud que el director Mauricio Jiménez explota con equilibrio y brillantez a lo largo del montaje. Es así como la compañía entera, integrada por La Jarra Azul (española) y Conjuro Teatro (mexicana), logra conformar un espectáculo que habla de España y de México desde la perspectiva de quienes fueron arrojados aquí sin opción a elegir o a impedirlo, y lo hacen desde el juego infantil, la ronda, la rabieta, el antojo y la esperanza.

Cinco infantes que hablan, riñen, expresan lo que les molesta, reniegan de la educación y la comida recibida; todos de uniforme, unidos por la tragedia, conviven frente a una estrecha franja de arena, hasta donde caerá un barco de papel, un trompo, una cubeta, una manta, elementos que dan paso a la emoción, al trasfondo de sus vidas.

Un escenario semivacío es el espacio de las añoranzas, es al mismo tiempo el patio, el comedor de la escuela, la habitación, el muro, la alberca, la cama donde jamás se descansa. El universo del encierro lejos de la guerra externa.

Los niños de Morelia parece el paisaje de un juego escolar, una tabla gimnástica, un ir y venir de jóvenes en berrinche. Una secuencia de acciones encadenadas; instantáneas de muchachos que se vuelven aviones en su deambular inofensivo para tiernas edades.

El arduo trabajo de los actores: Dana Aguilar, Diana Fidelia, Emma Dib, Oscar García y Héctor Hugo Peña hace que sus cuerpos adquieran la tensión de una cuerda que se modifica según el juego, la ronda, las líneas de una carta, el silencio, el pánico y la nostalgia. Desde la más profunda de sus fibras cada actor y actriz ha sabido asimilar el cosmos de esas dos líneas paralelas que forman México y España, cuando integran la estructura interna de todos aquellos que pensaron en el destierro como algo provisional.


mantarrayamx@yahoo.com

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