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La cábula

Con William Styron en Tlalpan

Con William Styron en Tlalpan

 Eusebio Ruvalcaba

Tenía yo que conmemorar la muerte de William Styron. Traerlo a mis terrenos, conducirlo por los miasmas de los seres vivos. Así que convoqué a un grupo de amigos: Carlos Sánchez, Diana Violeta Solares Pineda, Jorge Borja, y nos reunimos en Tlalpan, en el parque Juana de Asbaje, donde no hace mucho había un manicomio, conocido como la clínica Floresta. Varias veces crucé el umbral de ese sitio. Una vez un amigo, una vez un maestro, otra vez un pariente me llevaron hasta sus jardines, donde había un asta bandera de la cual me tocó ver atada a una changa. “Es mi amante”, me la presentó mi amigo mientras besaba su hocico peludo. Pero ya no estaba más cuando acudí a visitar a mi maestro, quien salió a recibirme escoltado por una columna de esquizofrénicos, que lo bombardeaban a preguntas. Él me tendió la mano y me hizo la seña de que les dijera a todos ellos que lo llamaban por teléfono; al parecer eso detenía el asedio. Percibí un olor insoportable; el maestro me indicó que varios de esos locos eran coprófagos, y que justo en ese momento venían de comer su dosis diaria de excremento.

Todos estos recuerdos vinieron a mí cuando saqué de mi mochila una grabadora, un libro y tequila y vino tinto servidos en envases de agua natural y de sangría señorial, respectivamente. Ante el azoro de mis invitados, los invité a beber y escuchar lo que habría de leerles y la música que enseguida pondría en el aparato. Dimos un trago, dimos otro, y aquel parque fue develándose ante nuestros ojos como un lugar emblemático, en el que todo era posible que sucediese. Antes de iniciar la lectura del pasaje de La decisión de Sophie que había escogido, oprimí la tecla de play. Mozart sobrevino y colmó nuestros oídos. Se trataba de la Sinfonía Concertante para violín, viola y orquesta. La música permeó el oxígeno que respirábamos y ya no pudimos detenernos. Aquel tequila, aquel vino, se tornaron sustancias que en vez de embriagarnos nos acariciaban, y algo me indicó que era el momento de leer. Tomé la novela, que es mi favorita de todos los tiempos, y la abrí en su página 111: “[Sophie] subió a un vagón del metro que pronto estuvo aún más lleno de lo normal; pero de pronto el tren moderó su marcha con un estremecimiento y un agudo y prolongado chillido y se detuvo. En el mismo instante, se apagaron las luces. Un miedo nauseabundo se apoderó de ella [y no pudo evitar] que la mano que se le acercó por detrás se deslizara hacia arriba, entre sus muslos, por abajo de la falda. (...) No se trataba de un simple manoseo, sino de un rápido asalto a fondo, a su vagina, a la que el dedo buscó cual perverso y serpenteante roedor. [No pudo gritar, y fue tal el pasmo que permaneció encerrada varios días, sin levantarse de la cama.] Sin embargo, la música vino a salvarla. Al sexto día de su encierro, sin ella saberlo, debía haber estado abierta y receptiva a los misteriosos poderes terapéuticos de Mozart, doctor en medicina, porque ya los primeros compases de la Sinfonía Concertante en re bemol mayor la hicieron vibrar de pies a cabeza con espontáneo deleite”.

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