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La cábula

Julián Herbert: Apostarle a lo decadente es actualizar los valores morales

Julián Herbert: Apostarle a lo decadente es actualizar los valores morales
Esta canción me va a salvar

I. En un cuarto de cuatro por cuatro y foco de 100 watts

Acordes de guitarra y golpes intensos de la batería que reverberan en la habitación son el acompañamiento de una voz penetrante, chillona y aguda, o juguetona en la escala descendente. Sí, como alucinado estaba el autor de Cocaína. Manual del usuario, estirando su voz con ojos entrecerrados, junto con Las Madrastras, banda de la que es cantante y letrista.

Julián Herbert toma un trago de vino antes de seguir cantando; su mano izquierda, asida al micrófono, deja ver una muñeca decorada con un tatuaje en forma de glifo azteca. Una marca personal para aceptar la procedencia de su vena literaria: el lenguaje que brota de la siniestra, de la izquierda; lo alterno, sí; el otro, siempre el otro lado.

II. En la esquina de la calle Magnolia con botella de vino para dos

Yo no educo gente, que los eduquen sus papás —dice Julián al comienzo de este que será un monólogo—. De lo que se trata este libro es que allí hay una tradición por una parte decadente que me ha interesado. Apostarle a lo decadente es apostarle a una visión moral del mundo, a una actualización de los valores morales; es poner en el centro la dicha y la honestidad. Esto es un poco lo que ha jalado a muchos escritores, a los simbolistas por ejemplo, hacia esta búsqueda. Ellos y los románticos le apostaron a hablar sobre las sustancias prohibidas e intoxicantes, y esto tiene que ver con poner en el centro la dicha y la honestidad, insisto, y también con satirizar, porque hay una mitificación de las sustancias prohibidas como si fueran algo terrible o como si fueran la panacea; los dos extremos me parecen muy radicales.

Este libro no sólo es un ejercicio literario. Si te cuento cómo surgió te diré que lo escribí en 1998. En aquel tiempo Luis Humberto Crosthwaith me pidió un libro para su editorial Yoremito. Yo acababa de dejar la cocaína por primera vez, llevaba un año de recuperación después de haber estado echado. Y bueno, en dos semanas me senté y escribí un libro. Se lo envié a Luis Humberto, pero la editorial ya no caminó. Luego, en 1999, Luis Humberto vino a premiar un concurso a Saltillo y en un cuarto del hotel San Jorge leímos por primera vez algunos pasajes del libro bien borrachos y pasados, porque yo había renunciado a mi primera rehabilitación. A partir de allí el libro se convirtió en un artefacto literario.

Yo escribo de manera peculiar. Eusebio Ruvalcaba dice que el único sentido que tiene escribir es tener cosas para reescribir. Y corregí los cuentos de este libro durante siete años. Claro que no siempre, a veces estaban archivados. Una de las cosas que no digo en el libro es que la cocaína te acelera y te inmoviliza al mismo tiempo; puedes hacer un montón de cosas pero no puedes escribir. En mis tres regresos a la cocaína después de que escribí este libro, lo que hacía era corregirlo porque estaba como paralizado, no podía escribir. En esa medida este libro es un ejercicio literario y de vida. Cuando estás pasado tienes ganas de jugar carta y dominó, pero cuando estás muy pasado ya no tienes amigos y escribes.

Mandé este libro al Juan Rulfo porque pensé que ya lo había acabado. También pensaba: ya lo voy a publicar en la editorial patito feliz, y me decía, ya sé quién le va a entrar a esta cosa… Mauricio Bares quiso publicarlo en algún momento, y después Andrés Ramírez.

Creo que mis experiencias más dolorosas con la coca no están en este libro y tienen que ver con un momento posterior. Las fases en las que yo he estado con ganas de publicar este libro ocurren justo cuando hago cierre de cuentas, y en esto ha habido tres momentos. Ahora creo que fue el momento más radical, porque de pronto me di cuenta de que ya me estaba aburriendo. Y la parte dolorosa de eso es interna, cuando te das cuenta de que gastas lo suficiente tu mente como para que las cosas que deberían ponerte lúcido y ser trágicas nada más te aburren.

El libro tiene que ver con un contexto, no estrictamente con la coca, sino con una visión del mundo. Pienso que el mundo es como un vidrio que tienes pegado a la nariz: no ves ni lo que está afuera ni lo que está adentro; no ves ni el vestido ni el coche que te va a atropellar. Para mí, en algún momento, este libro significó hacer una distancia para alcanzar a ver el vestido sin que te atropelle el coche.

¡Ah!, y quisiera decir una cosa sobre la aceptación del estilo de vida; el libro está lleno de ficción: hay un enfermero, un vampiro, Sherlock Holmes, aparece un chavo que se inyecta speedball —algo que nunca hice—. En muchos sentidos es un libro de cuentos y luego, claro, la relación con la cocaína y la aceptación pública. No siempre he sido escandaloso acerca de eso, pero siempre he sido claro en mi relación con la cocaína. Escribí sobre ella en diferentes lugares, incluso aquí en Saltillo, en donde me costó un escándalo en la prensa y una discusión con uno de mis mejores amigos. Pienso que a mí no me tienen que acusar, a mí que me pregunten. En aquel tiempo nadie me preguntó ¿consumes drogas? Me preguntaron si me haría un examen antidoping y dije que no, porque nadie tiene derecho a pedírmelo. Pero no hubo nadie que preguntara; yo siempre he dicho que sí.

Este libro es para mí un trabajo de literatura. Lo que me importa es la literatura. En la medida que me importa la literatura me importa la transgresión como parte de mi vida y como parte de mi escritura, porque es una mirada hacia el exterior, hacia un contexto cultural.

Me tocó un jurado radicalmente bueno: Francisco Hinojosa, Mario Bellatin y David Miklos. Son tres escritores que me importan, pero sobre todo tres lectores que respeto muchísimo. He tenido como maestros de prosa a uno en contacto directo, que es Jesús de León, uno de los mejores prosistas de este país que nadie pela. El otro es Francisco Hinojosa; me parece un narrador espléndido.

La prosa me cuesta un chingo de trabajo. A los poetas de este país nos cuesta mucho trabajo la prosa. Como que hay dos extremos: el que no sabe escribir prosa y el que escribe, como la tía solterona de Artemio de Valle Arizpe, una prosa superengolada; digo, entre los poetas, claro. Me interesa la prosa verdadera de la narrativa. Paz intuyó muy bien que el verso era lo natural y la prosa era el artificio. Pero la primera prosa, la de menos artificio de las lenguas romances o la de la lengua inglesa constituyen una prosa cuyo artificio nos engañó; durante mucho tiempo pensamos que el verso era artificial y que el lenguaje natural era la prosa, porque la prosa era de tal modo espléndida que nos pareció más natural que el verso. Ésa es la prosa que me interesa más, la prosa que es lo suficientemente buena para verse como el habla coloquial.

Nos despedimos. Él volvió con Las Madrastras y yo comencé a deslizarme entre las luces de semáforos y autos que daban tonalidades al pavimento nocturno. Recordé a Julián, a mitad de la entrevista, cuando de pronto se quedó callado, sonrió apenas mientras sus labios hablaron:

—No sé por qué te digo estas cosas.


Claudia Luna Fuentes
Claudia Luna Fuentes
Julián Herbert
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