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La cábula

Mi Prado de Lilia

Mi Prado de Lilia

José de la Colina 

Ensayo

La actriz, figura emblemática del cine mexicano, murió el pasado lunes 22. A manera de homenaje, presentamos la evocación de uno de sus más entusiastas admiradores.

Ahora que Lilia Prado, después de tan bien cumplida labor en el cine mexicano, está retirada de la vida pero no de las pantallas, permanecerá en nuestra memoria agradecida. Cuando siendo aún adolescentes empezamos a descubrirla, allá por finales de los cuarenta o inicios de los cincuenta, su presencia nos resultaba casi familiar y próxima, como si fuese una chava habitual en nuestro mismo barrio citadino. Era como la vecinita linda y amable a la que atisbábamos por si se asomaba en el balcón de enfrente, o por si salía a colgar sus prendas en los tendederos de la azotea cercana. O como la chamaca que súbitamente resultaba floreciente en curvas ya de mujer, y que pasaba por la acera entre el cerco de nuestros silbidos de homenaje, ¡fuiiit fiuuuu!, llevando libros y cuadernos, ya no en una mochila, sino entre los brazos y contra el pecho, y caminando garbosamente sobre recién estrenados zapatos de tacón alto hacia las Academias Vázquez o las Escuelas Minerva o similares (Cursos módicos de Taquigrafía, Mecanografía, Inglés, Corte y Confección, Personalidad, etc.). Presentaba un rostro de moderada belleza: nariz breve, pómulos frutales, ojos no demasiado grandes pero siempre francos y vivos, labios levemente trompudillos, de sonrisa lateralmente prolongada por los hoyuelos y los pómulos casi infantiles. Los suyos eran atributos de un rostro bien hecho sin exagerar, enmarcado por el cabello ni muy largo ni muy corto, de ondas tranquilas, que no quería ser modoso peinado “a la permanente” ni fogosa melena de leona. Y toda la calle danzaría alrededor de aquel cuerpo menudo, de tiernas y apretadas redondeces: un cuerpo de “chaparrita cuerpo de uva”, pero que adquiría proporciones de cuerpazo porque la increíblemente angosta y dúctil cintura, el tallecito que se diría abarcable con una sola mano, daba, por contraste, un relieve poderoso al busto leve y bien erguido, a los muslos pujantes, a la levantada región posterior de perfectas semiesferas firmes, que la hacían merecer el título de Venus Calipigia (Venus de la Nalga Recia). Fue precursora de aquel famoso “andar horizontal” de Marilyn la Rubia, un andar que ya nos avisaba de las rumbas arrolladoras que Lilia la morenita bailaría para el cine nacional. Y, como a Marilyn, hasta las locomotoras silbarían admirativamente al pasar ella.

Previsiblemente, el cine mexicano se apresuró a adoptarla, y como eran tiempos del turbio melodrama muy cantado y llorado y bailado, en el que las hembras fatales (María Antonieta Pons, Ninón Sevilla, Meche Barba, Rosa Carmina) hacían ilusoriamente estremecerse a la moralidad de clase media únicamente con el meneo salvaje y cadencioso de sus flancos, sucedió que Lilia, con su sonrisa de chamaca inocente, comenzó como aquellas superhembras de fuego y noche: bailando una rumba sin fin por el planeta cabaretero o por la sinuosa vereda tropical. Y aunque en esos primeros films fue casi siempre figura secundaria o francamente marginal, los títulos cantan, y también lloran y bailan: Ángel o demonio, Pecadora, La Sinventura, Tania la bella salvaje, Han matado a Tongolele, Si fuera una cualquiera, Pobre corazón, El gavilán pollero, Rumba caliente, etcétera. (¿Por qué tan sana muchacha como Lilia, tan inocente energía como la de la rumba, podían ser imagen y pregón del pecado e incluso del crimen?)

Entonces vino Buñuel y la miró de otra manera, y no como la hembra fatal o el mero torbellino danzante. Lilia no baila una sola rumba ni ejerce particular maldad en Subida al cielo, donde es una caliente y alegre muchacha, una seductora de provincia; ni en La ilusión viaja en tranvía, en la que recobra la condición de buena muchacha de barrio, vivaz noviecita y compañera de su novio; y aun menos en Abismos de pasión, melodrama tempestuoso en el que estaba fuera de lugar y de situación, reducida a un papel de ingenua sacrificada a las grandes pasiones de las fieras humanas, si bien encantadora como siempre. Pero pocas veces una estrella del cine mexicano habrá ejercido tanta sensualidad como la que prodiga Lilia desvirgando a un tonto mozo en el interior del autobús transformado en selva lujuriosa, o haciendo el simple gesto de subir al estribo de un autobús o un tranvía, y mostrar, bajo la falda levemente recogida, un pie con zapato de tacón alto en que el empeine peraltado sintetiza todas las curvas del cuerpo y anuncia la pantorrilla y el muslo soberanos. (Fue a Buñuel a quien le oí alabar su figura con un ejemplo evocador: “Esa muchacha —dijo— podría llevar una mochila sin sujetarla con las correas.”)

Tras el fulgurante paso por el cine de Buñuel, inmediatamente el cine mexicano recobró a Lilia, la reintegró al melodrama hipocritón (otra vez títulos tristemente indicativos:, Después de la tormenta, Horas de agonía, Senda prohibida, ¿Cuánto vale tu hijo?, Las cadenas del mal), o la enredó en comedias mental y humorísticamente deficientes en las que frecuentemente era devuelta a la ardiente pero ya anacrónica rumba, o entregada al portentoso rito del mambo o incluso propulsada al rock and roll, baile particularmente sonso y nada erótico si los hay (sólo ella merece que se revean Las tres alegres comadres, Tío de mi vida, El que con niños se acuesta, A media luz los tres, Mi esposa me comprende, Ando volando bajo, Mis secretarias privadas, Dos maridos baratos). Ocasionalmente, aquí y allá en esa larga filmografía, ¡de 97 títulos!, un director apartaba una secuencia o una escena para el solo esplendor de Lilia. En La vida no vale nada, de Rogelio González, donde hacía de hembra terrible, destructora de los muy machos Wolf Rubinski y Pedro Infante, Lilia incitaba a un impetuoso mar costeño, de ansias viriles, a ceñírsele al cuerpo, mojándole las ropas y dibujándole y haciéndole más tangible el talle. En Pueblito, de Emilio Fernández, su larga y cimbrada caminata por el pueblo para ir a bañarse en el río era celebrada por la miradas deseosas de todos los lugareños, que abandonaban sus campiranas labores para regalarse con ese fiesta visual de todas las tardes, y entonces sus sedientas miradas multiplicaban la de nosotros, los, ay, distantes espectadores de la sala de butacas.

Lilia Prado es mi favorita presencia femenina del cine mexicano, mucho más fascinante que las sublimes y no muy simpáticas grandes estrellas, las especialistas del gesto desdeñoso y la ceja alzada, las diosas de la belleza imponente, modeladas en diazmironiano hielo de las cimas: digamos Dolores del Río o María Félix (y ellas me disculpen). Pues si el cine que aquí se ha hecho para bien y para mal ha de tener una figura emblemática que sustituya a la solemne estatuilla de Ariel, voto una y otra vez por Lilia Prado. Y quisiera, además, que un fabricante nacional de muñecas pusiera en el mercado, para competir con la Barbie standard y sosa, una pequeña, graciosa, manuable y siempre única Lilia, dotada de mecanismo de cuerda o de perpetuas baterías. Ah, me animaría entonces a jugar a las muñecas.

Un autor en busca de cómplices

Un autor en busca de cómplices

 Eusebio Ruvalcaba

El papel de las notas

Porque el viaje por la música y por la poesía, ese largo periplo al que todos estamos destinados, es menos arduo si se realiza de la mano del cómplice. Porque en virtud de la complicidad se descubren y se nombran las cosas que nos importan. De enganchar dos seres humanos —quien lo escribe y quien lo lee— se encarga el anzuelo punzante de la poesía, que deja sangre. Es la sensación que permanece luego de leer El jazz según don Juan y otras silbables ráfagas (lo que quiere decir: otros poemas), el brevísimo título con el que Alain Derbez bautizó su libro —en el sello Unas letras. Industria editorial, que de esta manera nace a la luz este 2006 bajo el impertérrito sol yucateco; por cierto, Unas letras es iniciativa de Eugenia Montalván, una mujer duranguense que, en Mérida, se desvive por enriquecer la cultura a costa de su propio bolsillo: montando exposiciones, presentando libros, organizando conciertos, haciendo periodismo cultural, y, esta vez, repito, lanzándose a la jungla editorial. En fin, se le desea suerte.

Muchos son los méritos de este libro de Alain Derbez, pero, en primer término y a mi modo de ver, el de extraer de la música, no sólo del jazz, sino de la música toda, la poesía, ese ángel luciferino cuya cola se queda atorada entre las líneas del pentagrama, o, mejor aún, entre los silencios que hacen que la música sea lo que es. El oído educado de Derbez, su desparpajo galopante, esa malicia que lo aleja de las complacencias y que lo ubica de golpe en el ombligo de una poesía acre y descarnada, le hace decir: “Yo tengo el blues/ Lo pesqué ayer/ Tan mal se me coló/ Que no me importa/ Lo que hay que hacer/ Para sacarlo/ Silbar/ Estornudarlo/ Llorarlo como un mar/ Gritar o susurrarlo…/ Yo tengo el blues/ Lo pesqué ayer/ Y fue que me dijiste/ Nada cariño/ No hay forma de pararlo”.

Y va mucho más allá. Viste a su poesía de perra salvaje. La dota de hocico babeante. Escurre, huele, muerde, amenaza. La nombra, y hace del cómplice una obra de arte: “hace unos cuantos meses/ en este ochenta y cuatro/ alguien entró a la casa/ y me robó los discos de janis// no me robó el recuerdo/ de parís-pompidou (la masa/ de metal y sus patios rodantes/ tragafuegos payasos y hambre/ en el primer mundo)// no me pudo quitar a aquella gringa/ triste/ caída desde woodstock// fue/ en el setenta y siete/ y era un octubre helado/ y janis// otra janis: el amplificador pequeño/ la jeringa en los brazos/ y yo/ y bobby mc gee y janis joplin/ summertime y cheap thrills/ en la desgarradura/ de nuestra apresurada desnudez// la gringa/ la otra janis/ bajo un sol tiritante/ juntaba algunos francos/ mañana tras mañana/ crepas, gauloise y viento/ para empujar el barco hacia la mar// yo miraba y oía en el asombro/ la lluvia inoportuna/ y la lluvia oportuna/ y la vez: la otra janis/ envejecida a golpes/ en ese restaurant/ en el que refugiamos/ nuestras nacientes hambres:/ ¡oh dios!/ ¡me comprarías un mercedes benz!// soy yo/ y bobby mc gee/ en el ochenta y cuatro;/ hace siete años pues/ en que no soy el mismo:// nadie podrá robarme/ el siglo XX”.

Fe de errata

En la nota sobre subasta de obra para Alejandro de la Rosa, dice que dicha venta se llevará a cabo el 1 de junio. Por una conferencia magistral que dará un tal José Emilio Paheco (¿quién es ese?) los filántropos involucrados en la subasta, anticiparon un día la colaboración para el modelo accientado. Espero que esto no les cambie la vida a todos ustedes mis amados lectores. Que no se me olvide: la subasta es el 31 de mayo a la siete y media en el centro sde las artes. Favor de asisitir a consumir el arte post modernos de los talentosísimos pintores sonorenses. Y el que no vaya, puede ir de una vez a chingar a su madre. Aprobado y publíquese en el diario oficial de la federación.

Subasta de obra plástica para Alejandro de la Rosa

Subasta  de obra plástica para Alejandro de la Rosa

Los alumnos y maestros de la Licenciatura en artes de la UNISON los invitan a la subasta de pintura, dibujo, escultura y grabado que se realizará en el Centro de las artes (Rosales y Colosio) este primero de Junio. Día en el que se podrá acceder a ver la obra desde la 1:00 p.m. y a la subasta desde las 7:30 de la noche.

 

Es la primera vez que la comunidad artística de la escuela de artes se aventura a organizar un evento de esta naturaleza, y el motivo no es para menos, pues ésta actividad es para pagar los gastos médicos de Alejandro de la Rosa, modelo de artes plásticas que a comienzos de este mes sufrió un accidente, cayendo desde una altura de quince metros en La Pintada. Alejandro se ha partido el fémur en tres y se ha impactado la cabeza, por lo que para su recuperación requiere de varias operaciones en su cuerpo.

 

La obra subastada ha sido donada por maestros, alumnos y egresados de la licenciatura en artes, que preocupados por que sea pronta la recuperación de Alejandro, han donado también el fondo que tenían para un viaje con intenciones artísticas al sur del país, también la semana pasada hicieron una venta de hamburguesas, entregando todo lo obtenido a los padres del modelo, pero aún quedan muchos gastos por cubrir.

 

Esperamos contar con la participación de la comunidad en esta acción urgente de la plástica, esperamos que nuestros dibujos tengan reflejos humanos y puedan aliviar un poco el dolor de Alejandro. Los maestros, alumnos y egresados de la escuela de artes agradecemos de antemano su solidaridad y asistencia.

 

Guillermo Arriaga y sus obsesiones

Guillermo Arriaga y sus obsesiones

El autor de Amores perros estuvo en Hermosillo, conversó con estudiantes sobre la honestidad, y allá en un camerino de Expoforum, dio entrevista semi exclusiva para la pluma

 

Carlos Sánchez

Uno le pide un autógrafo, otro le toca la espalda, una morrita le sonríe como intentando levantarse la falda. Guillermo Arriaga despotrica contra los maestros que dicen que sus alumnos no sirven. Después en privado, salvaguardado de las multitudes, conversa con los chicos de la prensa. El autor de Un dulce olor a muerte, Los tres entierros de Melquíades Estrada y por su puesto de Amores perros, entre otras obras, solicita: “cuéntenme de qué medios vienen”.Brinca el de TV Azteca, la de El Imparcial, el de Primera Plana, yo me atrevo a usurpar funciones, y me presento: “de Ventaneando”. Una carcajada y el escritor se presenta: “Mucho gusto, soy Juan José Origel”.Después del hielo roto y una coca cola en su mano, su garganta, su estómago, Arriaga escucha las preguntas, da las respuestas. Para no plagiar los sesudos cuestionamientos de los colegas, redacto ahora las cinco profundas preguntas exclusivas para lapluma.--¿Qué elementos definen el tema que escoges?“Ernesto Sábato decía que uno no escoge las obsesiones, sino que las obsesiones te escogen a ti, entonces no es que sean por temas, si no son cosas que te surgen, que tienes ganas de montar, básicamente son ideas, historias, personajes que hacen un esfuerzo por brotar, no es que sea muy conciente del proceso”.--¿Qué acontecimientos de tu vida formaron tus obsesiones?“Son varias cosas; una tiene qué ver con que me siento privilegiado de haber crecido en la familia en la que crecí, mis padres siempre le dieron una prioridad a la educación, al diálogo y al crecimiento crítico, mi padre nunca permitía que en una comida se discutieran babosadas, siempre teníamos que argumentar y discutir, eso para mí fue muy importante, y la fuerza que mis padres nos dieron a todos nosotros de hacer lo que queríamos en la vida; nunca nos impusieron un camino, siempre fue hagan lo que se les pegue su gana, nunca les preocupó hagan esto porque les va a dar dinero, o esto se va a ver bien. Y te puedes imaginar las probabilidades de que alguien subsista de ser escritor, eran justamente desde luego que de menos cien, y ni mis padres, ni mi mujer, ni mis hijos alguna vez dudaron de que eso podría ser, es algo que me marcó.“En términos de dolor me marcó mucho la muerte de mi abuela; me marcaron algunos episodios violentos de la colonia en la que crecí, desafortunada o afortunadamente mido lo que mido desde los trece años, entonces mucha gente llegaba a partirle la madre al grandote, nomás que ellos tenían veintidós años y yo tenía trece. Sí tuve episodios violentos y tengo una cosa que se llama trastorno de atención que hace que no me concentre, que hace que mi cabeza brinque de un lado a otro, por eso así escribo las películas también”.--¿No te la acababas con los maestros, entonces?“No, de hecho creían que era retrasado mental, no sé si lo sigan creyendo”.La carcajada es preámbulo para una pregunta de Telemax, sobre los valores en... censurada la pregunta.Antes de llegar a la pregunta exclusiva, Arriaga cuenta las formas de ver la vida, de las circunstancias, de los acontecimientos que aún no lleva a la literatura, de lo que quisiera, que es hacer una película que sí puedan ver sus hijos. Y así el desfile de exposición. Finalmente llega lapluma:--¿Qué te ocurre cuando ves a tus personajes en el cine por primera vez?“Es como cuando tu mujer está embarazada, nunca sabes cómo va a ser el bebé, y cuando nace dices, mira, tiene cara de Brad Pitt, o de Gael, o de Adriana Barraza, Vanesa, es una emoción porque no tienes la imagen de cómo va a ser, ya cuando naces dices: claro así tenía que ser”.--Como el lechero.“Puede ser el lechero, pero si  son lecheros que te dan a alguien como Benicio pues que haya muchos de esos lecheros. Pero es ese tipo de emoción, muy emocionante ver cómo los personajes que tienes en tu cabeza empiezan de pronto a hacerse de carne y hueso, empiezan a cobrar espacio, solidez física”.Rompo la regla y cacho una respuesta para una pregunta ajena: ¿Del acontecer social que es lo que más te preocupa y desearías llevar al cine?“No me gustaría llevar al cine porque lo que más me preocupa es la pobreza y la injusticia social; creo que en tiempos de elecciones debemos votar por aquel que nos garantice que va a hacer un esfuerzo por combatir la pobreza, cualquiera que sea el partido; no es posible que tantos mexicanos vivan por debajo de la línea de pobreza”.--¿Ya tienes candidato?“Estamos escuchando, el 2 de julio tendremos candidato, mientras voy a seguir escuchando”. 

Nélida que también es madre

Nélida que también es madre

Carlos Sánchez 

Hay tiempo para la risa. Sobre la tierra dentro del cuarto que es la casa, Samuel, el más pequeño de los hijos, juega con palos de paleta convertidos en luchadores, de pronto una lata de cerveza es un dragón que aplasta a los enmascarados. La lucha termina. Samuel quita de su rostro un hilo verde que nace en su nariz, y pide a su madre un café con leche.Son las seis y trece minutos de la tarde, tiempo propicio para ordenar la vida de sus cuatro hijos: la revisión de las tareas, los uniformes, los huevos para el desayuno, la cantidad de leche, las tortillas o el pan.Son veintidós años y Nélida mueve sus ojos con experiencia de cuarenta abriles escudriñando la existencia. Sus manos son pequeñas, como su estatura, sus pestañas grandes y en ellas está el origen de su suerte, de haberse convertido en madre antes de los quince.El parpadeo sedujo a un primo de su padre, y la conquistó. Ahora él está tras las rejas por un homicidio, o varios, de eso ella prefiere no hablar. “Si te invité a mi casa fue porque tú me dijiste que hablaríamos del diez de mayo, de lo que significa ser madre y querer a mi madre”. Nélida sentencia que si el reportero no guarda la grabadora, entonces no habrá conversación. Luego echa en un vaso agua hirviendo, dos cucharadas de café, un poco de leche, un poco de azúcar y después a las manos de Samuel. “¿Ya la apagaste?, si no, no platicamos”. En una cubeta el reportero está sentado, Nélida en una silla de plástico, los niños todos en torno a la televisión, sobre la tierra, absortos a las travesuras de El Chavo.--Siempre vas a la taquería solo ¿que no tienes con quién ir?”. Nélida también pregunta. ¿Entonces te cuento lo de ser madre? –No hay tiempo para la respuesta, la voz de Nélida es un treparse en los motivos de la infancia y adolescencia, de los instantes que retiene en la memoria.“Mira esta foto, me la hicieron antes de que cumpliera los quince. Era una niña, ya casi ni me acuerdo de ese tiempo. Me gustaba oír a Los Temerarios en la rockola de la taquería donde trabajaba. Allí fue donde conocí a Rufino, era más chaparrito que yo, nunca me habría fijado en él, pero la culpa, dice mi mamá, fue de mis ojos.“Ella me regañaba cuando me veía platicando con él, que porque era más grande que yo, yo le decía que era mi pariente, que no se preocupara, que ni me gustaba. Cuando menos pensé ya vivía con él”.En el exterior del cuarto de cartón, que es la casa, se escucha el ladrido de un perro, eso recuerda a Nélida que hay que lavar los trastes donde acarrea comida de la taquería para el Chipo, el guardián de la casa. Va al corral, friega con un estropajo una olla, dos sartenes, unas cuantas cucharas y de paso lava un mandil del uniforme de su hijo Samuel.“Antes de que él hiciera lo que hizo, vivíamos felices, él trabajando en una maquiladora, yo en la taquería de mi tía, donde mismo que ahora. “¿Lo que hizo? Me da vergüenza”.Nélida fija su mirada en las manos de Samuel, que han vuelto a la orquesta de maromas en los palos de paleta. Luego en automático cuenta lo que unos minutos antes decía era incontable.En una narración fluida está la historia del consumo de cristal de su esposo, de los golpes contra ella por no hacer lo que le pedía en la cama, de una blusa cuyos botones brotaron contra su rostro y el cuerpo inerme a la orden del varón. También la memoria describe el tránsito por la ciudad repartiendo droga junto a él, consumiendo droga por capricho de él, “para que quisiera hacerlo porque dizque fumando cristal dan más ganas”.  Después la soledad y los hijos indefensos, el madrugar para ganarle tiempo al sol y tenerlos listos a la hora de entrar a la escuela, acabalar para el pago de la luz y el agua, la comida, los cuadernos, los camiones, y todavía, los domingos llevarle al marido los hijos y algo de dinero para la semana.Sobre la madre, Nélida agradece a la virgen que aún la tiene, “pero si yo te contara”.Su madre vive de rezar el evangelio, de profesar la palabra del Señor, de acatar los mandamientos, y como complemento: rechazar a sus hijos por ser éstos hijos de un asesino.“Pero no me queda de otra, es la única que me los puede cuidar en las tardes, mientras me desocupo de mi trabajo. Y de cualquier manera tengo que quererla, es  mi madre”.Antes de las ocho de la noche la televisión se apaga, los niños a esa hora deben dormir, porque están acostumbrados, porque su mamá los impuso, porque si no, no se despiertan temprano.El cuarto ahora duerme. Nélida en su voz de niña cuenta que algún día tendrá casa propia, y un carro, un marido ya no, los hombres que ha conocido sólo la buscan porque está sola y para una aventura. Sus hijos son primero, y por ellos se levanta antes de las cinco de la mañana todos los días. Sobre el amor, cree que aún no puede escaparse de Rufino, porque aunque hay muchos recuerdos malos, también está la historia bonita, aquella de cuando nacieron sus dos primeros hijos, que son cuatitos, y después el otro, luego la otra.“De ellos hablamos cuando estamos en la visita conyugal, y antes de que amanezca nos damos tiempo para nosotros, pero él ya no es violento, todo lo contrario, ahora hasta me besa”.Nélida esboza una sonrisa: “no creas que nomás me la llevo haciendo eso, eh”.

En el suelo, a un lado del tendido donde duerme Samuel, están dos luchadores de palo: él es un dragón que sueña.

Enfrentamiento a balazos: historia de todos los días

Enfrentamiento a balazos: historia de todos los días

Carlos Sánchez

Hermosillo.- Dos balazos apagaron la vida de Jesús. Quería monedas. Encontró plomo. Doña Sandra, vecina de Santa Fé, despotricaba por el bloqueo del tráfico. Venía de la Agencia Fiscal con la derrota de la burocracia. Y para acabarla de chingar, un cordón amarillo y un mundo de patrullas impedían la circulación en el bulevar Colosio. No podía llegar a su casa.Doña Sandra ignoraba que Jesús tampoco pudo llegar, pero él al lugar que buscaba con desesperación, a ese rincón donde los policías no lo detuvieran, porque lo venían siguiendo, y ya le pisaban los talones, por eso el instinto le obligó a sacar la .22 y disparar contra el judicial que ya lo alcanzaba. Jesús erró los disparos, el judicial atinó dos certeros martillazos. Jesús cayó redondito. Su cómplice de asalto, José Alberto González Cortez, se topó con el final del callejón del bulevar y la calle atardecer. Y las balas le pasaron rozando.A éste le hicieron manita de cochi y lo treparon a la perica. A Jesús lo trasladaron al Hospital General, donde unas cuantas horas más tarde, moriría.En su loca carrera con el botín, los asaltantes no supieron de su contenido: un Disch de sistema satelital de televisión. Cero monedas, cero billetes.A ellos les habían dicho que su víctima, Sergio Ruiz Bernal, tenía la pura lana, y que haría una operación esa mañana en el banco Santander de Colosio y Solidaridad. Por eso llegaron y arrebataron.Mala suerte para Jesús, buena leche la del asaltado: en el instante del arrebato de la bolsa del Disch, y luego de sentir el temor que provoca el cañón de un arma frente a los ojos, Sergio Ruiz Bernal pudo dar paso y observar la patrulla que circulaba por la Colosio.  Ya con la información de lo ocurrido, los judiciales cumplieron con su deber. Y detuvieron como los de a de veras a quienes ya se fugaban con la ilusión del dinero fácil (¿será fácil el oficio de ladrón?). Los agentes lo han contado, luego de la adrenalina, del olor a pólvora desfilando en sus fosas nasales, del calor del gatillo, del zumbido de las balas en sus oídos. Saben de la satisfacción de cumplir con su deber.Jesús sólo es prueba fehaciente de que la búsqueda de oportunidades (o tal vez para disfrutar de la vida) con alevosía y ventaja, pueden, incluso, llevar a la muerte.De tarde en Santa Fé, doña Sandra podrá sentarse en la poltrona del porche de su casa. Para esa hora ya sabe por las noticias de la radio, que lo que impedía el tráfico por la mañana, se debía a la persecución policiaca, los niños andarán corriendo en el parque. Los balazos fueron poco antes de medio día, y la historia de Jesús y los judiciales tuvo un guión para corrido: ganaron los buenos, perdieron los malos. Jesús estará dando pie al llanto de los parientes. Como es costumbre durante el sepelio habrá cerveza. El cómplice del cuantioso asalto, José Alberto González Cortez, estará dentro de una celda, si bien le va, o tal vez los costados de su cuerpo amortigüen los puños, las patadas de sus adversarios: a saldar facturas por haber puesto en riesgo la vida de uno de los compañeros de la corporación.Y la cara de bicho asustado de la foto que le tomaron durante la presentación ante los medios, andará circulando por todo el estado.Doña Sandra se fumará un cigarro, tomará café, y en su mente estará el recuerdo de las ráfagas que hace uno meses escuchó cerca de su casa, en residencial Los Lagos, también andarán pululando en su memoria el tronar de balas del jueves próximo pasado que se ejecutaron en la parte norte de su hogar, por fuera de Multi Cinemas.Doña Sandra mañana intentará de nuevo vencer las filas de la burocracia de la Agencia Fiscal. Y regresará a su colonia, a ver cuál es el saldo del día. A enterarse de quiénes fueron las víctimas, quiénes los victimarios.

Jaime Loredo y el rigor

Jaime Loredo y el rigor

Eusebio Ruvalcaba 

Lunes 1 de mayo. El impacto de la poesía es inclemente. Cuando se produce, no hay ni para dónde hacerse. Lo sentí de inmediato cuando inicié la lectura de La escalera de Jacob, de Jaime Loredo, libro en coedición de la Secretaría de Cultura de San Luis Potosí y Verdehalago. Es una sorpresa mayúscula leer a un poeta como Jaime Loredo. El acontecimiento va de la celebración al arrobo. No es común eludir la vulgaridad por la finura. Hay muchos nombres ocultos pero visibles, muchas lecturas en los poemas de este joven. Se advierte en el cincel, ese modo de bruñir el poema, de darle el mejor acabado, pero sin sacrificar emoción. Dice: Los viejos hablan de amor mientras olvidan/ mientras cae agosto entre la lluvia./ Con almohadas blancas sobre el regazo/ tratan de ocultar la certeza de tristes panes/ —a veces la levadura no alcanza,/ es una larga mirada que no/ lleva a ninguna parte.// La desolación de los árboles/ aparece en el agua./ En el lecho descansan los muslos maltratados/ los labios imprecisos,/ el destiempo de un beso insuficiente/ conoce las heridas de barro a lo largo de la piel,/ la noche es la brevedad de la sombra,/ el esbozo de un cuerpo/ donde no queda/ sino el temblor de las sábanas. Hace bien Jaime Loredo en andar con pies de plomo cuando pisa el campo minado de la poesía. Hasta donde es posible, porque la poesía exige su parte de azar. Asumir que no existe pérdida de control al momento de escribirla, no pasa de ser un sueño intelectual. Pero lo que está en su mano, Loredo lo perfecciona: La tarde pasea entre las palomas/ como si el pecho no le fuere suficiente,/ como si este callar forzado/ no alcanzara para detener el mundo,/ para saber contenida entre sus labios la ira de Dios// Desnuda debió de haber sido la primera palabra,/ arcilla que palpita tibiamente obscura,/ como quien despierta en la mañana/ con la certeza de haberse equivocado de cuerpo,/ o quizás haya bastado/ con la mirada rebelde/ de un ángel con las alas guardadas en los bolsillos// como quiera que haya sido,/ Dios no volvió a hablar y se olvidó de los hombres,/ desde entonces siempre llueve.
Miércoles 3 de mayo. Follando con el Pato Donald es la novela de Óscar Seyler que, aún en manuscrito, leo. Vaya que si este autor de Torreón sabe agarrar por los cuernos a la narrativa. Divertida hasta las cachas —es la historia de una jovencita de 14 años que descubre el amor en todo ser viviente que la rodea—, no hay página que no obligue a la risa y a la reflexión. Conforme se avanza en la lectura se percata el lector de que el amor constituye más una fiesta que una tragedia, y que cada quien es dueño de hacer de su cuerpo el cucurucho que se le antoje. Aunque apenas lleve leída la mitad de la novela, creo que está del otro lado. Su falta de solemnidad, su desparpajo, su brutal incomplacencia, pero asimismo su rigor, serán el salvoconducto que le abra las puertas. Ojalá un editor arrojado se fije en ella.
Viernes 5 de mayo. Los acontecimientos heroicos, como las tradiciones, tienden a quedar sepultados bajo el polvo no siempre quevediano de los años. Hasta hace no mucho, en ciertos hogares mexicanos solía evocarse la gesta del 5 de mayo con reverencia. Hoy no existe nada de eso. Ni los jóvenes quieren oír hablar de lo que consideran una cursilería histórica, ni los adultos se preocupan por contradecirlos. Hoy por hoy, la patria la dictan el internet y los juegos de nintendo.

 

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