Mi Prado de Lilia
José de la Colina
Ensayo
La actriz, figura emblemática del cine mexicano, murió el pasado lunes 22. A manera de homenaje, presentamos la evocación de uno de sus más entusiastas admiradores.
Ahora que Lilia Prado, después de tan bien cumplida labor en el cine mexicano, está retirada de la vida pero no de las pantallas, permanecerá en nuestra memoria agradecida. Cuando siendo aún adolescentes empezamos a descubrirla, allá por finales de los cuarenta o inicios de los cincuenta, su presencia nos resultaba casi familiar y próxima, como si fuese una chava habitual en nuestro mismo barrio citadino. Era como la vecinita linda y amable a la que atisbábamos por si se asomaba en el balcón de enfrente, o por si salía a colgar sus prendas en los tendederos de la azotea cercana. O como la chamaca que súbitamente resultaba floreciente en curvas ya de mujer, y que pasaba por la acera entre el cerco de nuestros silbidos de homenaje, ¡fuiiit fiuuuu!, llevando libros y cuadernos, ya no en una mochila, sino entre los brazos y contra el pecho, y caminando garbosamente sobre recién estrenados zapatos de tacón alto hacia las Academias Vázquez o las Escuelas Minerva o similares (Cursos módicos de Taquigrafía, Mecanografía, Inglés, Corte y Confección, Personalidad, etc.). Presentaba un rostro de moderada belleza: nariz breve, pómulos frutales, ojos no demasiado grandes pero siempre francos y vivos, labios levemente trompudillos, de sonrisa lateralmente prolongada por los hoyuelos y los pómulos casi infantiles. Los suyos eran atributos de un rostro bien hecho sin exagerar, enmarcado por el cabello ni muy largo ni muy corto, de ondas tranquilas, que no quería ser modoso peinado “a la permanente” ni fogosa melena de leona. Y toda la calle danzaría alrededor de aquel cuerpo menudo, de tiernas y apretadas redondeces: un cuerpo de “chaparrita cuerpo de uva”, pero que adquiría proporciones de cuerpazo porque la increíblemente angosta y dúctil cintura, el tallecito que se diría abarcable con una sola mano, daba, por contraste, un relieve poderoso al busto leve y bien erguido, a los muslos pujantes, a la levantada región posterior de perfectas semiesferas firmes, que la hacían merecer el título de Venus Calipigia (Venus de la Nalga Recia). Fue precursora de aquel famoso “andar horizontal” de Marilyn la Rubia, un andar que ya nos avisaba de las rumbas arrolladoras que Lilia la morenita bailaría para el cine nacional. Y, como a Marilyn, hasta las locomotoras silbarían admirativamente al pasar ella.
Previsiblemente, el cine mexicano se apresuró a adoptarla, y como eran tiempos del turbio melodrama muy cantado y llorado y bailado, en el que las hembras fatales (María Antonieta Pons, Ninón Sevilla, Meche Barba, Rosa Carmina) hacían ilusoriamente estremecerse a la moralidad de clase media únicamente con el meneo salvaje y cadencioso de sus flancos, sucedió que Lilia, con su sonrisa de chamaca inocente, comenzó como aquellas superhembras de fuego y noche: bailando una rumba sin fin por el planeta cabaretero o por la sinuosa vereda tropical. Y aunque en esos primeros films fue casi siempre figura secundaria o francamente marginal, los títulos cantan, y también lloran y bailan: Ángel o demonio, Pecadora, La Sinventura, Tania la bella salvaje, Han matado a Tongolele, Si fuera una cualquiera, Pobre corazón, El gavilán pollero, Rumba caliente, etcétera. (¿Por qué tan sana muchacha como Lilia, tan inocente energía como la de la rumba, podían ser imagen y pregón del pecado e incluso del crimen?)
Entonces vino Buñuel y la miró de otra manera, y no como la hembra fatal o el mero torbellino danzante. Lilia no baila una sola rumba ni ejerce particular maldad en Subida al cielo, donde es una caliente y alegre muchacha, una seductora de provincia; ni en La ilusión viaja en tranvía, en la que recobra la condición de buena muchacha de barrio, vivaz noviecita y compañera de su novio; y aun menos en Abismos de pasión, melodrama tempestuoso en el que estaba fuera de lugar y de situación, reducida a un papel de ingenua sacrificada a las grandes pasiones de las fieras humanas, si bien encantadora como siempre. Pero pocas veces una estrella del cine mexicano habrá ejercido tanta sensualidad como la que prodiga Lilia desvirgando a un tonto mozo en el interior del autobús transformado en selva lujuriosa, o haciendo el simple gesto de subir al estribo de un autobús o un tranvía, y mostrar, bajo la falda levemente recogida, un pie con zapato de tacón alto en que el empeine peraltado sintetiza todas las curvas del cuerpo y anuncia la pantorrilla y el muslo soberanos. (Fue a Buñuel a quien le oí alabar su figura con un ejemplo evocador: “Esa muchacha —dijo— podría llevar una mochila sin sujetarla con las correas.”)
Tras el fulgurante paso por el cine de Buñuel, inmediatamente el cine mexicano recobró a Lilia, la reintegró al melodrama hipocritón (otra vez títulos tristemente indicativos:, Después de la tormenta, Horas de agonía, Senda prohibida, ¿Cuánto vale tu hijo?, Las cadenas del mal), o la enredó en comedias mental y humorísticamente deficientes en las que frecuentemente era devuelta a la ardiente pero ya anacrónica rumba, o entregada al portentoso rito del mambo o incluso propulsada al rock and roll, baile particularmente sonso y nada erótico si los hay (sólo ella merece que se revean Las tres alegres comadres, Tío de mi vida, El que con niños se acuesta, A media luz los tres, Mi esposa me comprende, Ando volando bajo, Mis secretarias privadas, Dos maridos baratos). Ocasionalmente, aquí y allá en esa larga filmografía, ¡de 97 títulos!, un director apartaba una secuencia o una escena para el solo esplendor de Lilia. En La vida no vale nada, de Rogelio González, donde hacía de hembra terrible, destructora de los muy machos Wolf Rubinski y Pedro Infante, Lilia incitaba a un impetuoso mar costeño, de ansias viriles, a ceñírsele al cuerpo, mojándole las ropas y dibujándole y haciéndole más tangible el talle. En Pueblito, de Emilio Fernández, su larga y cimbrada caminata por el pueblo para ir a bañarse en el río era celebrada por la miradas deseosas de todos los lugareños, que abandonaban sus campiranas labores para regalarse con ese fiesta visual de todas las tardes, y entonces sus sedientas miradas multiplicaban la de nosotros, los, ay, distantes espectadores de la sala de butacas.
Lilia Prado es mi favorita presencia femenina del cine mexicano, mucho más fascinante que las sublimes y no muy simpáticas grandes estrellas, las especialistas del gesto desdeñoso y la ceja alzada, las diosas de la belleza imponente, modeladas en diazmironiano hielo de las cimas: digamos Dolores del Río o María Félix (y ellas me disculpen). Pues si el cine que aquí se ha hecho para bien y para mal ha de tener una figura emblemática que sustituya a la solemne estatuilla de Ariel, voto una y otra vez por Lilia Prado. Y quisiera, además, que un fabricante nacional de muñecas pusiera en el mercado, para competir con la Barbie standard y sosa, una pequeña, graciosa, manuable y siempre única Lilia, dotada de mecanismo de cuerda o de perpetuas baterías. Ah, me animaría entonces a jugar a las muñecas.