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La cábula

Aire de Caín

Alfonso López Corral

(Fragmento) 

I
 
Nada nuevo para contar.
Allí está el árbol
su fruto prendido arriba
disperso
oculto en sombríos colores
que delinean su tallo.
Su temporal, en el vientre,
delinea anillos rasos.
No se va el árbol;
su fruto a veces.
Sobre las hojas pulso de leche
rocíos tactos que omiten
febriles venas que huyen.
Es una, las manos,
siente el fruto
segundos antes de caer.

                                         

II

Los árboles no existen de noche                                                                                                        

no obstante
hay quienes
aún entonces buscan su sombra.

Piel sin límites


 Carlos Sánchez
 
Soy un niño con los ojos abotagados. Un minuto, dos, quince, treintaitres, cuarentaiocho. Incrédulo entra la violencia a mi cuerpo. La butaca es mi refugio. No sé explicar qué significa catarsis, pero la intuyo, la huelo, la sufro.
Si alguien me hubiera dicho que a la persona que entrevisté por la mañana la vería convertida en la historia de mi familia, no lo hubiera creído. Si alguien me hubiera dicho que la impotencia acecharía como un perro rabioso a mi instinto, juro por lo más sagrado que es la palabra, que no me asomo al teatro.
Ahora despotrico: por qué no subí a partirle la madre a ese rufián que le escupía la cara a la dama. ¿Era mi padrastro, el amante de mi abuela, el novio de mi hermana?
Carmen Werner fumó cigarros ante mi olfato sobre la mesa de un restaurante. Me advirtió en esa charla la densidad de la pieza que ofrecería esa noche. Me lo advirtió pero yo lo entendí como si nada fuera cierto, por esa parsimonia humilde en su mirada, en sus palabras.
Carmen no pudo proyectar a mi instinto la magnitud de lo que me hablaba. Y fue entonces que me apersoné en el teatro, con la disposición de ver los cuerpos inmersos en la luz y el sonido dando de vuelcos.
Desde que puse mis codiciadas nalgas en el asiento, la prisión de mi infancia me llevó a recorrer las cuerdas, las paredes, la luz, el escenario completo que gracias al cielo nos ha regalado esta coreógrafa española.
Me ha maravillado el escenario todo, enseñando su intimidad, abriendo su pecho para liberar la manipulación de la cual es objeto todos los días. Lo he escuchado, lo he visto entregase dócil. El escenario está allí.
Dice Viki Miranda, ejecutante de Piel, la coreografía de la cual ahora sufro-gozo, que el Teatro de la Ciudad es uno de los más bellos en los que ha bailado. Yo agradezco a Provisional danza el regalo: para nuestros ojos el escenario todo.
Lo demás, del dolor del escupitajo, la violencia, la necesidad humana de sorber con crueldad la piel de los demás para gozar del sometimiento, eso es ya un acontecimiento al que tristemente me he acostumbrado.
Tal vez deba celebrar ahora que estas (os) españoles (as) me han devuelto a mi made con el labio sangrando, llorando ante la postura recia de la abuela que ni escuchar quería, porque sus palabras las dijo anticipadas, y el equivocarse para ella, en este juego de la vida, siempre estuvo prohibido.
Hace unos días conversaba con una amiga, mientras observábamos  una coreografía le abría una de mis fantasías: irrumpir en un teatro, intervenir una obra. Esa noche tuve la oportunidad, porque el muy cobarde que acompañaba a esa dama en el brindis de no se qué, le escupía la cara ante mis ojos. Ahora lamento el control raro (el cual hace unos días me describió otro amigo) del que soy dueño y por el cual no me pude abalanzar contra la bestia y abrirle la piel con mis puños.
Que violencia tan mágica he vivido esa noche.
Verla cubierta, con la respiración muerta y en su boca la boca del homicida, tal vez lo hubiera soportado, porque ya había fingido como si nadie supo, nada pasó. El ruido de una ambulancia entró a mis oídos justo en el instante del crimen. Bendita sea la coincidencia de esa sirena sobre el asfalto de la calle rosales. Qué manera de cerrar el telón.
Hubo un instante, o muchos, que por justicia a la creación, no dejaré pasar. Muchas veces he dispuesto la mente a la obra mayor de José Donoso. Esa noche, en la coreografía de Provisional danza, el guión de El lugar sin límites, del chileno, estuvo reiterándome su grandeza. Y una vez más lo he comprobado, el arte me convierte siempre en un niño.
Quiero besar ahora la planta de los pies de Carmen, la frente de los bailarines. Quiero cerrar los ojos para retener los dos, quince, treintaitres, cuarentaiocho minutos de placer hundido como una estaca en el pecho. Y aplaudir la piel... sin límites.
 

Un editor en prisión

Héctor González

Acusado de especulación comercial, el director de Plaza y Valdés lleva siete meses en prisión. “Los hermanos Rincón me trataron de extorsionar”, asevera. “Mi encarcelamiento es parte de un complot por haber editado libros reveladores sobre temas espinosos como el Fobaproa”.

Sus compañeros le dicen el Editor. Vestido color caqui, Fernando Valdés se mueve con soltura dentro del Reclusorio Norte. Muchos lo saludan y él responde afable. “Estar aquí es el único título que me faltaba”, comenta. Incluso promete que cuando salga pondrá en su oficina una fotografía con su traje de reo y el número que le asignaron. “Pocos hombres podemos tolerar una experiencia de este tipo”. Seguro. Acusado de especulación comercial, el director de la editorial Plaza y Valdés lleva siete meses en prisión. Los distintos pleitos con la familia Rincón, creadora de los libros de texto Cuadernos Gader, lo han mantenido ocupado durante los últimos años. El primer conflicto fue con Valentín Rincón: el juez dictó sentencia y Fernando Valdés tiene que pagar una deuda. Ya es cosa juzgada. El segundo es con Miguel Ángel Rincón —hijo de Valentín— y se encuentra en proceso. Sin embargo es el tercero el que lo tiene viviendo en una celda. Graciela Rincón —también hija de Valentín— lo acusó de especulación comercial por vender libros a destiempo. Ésta es la única demanda que se ha llevado al terreno penal. Y ha sido letal.
El origen
En 1995 Fernando Valdés firmaba acuerdos con los dueños de los Cuadernos Gader. Con Miguel Ángel Rincón acordó editar los cuadernos de kínder 1, 2 y preprimaria; con Valentín Rincón pactó publicar los de aritmética y geometría, en tanto que con Graciela Rincón el trato fue sacar a la venta el material de caligrafía. “En 2003 Valentín Rincón lo demandó por la vía civil, para la rescisión del contrato”, comenta Mireya Rincón, la abogada que lleva los casos. La razón: incumplimiento de contrato y falta de pago de regalías. Este juicio se resolvió en agosto de 2005. La condena para Valdés fue pago de regalías y rescisión del contrato. La deuda no ha quedado saldada. De manera paralela Graciela Rincón lo demandó pero por la vía penal. “No fue necesario acudir a la vía civil porque en 2003, por acuerdo de ambas partes, se dio por terminado el contrato, mismo donde se había firmado una adenda, es decir una modificación a la cláusula relativa a la forma de pago. Ahí se autorizaban dos ediciones más: de 2002 a 2003 y de 2003 a 2004 para la venta de las existencias de la obra. De este modo en junio de 2004 se terminó la relación contractual. No obstante Valdés siguió vendiendo los libros. Independientemente de que esos ejemplares se hubieran editado durante la vigencia del contrato, él ya no tenía derecho a venderlos, es por eso que se le demanda por la vía penal”, argumenta la abogada.
La cuestión no es sencilla. Un pleito en apariencia civil pasó al terreno penal. A Fernando Valdés se le aplicó el artículo 424 bis del Código Penal, que dice lo siguiente:
“Se impondrá prisión de tres a diez años y de dos mil a veinte mil días de multa:
I. A quien produzca, reproduzca, introduzca al país, almacene, transporte, distribuya, venda o arriende copias de obras, fonogramas, videogramas o libros protegidos por la Ley Federal del Derecho de Autor, en forma dolosa, con fin de especulación comercial y sin la autorización que en los términos de la citada ley deba otorgar el titular de los derechos de autor o de los derechos conexos”.
La vida en prisión
El Reclusorio Norte es el más poblado de América Latina. Su director presume con orgullo que tiene cerca de nueve mil reclusos, cuando su capacidad real es para cuatro mil. Hay celdas donde habitan hasta ocho personas. Pero éste no es el caso de Fernando Valdés. Vive en el Dormitorio 2, que es una zona de privilegio. Tiene televisión, libros e inclusive puede cocinar. “Aquí vivo con 15 mil pesos mensuales”, asevera. Comparte cuarto con cuatro internos. “He convivido con secuestradores, en mi celda hay un sicario. He aprendido a vivir con ellos”.
Intercala sonrisas con miradas frías, según el tema. Mientras habla de la demanda se pone serio. “La adenda que firmamos dice que doy por cancelado el contrato, sí, pero el contrato me daba la autorización para vender los libros que tengo. Ya no puedo hacer más ediciones y no las produje. Ellos trataron de demostrar lo contrario pero no pudieron”.
—¿Vendió libros a destiempo?
—No. El Ministerio Público embarga 52 facturas. Ahí es donde encuentran el Cuaderno Gader de Caligrafía facturado para ellos después de que se venció el contrato. Esas facturas son de libros del año 2002 y de 1999. Tengo los derechos sobre esas facturas, pero de esas facturas también hay libros en consignación, de esos ni siquiera se dan cuenta. La procuraduría me embargó tres mil 157 libros que son de mi propiedad y eso lo sostengo. Ellos esperaban encontrar ediciones posteriores a 2004, pero no hay.
—El asunto es que después de 2004 no podía vender los libros…
—Sí los podía vender. La ley me da derecho a eso. Si ellos dicen lo contrario pues esperemos a que decida la ley. Si esos libros fueron hechos bajo contrato tengo derecho de terminarlos, al final tendré que pagarles algunos derechos pero ¿cuántos libros se vendieron de esos que ellos supuestamente dicen que no tenía derechos? Menos de 300 ejemplares en un año. ¿Por eso hice especulación comercial? Hay un ensañamiento. El Ministerio Público los ha aconsejado, se ha vuelto su asesor.
—¿Está dispuesto a pagar los derechos que debe?
—Sí, incluso estaría dispuesto a otra serie de negociaciones. Dejé de publicar los libros Gader por los problemas que había con ellos. Los hermanos Rincón están esperando una herencia de su padre. Me trataron de extorsionar con tres millones y medio al principio. Siempre me opuse, luego se bajaron a dos millones ochocientos y tampoco se los voy a dar, porque no va por ahí mi comportamiento. Una demanda que ni siquiera es civil la convierten en penal por una manipulación del artículo 424 bis, que debe ser aplicado para quien practica la piratería, para quien elabora productos sin contrato de por medio.
—¿Cuándo es pirata un libro?
—Cuando un libro se hace sin derechos y fuera del contrato.
La ley no hace distingos
Un conflicto autor-editor es como encontrar una aguja en un pajar. Casi no hay demandas de este tipo. Las razones son varias. Van desde el costo del abogado hasta el desinterés por el autor. “El contrato de la cesión de derechos no se ha entendido correctamente. El autor tiene dos tipos de derechos: el moral y el patrimonial. Los derechos morales son irrenunciables, los patrimoniales se pueden ceder. ¿Cuáles son? El derecho a publicar, a editar, a reproducir, a almacenar la obra. Estos derechos se pueden transmitir pero por un tiempo determinado. No es que se le dé la obra al editor y que éste pueda hacer lo que quiera”, comenta Mireya Rincón, especialista en este rubro. En contraparte a Fernando Valdés, para la abogada la piratería de libros no sólo incluye a quien hace un libro sin derechos y fuera de contrato sino también a quien los vende: “Hay una obra original que es la que crea el autor. Esa obra se reproduce y lo que la ley tutela es la venta de copias, independientemente de si son apócrifas o si son originales. La ley no hace distinción. La obra es el original, que en este caso entregó Graciela para su reproducción. Las copias son los ejemplares”.
El conflicto está en proceso. Por ahora se están desahogando las pruebas. Graciela Rincón está dispuesta a negociar, y sin manejar alguna cantidad afirma que sólo quiere lo que le corresponde. No obstante la situación ha cambiado. En su parcela de negociación incluye que Valdés pague la deuda relativa al pleito con su padre Valentín Rincón y también un acuerdo con Miguel Ángel Rincón.
Lo que queda
Fernando Valdés está en la cárcel. Confía en que saldrá, pero no sabe cuándo. Al ser cuestionado sobre la poca claridad en la relación editor-autor responde: “Es una realidad. No lo justifico, pero en México el riesgo de la empresa editorial es muy grande. Aquí el consumo de libros es bajo. De los años setenta a la fecha han cerrado más de mil editoriales. El mercado no nos ayuda. Las editoriales están quedando en manos de multinacionales y eso es grave. No es disculpa pero es que no hay mercado”. La respuesta no convence, pese a que Fernando Valdés reconoce que las editoriales no tienen el mejor de los comportamientos. Aún así sostiene: “¿Cómo me pueden acusar de especulación comercial con libros que produje con mi dinero y autorización de ellos? El juez va a determinar mi libertad, lo malo son estos tiempos legales. Si a mí me aplican el artículo 424 bis, se lo van a aplicar a cualquier otro editor. Todos los editores tenemos libros en nuestros almacenes que vendemos después de vencido el contrato, pero que siguen en el contrato. Las bodegas están llenas de libros. Ahí está el dicho: “Las editoriales mueren gordas”.
El artículo 424 bis es claro. La resolución estará sujeta a la interpretación del juez. Por lo pronto la disputa está en marcha, pero ha quedado en evidencia la nebulosa relación entre editor y autor. Graciela Rincón pide que se le pague. Fernando Valdés asegura que no violó ninguna ley, e incluso afirma que su encarcelamiento es parte de un complot por haber editado libros reveladores sobre temas espinosos como el Fobaproa. La teoría no tiene mucho sustento. Bajo este criterio ¿cuántos editores de libros, diarios y revistas estarían presos? Sin embargo ahí está la hipótesis a la espera de ser escuchada. Esto será la próxima semana.

hectorgjordan@hotmail.com

Jueves Santo con Javier Salvago

Eusebio Ruvalcaba 

Jueves 13 de abril. Consumo mi acostumbrada visita a Las siete casas: La India, Las Dos Naciones, La Mascota, El Gallo de Oro, La Faena, para terminar con la Buenos Aires y la Villa Madrid. Llevo conmigo un poeta que resiste la jornada: Javier Salvago. Nada le es desconocido a este hombre del desconsuelo, la derrota y el desasosiego. Un maestro de quien se aprende siempre. ¿Por qué resultarán tan aburridos los poetas que permanecen impávidos ante la zozobra de estar vivos?, me pregunto cuando leo: “Que la vida dolía/ yo lo aprendí muy pronto./ Quizás por eso anduve tantos años/ huyendo de la vida, como loco;// ciego, para no ver lo que sabía/ que iba a ver nada más abrir los ojos;/ borracho, para no mirar de frente/ su impenetrable rostro.// Para poder vivir en paz, sin miedo,/ para animarme, me lo bebí todo./ —Sólo así conseguí, en algún momento,// ser feliz y gozar la vida a fondo./ Pero el sueño de la razón es sueño/ y engendra monstruos”. Todas estas cantinas me traen buenos recuerdos. Son muchos años en los que he compartido tragos con hombres y mujeres queridos (jamás bebo con desconocidos o individuos por alguna razón indeseables, los conozca o no). La insondable Dos Naciones es un templo; sobre todo en el segundo piso, donde las mujeres, princesas de la adiposidad, son atrozmente risueñas; pero entienden perfectamente el gesto duro, entonces se mantienen alejadas —ya ni siquiera se acercan a pedir un cigarro. Prosigo mi lectura de Salvago, poeta español ya cincuentón: “Hace casi tres años que no escribo/ poemas, me abandono, apenas leo;/ no me cultivo ni me informo. Siento/ dentro de mí una especie de vacío// que avanza —y no me asusta— como un río/ de lava; o, mejor, como un desierto/ que va ganando más y más terreno/ al calcinado bosque, ayer tan vivo.// Sueño poco. Deseo lo necesario./ No tengo nada, y nada extraordinario/ espero en adelante. No disfruto// del placer de vivir. Miro la vida/ con reserva y distancia. Cada día/ me consienten los años menos humos”. De niño hacía yo la visita de las siete casas con mi padrino. Todos los jueves santos me llevaba a la iglesia del Buen Tono, a la de San Felipe, a la Catedral; pero empezábamos por la Candelaria, cerca de donde yo vivía, en Mixcoac, y de ahí nos íbamos a la Condesa para detenernos en Santa Rosa de Lima, La Sabatina y La Coronación. Digo que pasaba temprano por mí a la calle de Miguel Ángel, y a partir de ahí todo era devoción y ensimismamiento. Mi padrino —de nombre Ernesto, de apellido Castillo— era seguidor irrestricto de las enseñanzas de los Evangelios, cuyos versículos favoritos se sabía de memoria y los repetía a la menor provocación. En esta cantina de La India su recuerdo se me viene encima. En el ínter de las siete casas, ya en pleno centro, solía llevarme a un restaurante y cafetería ya desaparecido, el Tibet Hanz. Yo me fastidiaba enormemente, pues lo que en verdad quería era contemplar aquellas grandes mantas color morado que cubrían las imágenes de las iglesias. No platicar. ¿Y ahora?: “No era la gloria, porque yo en la gloria/ qué pinto. Ni siquiera la fama./ Siempre fui tímido y le tuve siempre/ un cierto horror al público y las cámaras.// Tampoco el oro, porque el oro exige/ otra estrategia y otras artimañas./ —Mi ambición es llegar a no tener/ más ambiciones que las necesarias—.// Desde esta altura, si me asomo al fondo,/ presiento que quizás lo que buscaba/ era escribir, sobre mi propia vida,/ mi versión de la vida retirada”.

 

eusebius1951@cablevision.net.mx

Jugueteos

 

Iván Ballesteros Rojo 


 

El sabor helado del revolver en su boca era parecido al de los penes enormes característicos en las  esculturas de bronce que había estado produciendo los últimos años. En vez de terror, Quim experimentaba sesiones eróticas con efebos inmutables. Efebos salvajes de sexo oscuro y oxidado  que justo ahora se venían violentamente atravesándole la cara. El sonido que se extendía taladrándolo infinitamente y la sensación entumida de un rostro inútil, hacían sentir a Quim, digamos, atolondrado. Un olor a pólvora y sangre revueltas. Sujetándose el cachete izquierdo Quim  caminó hacía el espejo de la sala. Allí se quedó un rato. Finalmente llamó a una ambulancia.

 

Tomando el sol


 

Alejandro Cabral

Juan.- Buenos días.
José.- (con lentes oscuros) Buenas noches.
Juan.- (poniéndose sus lentes oscuros) Ah, sí, buenas noches.
José (quitándose los lentes) Buenos días.
Juan.- Disculpe usted, ¿a qué hora pasa el próximo?
José.- A la misma, creo.
Juan.- Lo supuse, siempre se atrasan.
José.- Figúrese que yo tengo desde anoche esperando y como se podrá dar cuenta ya casi es mediodía y…
Juan.- ¿Mediodía?, si ahora es de noche.
José.- De día.
Juan.- De noche.
José.- (quitándole los lentes a Juan) De día.
Juan.- Es verdad, ya veo claro. (pausa) Tarda mucho, ya tengo desde anoche esperando y nada.
José.- El sistema ferroviario en el país es muy deficiente, pero es mejor así, pues hoy no deseo ir a ningún lado.
Juan.- Qué casualidad, vamos a donde mismo.
José.- Pero… si yo acabo de decir que no voy a ningún lado.
Juan.- Por eso, yo también voy a ningún lado.
José.- Pero… ¿no esperaba usted el tren, a donde pensaba ir?
Juan.- Lejos… hacia el sur.
José.- Y entonces, cómo explica ahora que no va a ningún lado. Me está usted siguiendo, ¿verdad?
(PAUSA)
Juan.- No, pero si el sistema ferroviario está tan mal como usted dice, tendré que ir a ningún lado y entonces estaremos juntos, puesto que usted…
José.- ¡Ya cállese usted por favor! No quiero que me vean hablando con un desconocido; y menos si se dan cuenta que iremos juntos a ningún lado.
Juan.- Claro, lo dejo señor…?
José.- Gutiérrez, José Gutiérrez, para servirle.
Juan.- Sí, adiós. (pausa) Juan, Juan Pérez es mi nombre.
(Se dan la espalda, pausa, se voltean a ver.)
José.- ¡Juan, qué gusto encontrarme con un buen amigo aquí en ninguna parte! Recuerdo que la última vez que lo vi quería usted viajar a ninguna parte y…
Juan.- No, yo quería ir lejos, hacia el sur, pero desde el momento en que usted me abrió los ojos y me hizo ver que el sistema ferroviario era tan malo en el país, supe que mi destino estaba aquí en ninguna parte.
José.- ¿De qué destino habla usted, del destino, destino?
Juan.- No, yo hablo mas bien del destino al que nos lleva el destino.
José.- Ya veo, ahora no comprendo, pero está bien.
Juan.- No se preocupe usted, yo tampoco lo comprendo, pero desde ese momento siento que mi destino está resuelto.
José.- Pues regresando al asunto de los trenes, pensaba poner una queja ante el gobierno para que resolviera el problema de la mala calidad de nuestro sistema ferroviario, pero desistí de la idea.
Juan.- ¿Por qué hizo usted eso?
José.- Porque recordé que no deseaba ir a ninguna parte.
Juan.- Es usted un inconsciente, se nota que no sabe que si uno tiene cualquier inconformidad con el gobierno debe quejarse aunque no le beneficie en lo más mínimo.
José.- Tiene usted razón, me quejaré. Estoy harto de que nada funcione en este sistema y sobre todo de que el maldito gobierno no nos tome en cuenta.
Juan.- Me impresiona usted, nunca me imaginé que fuera un anarquista, un opositor radical, un rebelde, un… No dudo que sea hasta socialista.
José.- No, no me diga eso por favor. Todo lo que quiera menos socialista.
Juan.- Socialista, socialista, socialista y… comunista.
José.- No, ya, perdóneme.
Juan.- Bien lo perdonaré, pero con una condición.
José.- La que usted quiera.
Juan.- Pues, la única manera de que me demuestre que es un hombre derecho y de derecha es que me haga ver que es usted un capitalista completo.
José.- Lo soy y se lo demuestro.
Juan.- Bueno, para ser un capitalista completo debe usted contar con capital.
José.- Claro.
Juan.- Demuéstremelo entonces, patrocinándome un proyecto de inversión que traigo entre manos.
José.- Ah no, eso si que es abuso de confianza, dígame lo que quiera pero no se meta con mi dinero, nunca lo malgastaría en alguien que apenas conozco y que probablemente lo usará para un programa social de ayuda comunitaria. Hasta nunca, mala copia de Robin Hood.
Juan.- Muchas gracias, me ha demostrado usted ser de los nuestros, gracias.
José.- Qué suerte, ya me había usted asustado, es usted un hombre muy divertido.
Juan.- Gracias, ¿Cree usted que ya estoy suficientemente bronceado?
José.- Se ve usted muy atractivo, ¿Qué opina de mí?
Juan.- Está usted con un bronceado perfecto. Creo que ya es hora de ir a quejarnos de la mala calidad del sistema ferroviario. ¿No le parece?
José.- Me parece perfecto, vamos a luchar por los derechos de las clases menos privilegiadas.
Juan.- Sí, vamos. (salen)
TELÓN

Cascadas


“Este camino no nos lleva a parte alguna / sólo, a veces / nos obsequia la palabra / de otros caminantes.”
Josefa Isabel Rojas

Sobre la banda camino y camino sin ver cuando algo impredecible hace que me detenga, un letrero construido armoniosamente, diría que escrito casi con amor, dice: “Se venden cascadas”, eso basta para enloquecerme planeando dónde la pongo, de qué tamaño la pido, cómo la alimento, paso luego a considerar si se habrán vendido muchas, pienso en los patios traseros de las casas de mis amigos, con envidia pienso en los desconocidos llenos de caídas que corren , líquidas montañas, pequeños surtidores, la vida caminando ¿dónde podré poner una cascada? Tal vez pueda conseguir alguna, portátil, que logre llevar y traer, en una caja diminuta. Guardarla en un cajón mientras me hago de un espacio para dejarla crecer, después, cuando ya no halle qué hacer con tanta gota, la regalo, se la heredo a Carlos, se la presto al Ojitos, se la cambio por algunos charcos a David...

Fabio Morábito le falta el respeto a sus personajes

En Grieta de fatiga el autor quiere mostrar la riqueza de distintos estilos humanos, sin crear títeres
Por Baraquiel Mozo, enviado
Fabio Morábito ha afilado su lápiz de cuentista y en su más reciente libro de relatos, Grieta de fatiga (Tusquets, 2006), se leen historias con un lenguaje eficaz, libre de ornatos y excesos retóricos, sin dejar de ser preciso, aunque al autor no le gustaría que su prosa "llegara a verse como volátil o que esa transparencia fuera sinónimo de fragilidad".

Al escritor de origen italiano, quien llegó a México a los 15 años, le preocupa mucho evitar el uso excesivo de metáforas y asegura que en este libro "cada frase ha luchado para llegar a ser la oración que es, se ha despojado de pesos inútiles".

En las 15 historias que recoge este volumen, el séptimo en su carrera literaria, incluyendo sus poemarios Lotes baldíos y Alguien de lava, De lunes todo el año, Morábito presenta a personajes que viven una cierta inestabilidad, que no llegan a ser nómadas, pero que están lejos del sedentarismo.

"Quizás es un elemento nuevo en mi literatura, por ejemplo, en el libro anterior, La vida ordenada, sí hay una mayor estabilidad, son todos cuentos que transcurren muros adentro y aquí, tal vez, la inestabilidad es un punto común a todas las historias".

En este libro, insiste, hay también un mayor placer por contar una historia y una mayor falta de respeto hacia los personajes, sin que éstos se conviertan necesariamente en títeres.

"También hay una ligera vena de aceptación bastante sabia de la vida. Tal vez inconscientemente quería presentar como un fresco, muchas historias posibles, ver la riqueza de los distintos estilos humanos", describe Morábito.

Un hallazgo más que reconoce en su trayectoria es la reflexión literaria a través de sus personajes. La protagonista de su relato El valor de roncar, una escritora atormentada, odia la palabra creación y su único anhelo es dejarse ir por una pendiente suave que la haga salir de sí misma.

"Comparto la percepción de esta mujer respecto a la creación, me preocupa la idea de caer en una solemnidad. Ella quisiera que la creación fuera algo más liviano, más sensato, doméstico, que escribir no fuera un hecho tan lleno de dramatismo, que pudiera hacerlo de una manera más entretenida. Algo de eso hay en su visión del proceso literario: desolemnizar el acto creativo, sobre todo en esta época en la que hay tantos falsos creadores".

En la literatura y en las artes plásticas, por citar dos ejemplos -dice-, cualquiera cree que puede hacer arte porque tiene una cámara entre los dedos o una computadora.

"Tampoco se trata de escandalizarse. En el Siglo de Oro español, Góngora, Calderón, Cervantes, Lope de Vega, seguro estuvieron rodeados de infinidad de autores mediocres y sólo quedaron los gigantes. En los últimos años sí ha habido una explosión peculiar de falsos creadores, tal vez debido a que hay menos rigor y todo se ha vuelto más fácil".

Por su parte, Morábito se ha empeñado en alcanzar una mayor economía de recursos a la hora de escribir y ha puesto mayor atención a las peripecias.

La literatura, precisa, lo ha hecho salir de sí mismo y eso le ha permitido verse de otra manera. Por lo pronto no tiene "prisa" por llegar a la novela, se siente cómodo en la narrativa breve y en la poesía.

"Cuando tenga que escribirla lo haré, no tengo nada en contra de este género, pero me gusta mucho el cuento, así que jamás haría una novela de 800 páginas".