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La cábula

Soplos de poesía trocaron humores rancios por instantes de frescura en el Metro

Estación Hidalgo, primera parada para los susurros de Les Souffleurs

FABIOLA PALAPA QUIJAS

Tomado de La jornada

En el transcurso de la mañana de ayer lunes hubo un cambio repentino en el ambiente, viciado y fragoroso, que se vive a diario en la estación Hidalgo del Sistema de Transporte Colectivo (STC).

Justo en la intersección de las líneas 2 y 3 del Metro, ese espacio subterráneo vio trocados sus humores rancios por soplos de poesía en los oídos de los transeúntes, que preguntaban azorados:

¿Quiénes son? ¿De qué se trata?

Y al desconcierto siguieron las sonrisas y el agradecimiento hacia los simpáticos personajes vestidos todos en negro, armados con paraguas, abanico y un largo tubo con el que conectaban sus labios con los oídos de los desaprevenidos metronautas, para decirles así, al oído, poemas que los transportaban no a otras estaciones, otros andenes, otros pasillos y torniquetes, sino a imaginarios paraísos.

Del sofocón al suspiro

Cambio en la temperatura ambiente, en la de los cuerpos y en el imaginario colectivo. Del bochorno se pasó al soplo de un vientecillo fresco en las entendederas. Del sofocón al suspiro. De los apretujamientos a una forma invisible de abrazar y ser abrazados: decir y escuchar poesía. Abrasados.

Integrantes del grupo francés Les Souffleurs comparten susurros poéticos con usuarios del Metro Fotos Marco Peláez

De pronto entonces los usuarios estaban, estoicos y resignados, parados en un andén, esperando su vagón, pero, por magia de poesía, una vez que uno de esos personajes conectó su tubo oscuro con sus mejillas, el viandante ya estaba, en su magín, en un jardín amplio y fresco, un lugar tranquilo donde respira la poesía a su dulce antojo.

Pasaban así los metronautas de la sorpresa al gozo. Hubo quienes expresaron su contento contestando con poesía, como el señor Alberto Navarro, quien se puso a susurrar poemas del rey Nezahualcóyotl (''no cesarán las flores/ no cesarán mis cantos/ sólo hemos venido a soñar").

Así de repente no sólo había viandantes, metronautas, transeúntes, sino que todo el espacio subterráneo se llenó de palabras que cobraron vida: fuego, agua, ojos, vida, día....

Y mientras esas palabras saltaban de andén en andén, hacían girar los torniquetes sin que pusieran su boleto de entrada en la ranura, abordaban veloces los vagones, desaparecían felices, engullidas por las puertas corredizas y el pitido profundo del gran gusano naranja, los oscuros personajes de abanico, tubo y paraguas ayudaban al parto sin cesárea de palabras. Hubo así innúmeros alumbramientos en pleno andén.

Soplos de vida

Empleados del STC, amas de casa, estudiantes y hasta policías vieron de qué manera uno puede vivir la poesía. Otros no cesaban en su trajín sudoroso de trasbordo, inclusive hubo quienes expresaron su desdén: ''ésas son babosadas".

En cambio, una dama se sentía tan complacida que no se conformó con que le susurraran al oído un poema, sino que se acercó hasta en tres ocasiones con los hombres de negro para que le susurraran más poemas y más poemas y más poemas.

Hubo también quienes quisieron un autógrafo de quienes les acababan de regalar un soplo de vida.

Y así como en un tris, un chistar de dedos, un pellizco en la imaginación o un parpadeo habían aparecido los de negro con su poesía, así tambien, en un derrepente, desaparecieron y desapareció con ellos la calma y la tranquilidad en ese espacio subterráneo, que volvió a sus humores rancios y sebosos que aceitaron nuevamente el reptar del gusano naranja.

Fue como ver transcurrir el tiempo.

Con M de mezcal, de música y de Mérida

Eusebio Ruvalcaba

1) No puedo escribir más sobre borrachos, adúlteros, misóginos, hombres hechos polvo, que para el caso es lo mismo. Porque se traslapan, se enciman, se confunden entre sí. Y pareciera que el único leit motiv es un bebé incapaz de franquear el umbral. Prefiero escribir sobre la nada: ese corazón que ha dejado de latir, esa alma que se quedó enredada en la jaula del perro.
2) Gracias al esfuerzo de Eugenia Montalván, presento Un año con Mozart. 52 tips para escuchar a Mozart en Mérida. Extraigo los siguientes fragmentos de una crítica musical firmada por Eduardo Puerto Molina y publicada el 17 de enero de 1962 en el Diario del Sureste de la Ciudad Blanca: “Al decir que este hombre [Higinio Ruvalcaba] es un gran violinista, queremos significar que no solamente es un virtuoso en el sentido más noble que se le da a este vocablo entre los entendidos, pues posee un dominio increíble de la técnica del instrumento al mismo tiempo que su destreza se subordina a la producción de bellezas sublimes, sino que él se revela en todo momento un intérprete infalible de las intenciones del autor, un músico innato de cualidades pocas veces tan elevadas, tan exquisitas, tan intensas y al mismo tiempo tan peculiarmente personales. Es imposible oírlo sin que el espíritu sea conmovido por el más puro deleite estético. (...) No recordamos haber escuchado la sonata de César Franck (y se la hemos oído a Thibaud y a otros violinistas de la más alta categoría) tocada con mayor sensibilidad, con mejor fraseo, con más compenetración de su esencia musical y humana. (...) Higinio Ruvalcaba es un músico auténtico, un técnico fenomenal, un intérprete cabal y un artista capaz de inspirar y emocionar a un público, llevándolo por los caminos misteriosos de la creación sonora. (...) El público que llenaba por completo el Teatro de la Universidad, institución que patrocinó el acto, supo corresponder a la magnífica actuación de Higinio Ruvalcaba con prolongadas ovaciones. Como bis, el artista ofreció un arreglo suyo de uno de los Caprichos de Paganini”.
3) Mérida siempre estuvo en el corazón de Higinio Ruvalcaba (HR), al punto de que él la consideraba su segunda tierra. Aún recuerdo sus palabras: “Cuando me robé a tu madre nos fugamos a Mérida, luego de casarnos. Porque en Mérida siempre he sido inmensamente feliz. Allí he tenido grandes éxitos porque allí están grandes amigos míos. Y yo entrego todo mi arte donde están mis amigos”. Así, con esa sencillez rotunda se expresaba mi padre cuando se trataba de querencias. Esto tiene varias lecturas; de un lado, la importancia que HR le daba a la música como vehículo transmisor de la amistad. No es casual que cuando entre el público figuraba un amigo suyo por quien guardaba un cariño singular, pusiera su arte al servicio de esa persona. Más dado al silencio verbal que a la expresión exultante, la música se convertía entonces en un medio de enlace idóneo, capaz de hablar por él, de exteriorizar sus sentimientos, de hacer patente su afecto. HR tenía tal dominio del arte violinístico, que era capaz de dirigir su sonido, esto es, su voz, a una persona en particular de aquel auditorio. Pero hablé de varias lecturas. Pensemos por un momento en uno de los cometidos del arte: acercar a los hombres, tender lazos imperecederos entre almas afines. De ahí que aquel violín necesariamente habría de estar dirigido a una persona de sensibilidad peculiar, alguien que entendiese y sintiese cabalmente el mensaje. Cuando digo almas afines esto es lo que pretendo decir.
4) Cada vez que recuerdo le doy las gracias a Dios por permitirme beber una copa más. A Dios lo ha de desbordar tanta gratitud —que si el niño que no se murió en la operación, que si la hermana que regresó luego de tantos días de secuestrada, que si el hermano mayor que se reformó—, un mil razones que de pronto le provocarán urticaria en los oídos. Pero que un borracho le dé las gracias por permitirle seguir con su vicio, le quitará la sonrisa de los labios.
5) El mezcal está a la altura del arte mismo. Contadas bebidas se pueden tomar a modo de aperitivo, durante la comida y como digestivo. El mezcal sí. Como el que lleva por nombre el de Embajador de Oaxaca. Su fino color dorado, que bien recuerda los yelmos de Rembrandt, su cuerpo generoso, que en el cuerpo mismo provoca la sensación de un bálsamo, su bouquet místico —exactamente el mismo que dejan los labios de una mujer tierna— y su suave sabor, que da esa extraña sensación de tocar la dulce noche, lo tornan bebida ideal para acompañar las sonatas de Mozart.
6) El lugar está lleno. Ni siquiera es posible beber en la barra. O cuando menos beber con esa comodidad que la barra siempre parece prodigar. Comodidad y paz. Pero un brazo siempre cabe entre dos hombres. Mi brazo, que extiendo hasta llamar la atención del cantinero y pedirle mi bebida, que se apresta a servir. Un hombre toca el violín y otro el piano. Porque en esta cantina hay un piano vertical. Dicen que los músicos vienen aquí a tocar. Que intercambian tragos por música. Mientras están tocando, todo lo que consuman corre a cuenta de la casa —esto sólo podía suceder en Guadalajara. Tocan dúos de compositores del violín. Kreisler, Sarasate, Wieniawsky… Bebo un par de tragos y el ambiente me absorbe. Como si no tuviera yo ninguna consistencia siento que levito. Escucho arrobado a los músicos y aplaudo con furor. El violinista está aún más ebrio que su acompañante. O cuando menos eso parece, por tocar de pie. De pronto da un brinco y se trepa a la mesa. Sin soltar el violín. El público aplaude enfurecido. Lo que está a punto de ver lo enardece. Porque hay quien incluso se levanta para ver mejor. Como si estuviera en un palenque, el violinista gira y mira desafiante. Da una vuelta completa. Está a punto de caer, pero un equilibrio de último momento lo devuelve a una posición firme. No ha desaparecido esa mirada desafiante. Coloca el violín, mantiene el arco en el aire por unos segundos y toca. Todos escuchamos estupefactos. O es un genio o todos estamos borrachos. Su afinación es asombrosa, su arco conmueve por la firmeza y soltura. Pero la interpretación, he ahí su máximo fuerte. Toca como un dios. Las dificultades técnicas han quedado muy atrás. Un Capriccio de Paganini sucede al otro, y al otro. Hasta que baja el instrumento, agotado. Es un hombre joven. Frisará los treinta años. Suda profusamente. Parece que han vertido sobre su cabeza una cubeta de agua. Tres Capricci  lo han dejado exhausto. Los parroquianos aplauden fuera de sí. Lo ayudan a bajar de la mesa. Alguien se acerca y le pone una botella delante, de la que él da un sorbo formidable. No sé su nombre y prefiero  no saberlo.

eusebius1951@cablevision.net.mx

 

Un paseo por el tren ligero.

 


 

 


 Yamil García

            Me encontraba en el centro de la perla tapatía disfrutando de una nutritiva y saludable escamocha sentado en una banca en Plaza de los laureles oyendo como mi masticar iba siguiendo los compases de la banda del estado que emitía notas y más notas con una armonía que hacían que los transeúntes aminoraran su paso, se salieran del trajín cotidiano y por unos momentos se deleitaran con la música. Me sorprendí de cómo el ser humano puede, cuando se lo propone, trabajar en armonía con otros seres humanos para la ejecución de cosas muy bellas. El fin debe ser sublime para convencernos de dejar egos y diferencias  a un lado e ir en pos de esa meta que en este momento era un huapango.

 

            Me pasa que cuando escucho música de mi agrado, el tiempo parece detenerse y a la vez pasa volando, así que al escuchar el sonidito de mi reloj avisándome que una nueva hora comenzaba, me di cuenta que ya era hora de partir. Dirigí mis pasos a plaza de las banderas, pasé a lado de una multitud que coreaba a los mimos que hacían sus actos de entretenimiento a costa de la misma gente y bajé los escalones que me llevaban a la estación del tren ligero. Era toda una aventura sacar las moneditas de la bolsa para introducirla en la maquinita que te daba la ficha del tren. En este proceso ya se me habían ido, en otras ocasiones, muchos trenes. Sin embargo, aún ya trayendo la ficha, también ya había perdido varios trenes, así que ya no me daba prisa. Una monedita de dos pesos, otra de a peso, y después otra más de a peso, y como por arte de magia, se escuchaba el tintinar de la ficha cuando caía en el receptáculo. Ya felizmente con mi ficha en la mano, me dirigí hacia el acceso al andén, en eso, el tren hacía llegada, mi ecuanimidad, se perdió por un instante y con nerviosismo, vi con impotencia que mi mano no atinaba a introducir la ficha en la ranura dentada de la barra giratoria que impedía mi acceso, cuando por fin logré llegar al anden, las puertas del tren se cerraron para beneplácito de varios usuarios que con sonrisitas malévolas hacían burla a mi carrera detenida abruptamente para evitar quedar como estampilla en dichas puertas. Chingada madre! Exclamé, ahora a esperar el que sigue. Que bajo vendí esa exclamación pensé y me puse a sonreír. Después de diez minutos de espera, arribó el otro tren el cual tomé sin contratiempo alguno y abandoné en la siguiente estación para transbordar en la estación Juárez. Subí escaleras, pasé a través de la galería con mucha rapidez cuya  exposición en turno trataba de los huicholes y la cual  tuve ganas de quedarme a admirarla con calma, pero el reloj marcaba que ya estaba justo de tiempo. El anden estaba repleto, al parecer no había pasado tren en quince minutos y la gente seguía llegando. Al cabo de otros cinco minutos llegó el tren y aunque mucha gente bajó, fue más la que subió. Cuando subí al vagón, ya no me pude mover. Me llegaban empujones y apretujones por todos lados y si para uno como hombre era incómodo, ahora más para una mujer recibiendo presiones corporales y llegues por todos lados. La cosa es que estaba  disfrutando de la  situación. El sentir el olor a rancio salido de un brazo levantado después de una ardua jornada laboral o de varios días de falta de aseo, o el perfume exagerado de una muchacha o el aliento alcohólico de un teporocho o mi aliento repitiendo al escamocha enchilosa que había ingerido hacía unos minutos. Además el calor acentuaba el aroma del vagón que se mezclaba con los olores de la gente que subía en las estaciones siguientes. Trataba de imitar el movimiento de los toreros cuidándome la espalda, aunque era otra región del cuerpo la que me estaba cuidando, pero todo era inútil, no me podía mover y mi cuerpo danzaba al ritmo de la multitud. Llegues por aquí, llegues por allá. Con razón existen tantos hombres amorosos de otros hombres  en Guadalajara!.  Pues me bajé como pude en la estación que me correspondía todo sudoroso y jadeante, con ganas de continuar dentro del vagón, preguntándome cómo es posible dejarse abatir por el tedio si la vida cotidiana presenta este tipo de aventuras citadinas que hacen que uno resople, se altere, sude, goce, ría, llore y se asuste,  haciendo que uno se sienta vivo.

Cautivas

 

Por Rocío Galicia*

Esta obra de teatro actualmente se encuentra en cartelera en el Teatro Helénico de la ciudad de México. Escrita por el dramaturgo chihuahuense Víctor Hugo Rascón Banda, a partir de la narración que la propia actriz Laura Zapata le hiciera del secuestro que sufrió hace 3 años. Extraña mancuerna sin duda fue la que llevaron a cabo Rascón Banda y la actriz Laura Zapata para la creación del texto.

Comienza la función y pienso, ¿por qué no percibo el estilo de Rascón? La acción no es contundente, el público está inquieto. Concluyo: “Debe ser que se dejó influir por la actriz”. Transcurren los minutos y de pronto emerge la maestría del dramaturgo en la escena de la “fiesta” que los secuestradores le hacen a sus víctimas. Un silencio sepulcral se hace en la sala, “huele a muerte”, de ahí en adelante la obra va a más y más. La máxima aspiración del teatro se cumple, el hecho de comunión o comunicación se logra. Actores y público conviven a nivel de almas. Lo que parecía una obra comercial dio un vuelco, apareció la fibra e inteligencia de un hombre al que le debemos tantas obras que han marcado la historia reciente del teatro mexicano: Víctor Hugo Rascón Banda. Simultáneamente Laura se deja tocar por su pasado, los otros actores metafóricamente se toman de las manos y juntos entran en la misma sintonía para construir ese entramado de miedo, muerte, desesperación y dolor intenso. Se suceden escenas que nos mantienen en vilo.

Todos en la sala conocimos por los medios de comunicación cómo fueron secuestradas Laura Zapata y Ernestina Sodi al salir de la función de Bernarda Alba, cómo intervino la AFI y finalmente supimos cómo fueron liberadas al entregar el rescate. Esa trama fue respetada, pero fue contada por el dramaturgo, director y actores con un compromiso tal, que lograron atrapar al público. En la narración escénica fue apareciendo información que nos involucra: se dirigían a cenar al Sanborn’s de Galerías, los secuestradores citan a quien pagará el rescate en San Ángel, en el encierro las hermanas escuchan que venden “40 naranjas por 10 pesos”, refieren que López Doriga está informando sobre el secuestro. Datos que denotan un presente y que a modo de una aspiradora nos arrojan al saco de la violencia y la inseguridad en que vivimos. Cualquiera del público está incluido en la historia, son los lugares por donde transitamos, es esta época de la que hablan, la mayoría sabemos, hemos padecido o padeceremos un secuestro.

Una coincidencia, yo vivo cerca de la casa de seguridad donde estuvieron encerradas. Al terminar la obra salgo tan impactada que decido ir a ver ese lugar, es de noche y hay 2 camionetas de la AFI custodiando la casa. Con algunos vecinos indago y me sorprendo, muchos sabían que algo raro ocurría ahí. Los habitantes tenían una casa imponente y parecía que no trabajaban. La gente sabe que varias casas de los alrededores, las mejores son de ellos. ¿La policía no lo sabe? Cautivas me llevó a ese lugar, ahora sé dónde vivo y también percibo el miedo de quienes moran cerca.

Teatro y entorno es el binomio que caracteriza a buena parte de la dramaturgia que surge en el norte de México y que a mí me impacta. Así, una de las líneas temáticas se centra en la presentación de los problemas que padece la población. Esto es lo que Víctor Hugo Rascón Banda retoma para plantear la experiencia de Laura Zapata. La historia se vuelve incluyente y por eso el público sale satisfecho del hecho escénico. En el Libro de comentarios que está en la salida, se observan felicitaciones, las cuales sobre todo subrayan la valentía de llevar a escena el tema. Ese público hará que otros acudan, pues en Cautivas se reúne la pertinencia del tema, la pericia de Víctor Hugo Rascón Banda, la entrega de Laura Zapata, la experiencia del director Enrique Pineda y del escenógrafo Arturo Nava, así como las excelentes actuaciones de: Verónica Lánger, Jaime Garza, Joaquín Cosío, Marco Bacuzzi y Guillermo Navarro. La obra conmueve por esa cercanía. Shakespeare y los personajes de su época nos siguen diciendo mucho, pero ¿quién hablará de lo que pasa en esta época? ¿Será esa una clave para resolver la falta de público en las salas?

*Rocío Galicia.

Centro Nacional de Investigación

Teatral “Rodolfo Usigli”

Chapulín

 
Carlos Sánchez
 

Truenan mis oídos como suena el cristal de la ampolleta.

El Toño me dice que no, que así no se hace. Que lo reviente y lo inhale todo. Al tercer intento lo logro. Inhalo. Huele al piso del mercado. Lo trago todo. No desperdicio ni un mínimo vaho de la ampolleta. El ácido penetra el cuerpo, el cerebro.

Lo primero que veo es la barda en movimiento, viene hacia a mí, intento detenerla pero mis manos son de chicle. No puedo dar paso, la tierra se hunde.

Soy un Chapulín. Trepo a las hojas de una piocha. La cerveza, ¿dónde quedó la cerveza?

Inexplicable se abre la historia de Marla, la veo venir caminando por encima de los alambres. De niña fue malabarista, me lo contó ella. Desde esta rama huelo su piel, la veo con el pelo sobre su ojo izquierdo. Trato de fugarme del recuerdo. Su voz me acosa.

La conocí en la plaza de Catedral, vendiendo nieves de garrafa. Le ayudaba a su padre. Me impresionaba verla conduciendo la motocarro donde cargaban las ollas de barro.

Llegó al quiosco con un cono en su mano. Me ofreció una nieve de limón, hacía sol. La miré hacia arriba mientras tomaba la nieve. La vi alejarse, no tuve qué decir.

Esa tarde regresé a casa como la mayoría de los días, con los bolsillos vacíos y un galón de leche para mis abuelos. La grasa de mis manos se iba por el lavadero, la cara de Marla continuaba en mis ojos.

Sigo siendo un Chapulín. Tiemblo. Si pudiera controlar el pensamiento, le ordenaría que no volviera más al pelo de ella sobre su ojo izquierdo.

Cuando la sorprendí arrojándole migajas a los pichones en la plaza,  no pudo ni intentó rechazar el té de guayaba que le obsequié. Lo bebió de un solo trago. Hacía sol.

En la discusión entre mis decisiones ganó la voz que dictaba valentía. Desapareció el pudor y le platiqué sobre mi oficio. No es vergonzante limpiar zapatos si de ganar para comer se trata, dije. Ni vender nieves de garrafa, contestó.

En eso de desnudarnos con palabras, nos dirigimos a la ante sala de catedral. Nos miramos u buen rato. Ella parpadeó primero, como debe ser.

Me aferro al tronco. El ruido en mis oídos se transforma en un zancudo dentro de un túnel. La cerveza no aparece.

El Toño me dice que baje, no lo escucho, leo sus labios. Le digo cola mirada que mis patas son estacas hundidas en la corteza de la piocha. Soy un Chapulín.

Que no deje de hablar el Toño, que no me abandone.

El pelo de Marla avanza hacia a mí. Un desfile de conos pasa por mi vista. De limón, pistache, mango. Cada uno tiene en su cúpula una mueca diferente. Todos me acosan. El desfile es interminable. Me rescata su ojo izquierdo, Marla parpadea.

No fue un error, porque lo planeamos. Marla giró el acelerador y nos voló la greña. Hicimos fiesta en la esquina del barrio. Qué niños tan felices fueron cuando formados cada uno recibió de Marla su cono de nieve.

Amanecimos bajo la lona de la motocarro. Me contó historias de su pueblo, supe entonces que en Oaxaca se inventó la nieve de garrafa. Sus bisabuelos le heredaron el oficio.

Si su padre no nos hubiera encontrado, Marla se habría quedado en el barrio para siempre.

Tenía la cintura chiquita, los ojos grandes, al menos así se le pusieron la primera vez que la abracé fuerte, sus uñas se quedaron prendidas a mi espalda  mientras le salía un grito. Me sudaba la frente.

Dejó de ir a la plaza de catedral. Su padre continúa vendiendo nieve. La motocarro tiene un nuevo color.

Regresa el Toño, me baña con un chorro fuerte. No me cree que soy un Chapulín. De su pantalón saca una ampolleta, me la enseña. Leo en sus labios que con el ácido de nuevo en mis narices, dejará de hundirse el suelo.

Aparecen las cervezas, las botellas están dentro de una cubeta que antes tuvo pintura amarilla.

Pintamos zapatillas a domicilio, fueron miles de pares de las secretarias de gobierno. Tengo el overol puesto. Estoy mojado. Dice el Toño que nunca fui un Chapulín.

Hace unos días el Toño y yo fuimos a comer tacos de almeja a un restaurante donde vende cerveza. Allí Marla atiende las mesas, lleva puesto un delantal rojo y una falda azul. El pelo le tapa el ojo izquierdo. Al sonreírle volteó la cara. No me recuerda. Tal vez no me vio. Porque sigo siendo un Chapulín. Aunque el Toño diga lo contrario.

Con M de Mozart, de mezcal y de mujer/ V

Eusebio ruvalcaba 


 

1) ¿Cómo duermes? ¿En qué posición: de ladito, con una almohada entre las piernas, boca abajo, boca arriba? ¿Quién eres cuando duermes: un puerco, un elefante, un perro? ¿Roncas, gruñes, gimes? ¿Sueñas que un batallón te hace suya, o que haces el amor con Marx, o con Hitler, o con tu padre? ¿O  tal vez que arropas a un huérfano o que te condueles de un perro atropellado o que torturas a un hombre bello como un violinista ruso?
2) El joven que no es arrogante no es joven. Beethoven mismo lo fue. Tocó la puerta de Mozart para que lo escuchara. En ese durante, Mozart estaba viviendo sus últimos tiempos, y Beethoven, recién llegado a Viena, quería que el gran Mozart lo escuchara. Pero en ese momento, El Divino se encontraba tocando el piano; cuando Beethoven lo escuchó exclamó: “Muy bien, pero yo lo puedo hacer mejor”.
3) El morbo, eso es lo que me une a ti. Lo había pensado mucho. ¿El amor? ¿El deseo? ¿La comprensión? Sí, seguramente los hay. Pero el morbo, eso en primer término. Por eso siempre quiero verte las piernas, levantarte la falda y tocarte y olerte. Y por eso me gusta que seas un objeto de  deseo descarnado y brutal. Y también por eso me enfurezco cuando te pones esa ropa larga, esos  pantalones o ese vestido cerrado hasta el cuello —y precisamente por eso casi rompo tu ropa interior cuando la huelo. Cómo quisiera que un amigo, el más querido, lo hiciera por mí.
4) Como siempre, se atraviesa la música. Estoy pensando en ti y Brahms se interpone. Tal vez sea que él te quiere amar, que él te desea. ¿Te irías con él? ¿Me dejarías tendido en la cama por él? Si no lo hicieras te despreciaría. Si él te quiere para sí que te posea. Yo también te dejaría por él.
5) Nada hay peor en una cantina que una mujer porque pone a competir a los varones. Una cantina es una selva donde todos los hombres saben con claridad qué clase de bestias son. Cada quien adivina en el que está sentado junto el tipo de alimaña que es. Así sobreviven las cantinas Así pasan días y días en un lugar de éstos. Hasta que entra una mujer. Entonces todo se trastorna. Aquellas bestias cambian de fisonomía. Ahora son hombres bonitos tratando de seducir a una hembra. Ahora unos compiten con otros para ver quién logra atraerla. Y aun esto fuera poco. Pero una mujer en una cantina comete el terrible pecado de distraer a un hombre. De obligarlo a retomar la conversación donde la había dejado. O a repetir lo que ya había dicho. Una mujer vuelve caballeros a los zafios, héroes a los cobardes e idiotas a los inteligentes. La única mujer cuya presencia se agradece en una cantina es la virgen que cuida el lugar. Allí está, en su altar, rodeada de flores que cada mañana le llevan los meseros, el cantinero, los borrachos que se acomiden. Todas las otras mujeres son malvenidas. Así ha sido siempre y así seguirá siendo. En tanto haya cantinas. O cualquier sitio donde los hombres ladren, maúllen —si son maricones—, rujan o barriten.
6) Se disimula perfectamente la mancha de la sangre. Le gustan a cualquier advenedizo que te espía
mientras subes la escalera o bajas del auto. Le van bien a cualquier falda, y, por si fuera poco, me gusta verte caminar con ellos cuando sales del baño sostenida apenas por un par de tacones también rojos —en los que tantas veces he bebido con mis amigos.
7) Un hombre acodado en la barra levanta el vaso y ordena una canción. La que sea, dice, me da igual. Sin manifestarlo, todos aprobamos la decisión del hombre. Porque todos estamos igual de secos, y tal vez una canción sea para el espíritu lo que un vaso de agua para el fatigado. Digo que estamos igual de secos y lo repito. Tan secos como esos insectos que de un periodicazo se quedan pegados en la pared. Como el pellejo de un gato muerto. Como esos amasijos de varas y hierba seca que ruedan al viento. Como cosas en las que nadie repara. Que nadie más ve. Cosas en las que alguna vez hubo vida.
8) Qué hermosa te veías anoche. Me diste gusto en todo que todo no es tanto y que lo mínimo es todo. Dulcemente rocé tus pezones y dulcemente sonreíste. Vi con qué delicia miraste a una mujer. Observaste su cintura desnuda, su espalda, sus piernas. Su tersísimo cutis. ¿Te gustan las mujeres?, te pregunté. Me gustan las espaldas, respondiste. Hablamos de Descartes, y leímos unas líneas de su prosa benéfica: aquella en que habla de los libros como amistad imperecedera. Pensamos entonces en Quevedo. Yo tenía mi mano en tu muslo: por encima de tus pantalones sentí hervir tu sexo. Y mi mano quedó impregnada de tu olor. Qué rico hueles, te dije “siempre me ha gustado mi olor”. Enseguida nos besamos. Parecíamos dos adolescentes tú casi lo eres— descubriendo el amor.
9) Nada más fácil que toparse con esa anforita abandonada a la mitad de la banqueta. Vacía, entre la mierda, entre el lodo, a punto de ser un estallido de cristales. Pero qué sabemos del hombre a quien perteneció. Con toda seguridad no es lo que la sociedad llama un hombre de éxito. ¿Qué habrá en su cabeza? ¿Venganza? ¿Dolor? ¿Derrota? Para mí, una anforita vacía abandonada en plena calle, arrojada a la banqueta desde un automóvil en marcha o por un hombre que camina apesadumbrado me dice más cosas del ser humano que un tratado de psicología. Esa anforita —en la que aún es posible apurar el tufo del ron— que clama por un hombre de verdad. ¿Quién habrá ultimado de esa anforita los últimos vestigios de vida? ¿Quién, con la actitud noble del caballero cirrótico le habrá vuelto a poner el tapón? ¿Sabe ese hombre que está contribuyendo a la armonía del mundo, como el sociópata que cierra la llave del agua luego de lavarse las manos o la boca? ¿Y quién la habrá arrojado al inclemente suelo? ¿Quién? Son preguntas sin respuesta posible, y que el último usuario de la delicada anforita no se habrá hecho jamás. La anforita no deja de ser un corazón palpitando a la mitad de la calle. Por más que queramos darle otro nombre. A la vista de todos. Aun de noche.
10) En las últimas páginas de Bajo el volcán, en aquella cantina donde prácticamente  El Cónsul es asesinado, alguien se le acerca y le dice: “¿Usted sabe que Mozart escribió la Biblia?”. Confieso que cuando lo leí se me erizó la piel. ¿Por qué Mozart?, me preguntaba yo. Porque además Lowry nunca antes lo había mencionado, aunque sí hay referencias a la música (en esa novela hay cantidad inusitada de referencias, pero no como alarde sino como un elemento que empuja la acción). Y más aún, cuando la situación en aquella cantina se torna altamente peligrosa, de pronto se aparece un violinista desdentado que toca su instrumento. Uno pensaría que el violinista representa a la muerte o, mejor todavía, al demonio que ha ascendido del inframundo por su ración de pan dulce.
eusebius1951@cablevision.net.mx

 

La hora del lobo


Federico Campbell



El caso Colosio





Los reyes no ordenan los
parricidios. Los permiten
tan sólo, de manera que
puedan ignorarlos.

—Jan Kott,
Apuntes sobre Shakespeare




Se a conmemorar otra vez la muerte de Colosio, esta
semana, a los doce años, tal vez para reanimar la
campaña de “Roberto” o más bien para cubrir el
expediente. Porque es una fecha. Y las fechas están
marcadas, allí, en el calendario.
  Sea como sea o haya sido el asesinato, durante
muchos años nada podrá saberse. Ésa es la
característica paradigmática del crimen político: que
no se sepa nunca quién arregló que se disparara contra
Kennedy, quién organizó que se descerrajara un tiro en
la espalda de Olof Palme, quién concibió y ordenó que
alguien accionara el gatillo contra Luis Donaldo
Colosio. Porque la verdad es que no tiene la menor
importancia establecer, en última instancia, la
identidad de quién fue el que jaló el gatillo.
  Hay una racionalidad en el asesinato político: por
qué se decide, qué efectos calculados tiene, de qué
manera opera como una inversión de capital político
que provoca toda una nueva composición de poder.
  Todo el mundo sabe que un muerto ya no cuenta. Ya no
cuenta y se olvida pronto. También se olvida rápido si
alguien se esmera en preservar su memoria, incluso
aquí en Magdalena. En el cementerio. En las escuelas.
De qué sirve recordarlo, que fue a ésta o aquélla
escuela, que fue muy amigo de Luis Enrique Woolfolk y
de Santiago Campbell o de… que a Colosio se le salió
lo sonorense y eso fue lo que lo perdió.
  El asesinato de nuestra época es una bagatela. A
nadie le importa: lo único que se tiene es un hombre
definitivamente cancelado. Lo que sujetaba se
distiende; lo que impedía, ya nada impide. Una
admirable economía de medios se pone en
funcionamiento, pues todo se realiza en unos cuantos
segundos. Se queman etapas. Una suerte de
centrifugacidad de la realidad empieza a esparcirse
entonces, como en oleadas, a partir del cadáver; un
círculo de tensión que a todos nos degrada, ensucia y
ofende, más a los espectadores que a los iterpósitos
asesinos.
  Han pasado los años y todo el mundo se va olvidando
del caso, por algo que parece muy propio de la
sociedad mexicana: que no integra la experiencia, que
no incorpora la memoria a su ser ni a la conciencia
(la matanza de Tlatelolco, los Halcones en 1971, la
masacre de Acteal). Lo que queda como remanente de la
historia —por lo que sea, por una corazonada— es que
la investigación no persuadió a nadie. Hay cinco tomos
de esa indagación criminológica de la PGR que no pudo
haber sido más exhaustiva: no escatima dudas, se pone
a averiguar todas las hipótesis, establece muy bien
quiénes eran los dos  muchachos muertos el día de los
hechos en un taller mecánico de los alrededores, se
desglosa hasta el último detalle la biografía de uno
de los miembros del Estado Mayor presidencial
encargado de la escolta, como si la abundancia de
datos —la superstición de que Dios está en los
detalles, como decía A. Warburg— abonara las
posibilidades de verosimilitud, para hacer más creíble
el conjunto. Con todo y eso, la sospecha se instauró
para siempre. La investigación de la fiscalía
especial, a cargo de un licenciado Domínguez o
Jiménez, a lo mejor resulta en el futuro, dentro de
muchos años, una estupenda, fanstástica y monumental
operación intelectual de encubrimiento, sobre todo si
se hacen análisis de contenido y de forma (las frases,
los énfasis, los subrayados) y se buscan y encuentran
las omisiones significativas.
  Lo que a Ricardo Gibert más lo dejó perplejo del
atentado fue la circunstancia de la protección. Nos
vimos una vez en un restaurant de San Diego, en el
Fish Market de la bahía. Yo hacía mucho tiempo que no
veía al Yuca y, como él había trabajado en la PGR y
como subcomandante de la policía judicial del Estado
en Tijuana años atrás, tenía ganas de preguntarle cómo
había estado la cosa.
  —Yo siempre me coordiné con los del Estado Mayor
Presidencial cuando venía de gira el Presidente. Es
algo de rutina que en todas partes hacen las policías
del Estado y las municipales; colaboran con los
cuerpos de seguridad. Lo hice docenas de veces. Y me
di cuenta del rigor, la disciplina, la preparación
técnica y militar de lo que es una escolta. Es un
grupo entrenado, no te imaginas, como la escolta de la
guerrilla colombiana, de Al Fatah o de un gobernnante
israelita. Tienen el mismo nivel —me dijo el Yuca, mi
amigo de la secundaria en Tijuana— y nadie, óyelo
bien, nadie, absolutamente nadie les puede romper el
cerco de la escolta. Nadie. Ni una mosca.
  Si las creencias no se discuten es porque tienen que
ver más con el corazón que con la razón. Hay cosas que
no le constan a nadie pero que se sienten. Y así aquí
en Magdalena como en todo el país siempre se ha sabido
quién fue el “autor intelectual” o el instigador o el
“mandante”, como dicen en Sicilia. Se sabe pero no se
puede probar técnicamente. Llama mucho la atención que
personas adultas, funcionarios públicos incluidos,
gente que se atiene al sentido común, señores muy
respetables y sensatos pero que se expresan con la
libertad que sólo da el café o la confidencia en
corto, no tengan la menor de duda de quién fue el que
dio la orden fatal. Hay como un consenso.
  ¿Y qué es eso de que se le salió lo sonorense? Pues
eso, la estirpe: si quieren que renuncie métanse en un
lío. Mátenme. A mí no me van a dejar ir por el mundo
con el san benito de ése fue el pendejo al que le
dijeron que iba a ser Presidente y luego le dieron una
patada en el culo.

Con M de Mozart, de mezcal y de mujer/ IV

Eusebio Ruvalcaba
 1) Por supuesto que me da envidia Lowry. Él, que bebió más que ninguno (el único que se le pone al tiro, digno rival, es Silvestre Revueltas), tenía el hígado de un adolescente cuando murió. Él mío no sirve ni para tacos de hígado encebollado. “Treinta y cinco mezcales en Cuautla”, poema absoluto de Lowry, dice: “Este tictac es el más terrible de todos. Escuchas el sonido del que hablo en barcos y trenes, lo escuchas en todas partes, pues es una condena; es el tictac de la muerte real, no del tiempo; la termita en el podrido maderamen del mundo. Y es la muerte para uno, aunque uno no conozca bien el silencioso tictac del corazón menguando contra el reloj, su palpitar ubicuo y aún más lento, pero que todavía no es el tictac, el tictac de la muerte real, sólo el tictac del tiempo —solamente el son del corazón cuando la alarma del cuerpo rompe a repiquetear aterrada. Vibra el refrigerador en la cantina, afuera, en la calle, la estación rezuma actividad. ¿Qué puede uno decir cortésmente de un teniente vulgar, que oculta una mano ensangrentada, y en ella un cigarrillo, sino que bloquea un rectángulo de endeble luz solar en el que jirones de libertad restallan en el viento y el relámpago hinca palas azules contra el carbón? El trueno azota las montañas góticas, ¿pero por qué uno debe oír, oír y no conocer esta tormenta, verla solamente por debajo de la puerta, visible en sinécdoques de ruedas y un agua parda que satura el arroyo? ¿En estrías como si unas zarpas desgarraran el agua? Las ruedas rompen la estela bajo la celosía. El teniente se mueve, pero la puerta se abre a… ¿Y qué hay de toda esa vida afuera, que no has visto, que soslayas, y excluyes o de la que has huido por plantarte en un desolado bar? No es necesario hablar, conserva un último equívoco; tal vez la muerte real está dentro, no dejes que escape. ¿La llevó el teniente al cuarto trasero? Las escupideras puestas de cabeza pueden indicarlo así, también el vaso. La muchacha vuelve a llenarlo, sirve un vaso de muerte, y si esa muerte está en ella está aquí en mí. En el calendario ilustrado que mira hacia el futuro, los dos renos combaten a muerte, mientras el hombre, el tictac de la muerte real, no el tictac del tiempo, al oír, arroja su canoa a una luna, que se ha elevado para traernos la locura paulatinamente”.
2) Malcolm Lowry tiene un poema que se intitula “Piedras heridas”. Le pido prestado el título para escribir lo siguiente: “
Antes que de palabras y preposiciones, los hombres estamos hechos de huesos y vísceras. Recordamos a nuestro padre y las lágrimas sobrevienen. Antes de reflexionar que aquel desencantado viejo fue nuestro padre. Pocos, escasísimos poetas resisten la prueba de fuego de ser leídos durante  una cruda mortal. Ordena uno su trago, se abre el libro donde caiga, o, si se trata de un libro conocido, se lo abre en uno de los poemas favoritos, justo ahí donde está el separador o el subrayado verde. Y de pronto aquel poeta se reblandece. Se va haciendo agua hasta que gota a gota va a dar al  suelo. Naturalmente que nadie somete la poesía a estas pruebas. La poesía es sublime. Tan grande,  tan solemne, tan importante, que no es para leerse en una cantina donde todo es vulgar, procaz, inhóspito. La poesía debe leerse en las aulas universitarias, las alcobas cuando han sido prolijamente  aseadas. O también en el avión o, a lo más, en el café. La feroz cruda todo lo echa a perder. Pero también ayuda. Esto es extraño. ¿Cómo va a ayudar una cruda? Simplemente coloca al lector en el  umbral de la muerte. Algo que un abstemio nunca podrá sentir. Entonces se lee sin complacencias. Porque no hay atrás de ese acto de leer un afán que vaya más allá del acto de leer. Nadie se preocupa por someter la poesía a un análisis riguroso. Sencillamente se trata de no quedarse dormido, de que la poesía te dé una mano, te ayude a entender que estás vivo, de que entre poesía y cruda sacudan tu  espíritu, levanten tu mano y te permitan ordenar la siguiente. La cruda no se deja sobornar —la poesía sí. No admite concesiones. Nada de quedarse con la superficie del lenguaje, por más apacible y  sugestivo que parezca. De algún modo la cruda te obliga a ser honesto. Los crudos nunca dicen cosas importantes, pero sí profundas. De dos centímetros de profundidad. Cosas hechas de jirones de vida,  resabios de una existencia que está por irse. Los crudos se sienten miserables. Los persigue una  angustia que no los deja ni marcar el teléfono. Sudan todo el tiempo. Las manos les tiemblan, y lloran a la menor provocación. Creen que el mundo se va a acabar a la vuelta de la esquina. Por eso  desconfían de todo. Porque no saben dónde se va a producir el primer golpe. Y, acaso por eso,  aquilatan como nadie la dulzura y la comprensión. Aunque sea unas cuantas gotas. Porque si no les entra la desconfianza. Leer en una cantina aísla más al individuo. Lo pone más en contacto con su  mundo interior. Una cantina no es una biblioteca. Y digo que aísla más al individuo porque es él y el  libro. Afuera el mundo bulle. En forma de violencia o de arte, de desplomes financieros o de encuentros amorosos, afuera nadie se detiene a pensar en ese lector encontrándose con la poesía. Un  encuentro intrascendente. Aquí no hay suplementos ni canales culturales para tomar nota. Nadie le  pide una entrevista a un crudo para saber cuáles son sus libros de cabecera. Nadie se acerca a un  crudo para mirarle los ojos mientras lee. Para captar en su mirada esa chispa de misericordia divina, de que aún le está permitido leer ese poema. El crudo no tiene más elementos para gustar de un  poema de los que tiene un niño. Ambos sienten en carne propia el misterio de la poesía. Ambos levitan cuando escuchan o leen ese poema. Tal vez por eso un crudo lee un poema como si fuera el  último. Porque está harto de palabras. Quiere hechos. Quiere sentir. Quiere que el poema le haga  sentir cosas. Sentir alivio o conmiseración. Si ya siente sobre sí toda la podredumbre humana, es justo que el poema le retribuya piedad. Una cruda reduce a un hombre a su condición verdadera: la de un  insecto. Un bicho que puede ser aplastado de un pisotón. A su lado, todo es grandioso y vale la pena  de ser enaltecido y ponderado. Un crudo sabe que una brizna de hierba tiene más importancia que la  que él podrá cosechar algún día. Un crudo lo sabe y no opone resistencia. Por eso lee con fruición. Porque el poema no le exige cuentas. Lo acepta como es. Sin reparos. Menos que una brizna de  hierba”.
3) Bebo un mezcal más, escucho la Sinfonía concertante para violín y viola de Mozart y evoco a una mujer de la que estuve clavado hace tantos años como mezcales se bebió Malcolm. ¿Qué habrá sido de su vida? ¿Valdría la pena averiguarlo?

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