Blogia

La cábula

Del cuatro y medio

Carlos Sánchez 

 

Tiene los ojos llenos. La primera vez que su padre lo miró en su boca tenía llanto.

El Peque apenas cumplió los nueve y sabe muchas cosas más de las que a su edad debiera. Sobre todo el tema de violencia con el que lidia todos los días.

El Peque aguanta mucho, dicen sus tíos quienes lo patean como si practicaran un deporte.

Hace tres años llegó a vivir con sus abuelos paternos. Lo trajeron de Mexicali, dentro de una maleta negra. Se vino de trampa con la Vero, porque ella apenas acabaló para su pasaje.

Así se lo cuenta ahora su abuelo el Güero, el que ya le quemó las manos y lo amarró de una pierna a una pata de la mesa, porque no hace caso el cabrón.

El Peque pasa la mayor parte del tiempo colgado del cuello del Maiquin, el perro. Hace unos días su abuela (que a decir del nieto es la única que le da amor, y lo recita como poema bien aprendido), le quitó una garrapata que ya marchaba hacia adentro de su nariz.

Dicen que cuando nació lo llevaban al hospital dentro del vientre de su madre sentada en la barra de una bicicleta. No llegaron a la sala de urgencias. Su padre al mirarlo llorar sobre el asfalto, retornó a los pedales y dejó a su esposa e hijo a la buena de Dios.

Pero a los días hubo bautizo, cerveza y música. La impresión que sus ojos le causaron a su padre aminoró con el paso del tiempo, dicen que en una ocasión le besó la frente. Después de eso ya no lo volvió a ver.

Cuenta la abuela que su hijo el papá del Peque está en la cárcel, de quien fuera su nuera nada ni nadie sabe.

Esta mañana el abuelo miró al morrito trepado en el lomo del Maiquin, de las orejas lo guiaba hacia el techo del lavadero, después lo vio viendo al animal con sus ojos llenos. Al Güero le divierte la inocencia y la perversidad. Un palo entraba en el culo del perro, el Peque lo hundía.

Encendido en su pecho tiene una bomba de emoción. No puede decir que no da crédito, porque cree al Peque capaz de eso y más. Lo ha visto también picándole el culo a su abuela, y luego emprender carreras desenfrenadas para no ser sometido al castigo.

Gritos desaforados vienen después desde la garganta del niño. Pero el Peque aguanta mucho, dicen sus amiguitos, cuando le observan los dedos coleccionando tropezones. 

Hubo un tiempo en que al taste del barrio  llegó un cine de húngaros. El Peque miró todas las películas que proyectaron. Por debajo de la carpa se introducía a la hora de las funciones. Le gustaba mirar su cabeza reflejada en la pantalla, por eso se paraba  hasta atrás, donde la luz del proyector le iluminara.

En la última película que proyectaron ese domingo de palomitas gratis en la compra de dos boletos, las arañas hicieron de las suyas, de las anteriores donde las momias estuvieron tremendas, ni qué decir. Al Peque se le clavaron hondo las imágenes.

Vino entonces lo del bote aquél donde metió toda clase de insectos. También la tarde de las vendas envueltas en su rostro.

Hace unos días a la casa del Peque llegaron policías. Dejaron un citatorio para que se presente en la comandancia municipal un niño vecino del barrio que lleva una cicatriz en su mejilla izquierda, que usa el pelo largo, que le faltan los dos dientes frontales superiores, y que según los vecinos siempre anda vestido con un pantalón rojo y una camisa verde, al cual, le apodan el Peque. 

Hace también unos días que al Peque no se le ve jugar, ni en el lavadero de su casa, ni en la calle, ni fuera de la escuela, de la que desertó desde el primer ciclo.

Los policías parecen tener urgencia por encontrarlo, porque diario visitan su casa.

Las autoridades han pegado carteles en el barrio, la ciudad, incluso en la radio y televisión se solicita información sobre el paradero del Peque.

El niño no ha vuelto. Los sábados por la tarde, al regresar de la obra, su abuelo el Güero cuenta como anécdota los alcances del Peque, figúrate que el cabrón le dio fuego al Maiquin. Y mejor ni cuento lo del jacal aquél que quemó.

La abuela mientras echa la masa al comal, conversa con sus vecinas. Mi hijo está por salir de la cárcel, a la mamá del Peque dicen que la mataron en un tiradero de Mexicali.

Los carteles siguen en los postes del barrio, y la ciudad. Al Peque nadie lo ha visto, los abuelos continúan contando anécdotas y de su paradero dicen no saber nada.

La última vez que lo vieron, fue la noche aquélla cuando tiró de la lámpara de petróleo en el puesto de doña Brígida. Lo habían mandado por ocho huevos, dos bolsas de café y un litro de leche. La dueña de la tienda le dijo que ni un chicle más fiado a sus abuelos, porque no pagan los tracaleros.

Todos vieron las llamaradas, y escucharon el ruido de la bombera, pero de doña Brígida y su vida, sólo pudieron rescatar el rebozo a medio quemar.

En uno de esos sábados de cervecear, su abuelo el Güero ha dicho que al Peque nadie lo volverá a ver. Y aunque nadie me crea. Sólo yo sé lo que digo.

********

Estaba a punto de cumplir los diez cuando el Peque dio el estirón. Una noche en la que el Güero le hizo un guiño al placer bravero, y el sillón del patio trasero prestó sus resortes para que le hiciera a su doña lo que ni Dios perdona, el Peque lo encaró con rabia. El Güero sostenía sus pantalones y el Peque un pedazo de metal. La abuela entró a su casa y fue entonces que el Peque aprovechó para cobrar las facturas pendientes con su abuelo.

El metal permaneció estático, las palabras del chamaco fueron un reclamo constante. Al Güero le palideció el rostro.

Necesitaba el abuelo dormir una noche completa, su nieto se lo impedía, su autoridad desapareció en menos tiempo de lo que él pensaba. Los abusos estaban rebasados. Al Peque ni los tíos podían ya levantarle la mirada.

Se hizo costumbre el retrato hablado del Peque en los carteles pendiendo de los postes del barrio, la ciudad. Los spot en radio, televisión, murieron a mano del tiempo.

La abuela repite lo mismo ante sus amigas a la hora de poner la masa en el comal. El Güero continúa el cuento de que nadie jamás volverá a ver al Peque. Yo sé porque lo digo.

En uno de los sábados de cerveza al abuelo le dio por desprender los carteles del barrio. Le molestaba ver el dibujo de su nieto. Los cartones que logró tumbar los metió en la letrina. Allí es donde debes estar, donde te quedarás para siempre. Nadie sabrá más de ti. Ya podré dormir.

La mirada del abuelo cae sobre unos tenis del cuatro y medio sin cordones, que fueron del Peque. Un trago de cerveza le arrebata una lágrima. Toma los tenis y regresa a la letrina. Ya estarás completo, dice.

En el comal se cuecen las tortillas.

Poemas inéditos

Poemas inéditos

Piedras heridas*
Para Vicente Quirarte
Antes que de palabras y preposiciones,
los hombres estamos hechos de huesos
y vísceras. Recordamos a nuestro padre
y las lágrimas sobrevienen. Antes
de reflexionar que aquel desencantado viejo
fue nuestro padre.
Pocos, escasísimos poetas resisten la prueba
de fuego de ser leídos durante una cruda mortal.
Ordena uno su trago,
se abre el libro donde caiga,
o, si se trata de un libro conocido,
se lo abre en uno de los poemas favoritos,
justo ahí donde está el separador o el subrayado
verde. Y de pronto aquel poeta se reblandece.
Se va haciendo agua hasta que gota a gota va a dar
al suelo.
Naturalmente que nadie somete la poesía a estas
pruebas. La poesía es sublime.
Tan grande, tan solemne, tan importante,
que no es para leerse en una cantina
donde todo es vulgar, procaz, inhóspito. La poesía
debe leerse en las aulas universitarias,
las alcobas cuando han sido prolijamente aseadas.
O también en el avión
o, a lo más, en el café. La feroz cruda todo lo echa
a perder. Pero también ayuda. Esto es extraño.
¿Cómo va a ayudar una cruda? Simplemente
coloca al lector en el umbral de la muerte.
Algo que un abstemio nunca podrá sentir.
Entonces se lee sin complacencias.
Porque no hay atrás de ese acto de leer un afán
que vaya más allá del acto de leer.
Nadie se preocupa por someter
la poesía a un análisis riguroso.
Sencillamente se trata
de no quedarse dormido, de que la poesía
te dé una mano,
te ayude a entender que estás vivo,
de que entre poesía y cruda
sacudan tu espíritu,
levanten tu mano y te permitan
ordenar la siguiente.
La cruda no se deja sobornar —la poesía sí.
No admite concesiones.
Nada de quedarse
con la superficie del lenguaje,
por más apacible y sugestivo que parezca.
De algún modo la cruda te obliga a ser honesto.
Los crudos nunca dicen cosas importantes,
pero sí profundas. De dos centímetros
de profundidad. Cosas hechas de jirones
de vida, resabios de una existencia
que está por irse. Los crudos se sienten miserables.
Los persigue una angustia que no los deja
ni marcar el teléfono. Sudan
todo el tiempo.
Las manos les tiemblan, y lloran a la menor
provocación. Creen que el mundo se va a acabar
a la vuelta de la esquina. Por eso desconfían de todo.
Porque no saben
dónde se va a producir
el primer golpe. Y, acaso por eso, aquilatan como
nadie la dulzura
y la comprensión. Aunque sea unas cuantas gotas.
Porque si no les entra la desconfianza.
Leer en una cantina aísla más al individuo.
Lo pone más en contacto con su mundo interior.
Una cantina no es una biblioteca. Y digo que aísla
más al individuo porque es él y el libro.
Afuera el mundo bulle. En forma de violencia o de
arte, de desplomes
financieros o de encuentros amorosos,
afuera nadie se detiene a pensar
en ese lector encontrándose con la poesía.
Un encuentro intrascendente.
Aquí no hay suplementos ni canales
culturales para tomar nota.
Nadie le pide una entrevista
a un crudo
para saber cuáles son sus libros de cabecera.
Nadie se acerca a un crudo para mirarle los ojos
mientras lee. Para captar en su mirada
esa chispa de misericordia divina,
de que aún le está permitido leer ese poema.
El crudo no tiene más elementos para gustar
de un poema de los que tiene un niño.
Ambos sienten en carne propia el misterio
de la poesía. Ambos levitan cuando escuchan
o leen ese poema.
Tal vez por eso un crudo lee un poema como si
fuera el último.
Porque está harto de palabras.
Quiere hechos. Quiere sentir.
Quiere que el poema le haga sentir cosas.
Sentir alivio o conmiseración. Si ya siente
sobre sí toda la podredumbre humana,
es justo que el poema le retribuya piedad.
Una cruda reduce a un hombre a su condición
verdadera: la de un insecto.
Un bicho que puede ser aplastado
de un pisotón. A su lado, todo es grandioso y
vale la pena de ser enaltecido y ponderado.
Un crudo sabe que una brizna de hierba
tiene más importancia que la que él podrá
cosechar algún día. Un crudo lo sabe y no opone
resistencia. Por eso lee con fruición.
Porque el poema no le exige cuentas.
Lo acepta como es. Sin reparos.
Menos que una brizna de hierba.
 
 
Vigilia en las rocas
Para Pita Cortés
No sé cuánto me quedé dormido.
Supongo que cinco minutos,
quizá siete.
Todo desapareció alrededor.
De ser un murmullo
las voces fueron apagándose
hasta entretejer una canción de cuna.
Como la que cantaba mi madre
cuando me dormía.
Abro los ojos y mi copa está ahí,
delante de mí,
como un ángel de la guarda
que me diera la bienvenida.
Como mi madre cuando me despertaba
para llevarme a la escuela.
No creo que un hombre pueda pedir
más.
 
Historia de un camino sin fin ni principio
Para Sergio Monsalvo
Cómo quisiera haber sido buen poeta
y corromper todo a mi alrededor.
¿Tendré que pasarme el resto de mi existencia
pergeñando una línea tras otra,
sin que nadie diga ese tal Eusebio está loco
si eso que escribe es poesía yo soy Jesucristo?
Carajo, ¿no puedo escribir no digamos un poema
sino una puta línea, una sola, que leas y digas
cabrón, este pinche Eusebio está grueso?
¿De veras será tan difícil seducir a una mujer,
no servirá también para eso la poesía,
que una mujer lea el poema y que diga diablos,
Eusebio, yo quiero contigo, carajo, eres un dios
y yo quiero hacer el amor con un dios?
¿O qué no habrá modo de hacer del poema un estallido
continuo, que trastorne todo a su alrededor
que justo ahí donde parece que la vida está inmóvil
llegue el poema y pudra todo; pregunto, no se podrá
hacer eso, de veras no se podrá, o uno se imagina
los obstáculos porque tiene miedo, porque en el fondo
es imposible violentar las formas?
Quién sabe, tanta pregunta a mí no me concierne.
Me imagino que habitualmente los poetas
no se hacen tantas y tan estúpidas preguntas.
Simplemente se han de sentar a escribir y ya.
Que nadie se pregunte nada. Mejor. Que se domine
y se amanse a esa perra rabiosa que es la sintaxis.
Y listo. La poesía no cambia nada ni es nada ni trastorna
un carajo. Esto es un hecho. Y es lo único que importa.
 
Ten piedad y misericordia de nosotros
Para Moisés Zurita
Me gustaría compartir este trago
con alguien.
Pero todos los que están aquí,
esta noche,
tienen la mirada como yo.
Que apunta al suelo.
No hay honestidad posible.
Una palabra que pueda servir
de comprensión.
De misericordia.
Una sola jodida palabra que pueda sonar
a honestidad.
Que salve a alguien.
Cualquier cosa es mentira.
Esta noche.
No sé el día de mañana.
Esta noche el mundo está concentrado aquí.
Hoy.
Cinco mesas.
Ocupadas por hombres que vienen del
trabajo
y van rumbo a su casa.
Hombres que se detienen unos segundos.
Para beberse un trago.
Un trago para enfrentarse a su mujer.
A los gritos de los hijos.
A las quejas de todos los días.
Hombres de la misma pasta que el lodo.
 
 
*Este título corresponde a un poema de Malcolm Lowry. En otras palabras, este poema es un homenaje a Malcolm Lowry.
 
 
 
eusebio ruvalcaba

Aquel cuyos ojos se colman de lágrimas


 Para Ignacio Flores Calvillo
Eusebio Ruvalcaba

Es simpático, agradable, e invariablemente dan ganas de invitarlo a las reuniones. Su más o menos fino sentido del humor se manifiesta a la primera oportunidad. Por ejemplo, alguien cuenta un chiste o menciona alguna anécdota graciosa de algún personaje público, y entonces él ríe a carcajadas. Su risa contagia. En el acto las mujeres reparan en él. Algo tiene diferente, quizás es más distinguido, o ha corrido más mundo. Pero la vida la tiene en un puño. Piensan.

Acepta la primera copa. Su garganta no reconoce preferencias. Le da lo mismo si le ofrecen vino, tequila, ron o whisky. Apura el contenido y pide la segunda. Para enseguida consumir la tercera. Se ha agudizado su inteligencia, su sensibilidad ahora es más fina. Comenta con certeza y gracia algún acontecimiento próximo, la última película que ha visto o el descubrimiento de algunas ruinas. Utiliza el sarcasmo con maestría. No es excesivo en sus apreciaciones. Más de un hombre lo escucha con interés. La verdad, con dos copas y media es mucho más interesante. Deja que los demás charlen, que la conversación tome el rumbo dictado por el azar. Porque respeta el azar. Piensa que la mitad de la vida de los hombres la construye la suerte, justo aquello que no está en las manos de nadie. Escucha en la misma medida.

Es prudente. Siempre ha sido de esa idea: el respeto que cada quien se merece ha sido su impronta, la única huella que le gusta dejar. Sugiere que alguien suba un poco el volumen del CD. No es común la música que está escuchando. Leonard Cohen, lee en la carátula del compacto. Se pregunta entonces, o mejor que eso, hace la pregunta al aire: ¿Cómo es posible, dice, que sea posible componer música tan bella? ¿Qué acaso este señor Cohen es un ángel, un enviado de Dios o algo así? Alguien explíqueme, por favor.

La gente alrededor ríe. Realmente es un hombre singular. Un hombre que extiende su brazo y que alguien lo anima para servirse más. Ahora bebe con mayor prontitud. Atrae la atención. Se deja caer hacia atrás en su asiento. Se concentra en la melodía. Quienes lo rodean esperan el siguiente comentario. Algo que apuntale lo ya dicho, que lo refuerce. Pero él bebe. Se limita a beber. Siente sobre sí el peso de las miradas. Seguramente ha hablado más de la cuenta, pero ya es demasiado tarde. Recorre con esos ojos suyos hermosos y traviesos los rostros de las personas que lo rodean. No hay pistas. Ignora a qué nombres correspondan esas caras herméticas, algunas brillantes por el calor que sofoca la sala, otras rojas por el vino que ha comenzado a provocar estragos. Fue presentado, cierto, pero su nerviosismo le impidió detenerse en los nombres de cada quien. E ignora asimismo el oficio de los que están ahí. Simplemente se le invitó, accedió a ir y está ahí.

Una nueva música permea la reunión. Es el soundtrack de Philadelphia. Vio la película y las escenas se repiten en su cabeza. Una por una, las secuencias que lo cautivaron se reproducen con precisión sorprendente. Mientras su memoria trabaja se hace preguntas sobre el dolor, sobre la vida, sobre el fracaso. Bruce Springsteen, Peter Gabriel, Neil Young parecieran tener la respuesta a las preguntas cuyo fondo es negro, como un boquete en el corazón.

Se pone de pie y se dirige a la pequeña barra que, a modo de cantina, contiene las bebidas para la noche. Localiza lo que ha estado bebiendo y llena su vaso. Lo levanta y lo mira atentamente a trasluz. Los brillos parecen provenir de un sol pequeñito que flotara en la bebida. Da un sorbo. Siente cómo el sol resbala por su garganta. Le hace una sonrisa a nadie y regresa a su lugar. Esta vez la charla se ha dispersado y todos platican con todos. Capta palabras en desorden: crisis, rines de magnesio, concierto, láser... No se atreve a intervenir en ninguna conversación. Pero bebe. Escucha la música de los hielos que chocan entre sí y agita aún más el vaso. Le acercan el plato de las botanas y se sirve una buena dotación de papas fritas con guacamole. Él mismo se pone de pie y lleva la charola hasta una pareja que parece estar ausente. Sin mayores preámbulos les ofrece el contenido. Ellos -él y ella- lo miran con cierta curiosidad y aceptan la cortesía. Ella le sonríe con especial intención, como si apreciara doblemente la deferencia.

Regresa a su lugar pero ha sido ocupado por otro. Eso lo sobrecoge mas no le da mayor importancia. Se recarga en una pared. Ahí se está mejor. Desde ese sitio privilegiado puede, a sus anchas, contemplar a los invitados. Es evidente que nadie repara en él. Le gusta sentirse así: como un invitado más y ya. De hecho, teme encontrarse con la mirada del anfitrión. Es mejor evitarlo. Así no se le ocurrirá llevarlo con nadie. Fue presentado al llegar y eso es suficiente. Ahí debe terminar la cortesía, se dice con firmeza.

Una copa más. Vierte el contenido hasta la boca del vaso. La bebida está a punto de derramarse, pero camina muy derecho. Piensa que acaso alguien lo observe. Piensa que es tan fácil hacer el ridículo. Su mano es fuerte. Su brazo es fuerte. Ese vaso nunca se la caería. Así sobreviniera un terremoto.

Algo ha ocurrido, pero nadie, salvo él, se ha percatado. Por distracción o a propósito, alguien oprimió el botón de repeat 1 en el track nueve. Neil Young se repite una vez tras otra. La bellísima voz masculina penetra en su alma como si escuchara la voz de su madre llamándolo a comer. Viene a su cabeza una vez más la ocasión que vio Philadelphia. Fue solo al cine. Compro una micropizza de salami y un refresco de lata para la función. La impresión que le provocó la película fue tan impactante, que al final se dio cuenta de que apenas se había llevado el refresco a la boca.

De pronto su lugar original se desocupa y regresa hasta él. Se trata de un sillón antiguo, que no tiene nada que ver con el resto de la sala. Su tapiz es de terciopelo verde y hasta para el observador más distraído es claro que los mejores tiempos de ese mueble hace mucho que han pasado. De un par de sorbos bebe la mitad del vaso. Ha empinado el recipiente con tal denuedo que unas cuantas gotas fueron a parar a su camisa. Quita las gotas con los dedos. Su primera intención fue sacar el pañuelo pero se arrepintió en el instante. A quién le importa un detalle tan superficial, se dice. Y en seguida apura el resto.

-¿Te sirvo otra? ¿Es whisky, verdad?

Hace mucho que una cumbia ha suplido a Neil Young. No más, cuando menos por el momento, el soundtrack. Ni siquiera lo había advertido, hasta que la voz femenina lo sacó de sus cavilaciones. Es una voz que reúne todas las voces. Así lo piensa. Ve a la mujer y tienen que pasar dos segundos para que la recuerde: es la chica a la que le ofreció la botana. La que estaba con su pareja.

-Sí, gracias, muy amable -responde. Y le da el vaso. Es respetuoso. Y es educado. Le parece inadmisible la vulgaridad. En su familia aprendió a dar las gracias y pedir las cosas por favor. Así fue educado. Ve alejarse a la chica. Es hermosa; aunque, lo demuestra con un arqueo de cejas, todas las mujeres son hermosas cuando son atentas. Busca entonces al novio. Está allá, platicando con el anfitrión. Todavía más le agradece el gesto a la mujer. Que se haya fijado en él para corresponderle lo asombra. Se siente abrumado. Que alguien repare en él lo abruma. Por un gesto aún más trivial, sería capaz de dar la vida. Quizás por un elote, reflexiona y una gran carcajada está a punto de rubricar su pensamiento. Pero algo le impide reírse como acostumbra: las lágrimas, que de pronto colman su rostro. No se las explica.

Domingo

 

Carlos Sánchez

 

Se apaga la luz. En mi mente hay un chirriar de llantas. Lo único que recuerdo es que estaba pidiendo una rolita para la morra de la mesa de enfrente.

Miré también unas tijeras de jardinero podándome la cabeza. Te vamos a suturar, dijo la enfermera. Es lo último que escuché.

El Tony me cuenta que no paré de bailar. Tiraste el saco, te soltaste los tirantes, girabas como churumbela en medio de la pista. Eso es lo que me dice el Tony cada tarde que viene a visitarme. Siempre repite lo mismo.

Ahora soy un pulpo, y me salen tripas por todo el cuerpo. Una burbuja incesante se remueve dentro de una botella de vidrio. Es un líquido en agonía. El que me hace vivir.

La primera herida me la hice cuando tenía seis años de edad. Los rayos de una bicicleta me arrancaron un pedazo de cuero del tobillo derecho cuando regresaba de llevarle lonche al amante de mi madre.

Lloré toda la tarde, sobre todo porque me treparon en una ambulancia. El socorrista me limpió con un estropajo, me echó mertiolate y me puso una venda. Luego vino lo del tropezón aquél que me dejó sin tres dedos del pie izquierdo.

Tres semanas duré con el pie colgando de un mecate sostenido de la viga del cuarto de mi abuela. Ella me traía atole de péchitas y me untaba fomentos de batamote. Así te aliviarás pronto, chamaco, decía con parsimonia.

Esta mañana vino la enfermera, movió mis brazos, que pronto empezaré a sentirlos, dice. Que mi ojo izquierdo recuperará en breve la luz, me ha prometido.

Veo el yeso blanco espeso sobre mi pierna derecha, lo único que me viene a la mente es el balón rompiendo el ángulo de la portería del campo de la preparatoria. Me subieron todos en hombros, a nadie se lo he dicho pero fue la primera vez que perdí la conciencia. Un güey que gritaba campeones, campeones, cerca de mis oídos, aplastó con su voz el switch de mi mente. Fue un segundo, tal vez menos. Ese domingo corrimos en derredor del campo con el trofeo encima de nosotros. Después cerramos la calle del barrio y se encendieron las bocinas, y el asador, y las morritas bailando también se prendieron.

Tenía el poder de la mirada. La más chula de ellas llegó ese domingo hasta donde estaba yo, a un lado del barril. Sin decir nada me tomó de la mano y me llevó al medio de la calle, allí mis brazos se pusieron en su cintura y los de ella se colgaron en mi cuello. Bailamos algunas rolas, después nos perdimos entre la tarde que caía. Para esa hora ya la resequedad me hostigaba. Con un beso se te mojará la garganta, me dijo.

Tenía la facilidad de observar y elegir. De tocar y decidir.

Una manguera sale de mi vientre, es la imagen eterna de la piola que detenía la piñata de mis cuatro años. Sobre la televisión está la foto de ese día. Es la única que me tomaron con mis padres juntos.

Rompía el barro siempre que me paraban frente a una estrella. Todos los niños sabían que se había acabado la fiesta cuando la organizadora me vendaba los ojos. Yo adivinaba el movimiento de la cuerda guiando la piñata. Desde esos días supe que podía ver sin los ojos. Sentir es más fácil para acertar el madrazo.

El Tony en su visita de ayer ha dicho algo nuevo: que la última morrita con la que bailaba esa noche, me ha ido a buscar a su casa, que porque yo le di su dirección. Y se baja en un carro de lujo, y lleva amigas, que porque tú le prometiste ir a pasear con ellas, y conmigo.

El Tony le ha inventado que dentro de un par de meses regreso del extranjero. Porque se ve muy ilusionada, no hay noche que no te dedique por la radio la canción aquella con la que según te conoció. Eso me ha dicho el Tony.

Veo a lo lejos una luz verde, un velo corre en mi mente intentando abrir el recuerdo de una mirada. Quisiera estar seguro que son los ojos de ella. Se pierden, están difusos, luego el sonido de los líquidos recorriendo dentro de las mangueras, en una carrera desbordada, aguzan mis sentidos, la mirada se extravía. No es ella. De nadie son los párpados. De nadie las pestañas. Se van.

La enfermera ha vuelto. Me ha pinchado con una aguja de bordar en medio del tórax. No existe la inercia. Sus palabras hablan de días, de meses, años tal vez.

Veo la válvula de un tanque. Recuerdo los días de inflar globos en el parque. Yo te ayudo, le decía al globero quien al final de su jornada me regalaba la bomba que ninguno de los niños acompañado de sus padres, quería.

Iba todas las tardes para dar maromas en el pasto. Las sillas voladoras, la rueda de la fortuna, los avioncitos y el trenecito quedaban lejos de mis ojos. Los miraba girar. A los niños les compraban palomitas, yo regresaba a casa con mis bolsillos llenos de dátiles, y repartía en el barrio. Las palmeras no tenían precio. En ellas habitaban los pichones.

Un torniquete en mi brazo hincha la vena. El color opaco, de amarillo antiguo, me remite a la resortera con horqueta de mezquite, con caja de gamuza de zapato viejo. Las piedras tumbaban nidos, certeros eran mis tiros. Después improvisaba jaulas en jabas de tomate, llorar era el desenlace cuando volvía de la escuela y la tórtola ya no abría más su pico.

Desde hace unos días mis amigos vienen con mayor frecuencia. Las mangueras en mi cuerpo permanecen. Hay ahora en mi costado derecho un aparato que produce calor, su aire llega a mi rostro, mueve la sábana.

No se lo he dicho a nadie. En sueños he visto al amante de mi madre. Conversamos sobre el maltrato de él hacia ella. De los gritos del abuelo jodiendo a la abuela. Me cuenta en confianza que abrirá las puertas para que abandone el cuarto, las mangueras, el torniquete, la aguja, el sonido, la botella, el líquido.

Y sueño que viene por mí el vendedor de bombas para llevarme al parque, donde al final del domingo duermo sobre el pasto. Y amanezco con mis bolsillos llenos de dátiles, rodeado de pichones, con sus pechos hinchados, a punto de estallar.

 
 
 
 

 
 

Bienvenido

Ya tienes weblog.

Para empezar a publicar artículos y administrar tu nueva bitácora:

  1. busca el enlace Administrar en esta misma página.
  2. Deberás introducir tu clave para poder acceder.


Una vez dentro podrás:

  • editar los artículos y comentarios (menú Artículos);
  • publicar un nuevo texto (Escribir nuevo);
  • modificar la apariencia y configurar tu bitácora (Opciones);
  • volver a esta página y ver el blog tal y como lo verían tus visitantes (Salir al blog).


Puedes eliminar este artículo (en Artículos > eliminar). ¡Que lo disfrutes!

De la calle


“Soy vago, me dedico a asaltar a las ancianas y a robarle dulces a los niños, y también de vez en cuando a estar en el lugar adecuado en momento indicado, eso es más que ser casual es hacerte de las propias oportunidades de lo que gustes”.

Carlos Sánchez

En el umbral de la Biblioteca Pública Central revolvía el café con su índice. Adentro conferenciaban sobre la importancia de la lectura y cómo inducir a la raza hacia ella. Afuera: “Martín Caperón para servirle a usted”. Se presentó para no volver a dar pausa a su exposición.“Mira aquel caballero que viene allá es mi gran amigo, es el vaquero, estuvo conmigo encerrado como ocho meses en el tambo; me cae muy bien porque a ellos los considero los hombres más verdaderos que pueda haber en Hermosillo, no simplemente porque sí en los grandes comedores de falacias, olvidos, humillaciones , sino también los que sostienen todas esas cementeras de penas y más que nada los grandes hacedores y tejedores del enjambre del dolor. Y a todas esas personas, el gran ejército del pauperismo y miserables en Hermosillo, es la única gente que le tengo confianza y por las que solamente puedo tener compromiso. Porque en esa gente, en estos compañeros, está verdaderamente lo sobre humano, lo demasiado humano, la gente total, única e indivisible, de veras, de verdad, la gente más cristalina. Francamente mi única condición fraterna es con los últimos, los excluidos, los miserables, los paupérrimos, con los perros llenos de sarna que andan buscando comida en los basureros, esa es la única gente que le puedo dirigir yo mi mejor voluntad, mi mejor saludo, mi sonrisa de medio millón de dólares, y más que nada por la que puedo morir, inclusive también para jugarme la vida por los cadáveres, no por gente snob ni chouvinista, ni nada de eso, por la única que gente que tengo compromiso y necesidad de amistad, es con los últimos, con los pocos de lo poquito de lo menos de los mínimos, con los que en ese momento su corazón de lis, con esa lengua de dragón celestial pueden alumbrar y cambiar o parar el universo, con los más méndigos miados apestosos, con los hijos de las aguas fetales, de la sin razón de no sé, a esos les dedico mi mejor pensamiento.

"El Vaquero eso y yo comaprtimos una celda en la cárcel durante ocho meses. Yo estuve por quebrarle los brazos a un cuñado. Me habían sentenciado a seis años pero los trámites, bueno, el proceso se adelantó y hubo posibilidad de salir a los ocho meses. El Vaquero estuvo por robar alcohol, como la canción de Silvio, no?, si alguien roba comida y después da la vida hasta dónde vamos a tolerar las verdades.

"Mi deporte favorito es la droga, me gustan los deportes nobles, aristócratas, los deportes de masa como la ducación, el fut bol, el matrimonio, la familia, se me hacen las cosas más absurdas y ridículas de la civilización. Tengo nada de años de estudio, por lo general soy hombre de conocimiento. Fuí a la UNAM, estudié filosofía, también pedagogía en la misma UNAM; me puede porque no puedo quitarme ese pinchi síndrome maldito neurótico de casi olvido de pertenecer al santuario de la revolución espiritual más importante en América Latina, y eso es peor que un trauma, que un síndrome, que una enfermedad, que amar o querer, que vivir y odiar, que morir y jamás ser inmortal; pertenecer a la hermana república del unamense, es como tener un compromiso universal con lo que antes te reafirmo, con los excluídos, con los marginales, los mínimos, con las hormigas pisadas, con los perros llenos de sarna recogiendo basura.

"La noche? No hay distinción entre oscuridad o luz, es una continuidad, la noche no es quizá la caverna donde puedan caber tres lunas en una bellota, la noche es simplemente un gran himno que traemos antes de hacer digestión en el sistole del corazón; ser noctámbulo es como poder adentrarte sin miembros a tu corriente sanguínea, la noche quizá es el color más preciso del espectro y también la fuga más maravillosa de los encuentros de un matiné.

"Las morras y las drogas ambas son iguales, femeninas, la droga unió al pensamiento y al lenguaje, y la droga es tan femenina, tan encantadora que en un momento dado me es imposible encontrar diferencia entre droga y mujer. Lo que es mucho más cautivador y evolutivo, es la droga como el sueño más precioso de la más hermosa de las mujeres. La muerte vestida de luz".

Fuera de libreta, y en el tronar de los aplausos a los ponentes que sugerían cómo y por qué la importancia de la lectura, Martín Caperón convocó a los colaboradores de Entrámite a fumar grifa en una pipa de un femur de mujer. Prometió también soltar prenda de una entrevista echa al Cover, el preso con mayor condena en el Cereso de Hermosillo. En la entrevista, a decir de Caperón, el Cover narra cada una de las torturas a las que fue sometido por paerte de la autoridad. En el próximo número, un adelanto de la entrevista. Eso si la muerte vestida de luz no se enreda con quemartín.