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La cábula

Julián Herbert: Apostarle a lo decadente es actualizar los valores morales

Julián Herbert: Apostarle a lo decadente es actualizar los valores morales

Esta canción me va a salvar

I. En un cuarto de cuatro por cuatro y foco de 100 watts

Acordes de guitarra y golpes intensos de la batería que reverberan en la habitación son el acompañamiento de una voz penetrante, chillona y aguda, o juguetona en la escala descendente. Sí, como alucinado estaba el autor de Cocaína. Manual del usuario, estirando su voz con ojos entrecerrados, junto con Las Madrastras, banda de la que es cantante y letrista.

Julián Herbert toma un trago de vino antes de seguir cantando; su mano izquierda, asida al micrófono, deja ver una muñeca decorada con un tatuaje en forma de glifo azteca. Una marca personal para aceptar la procedencia de su vena literaria: el lenguaje que brota de la siniestra, de la izquierda; lo alterno, sí; el otro, siempre el otro lado.

II. En la esquina de la calle Magnolia con botella de vino para dos

Yo no educo gente, que los eduquen sus papás —dice Julián al comienzo de este que será un monólogo—. De lo que se trata este libro es que allí hay una tradición por una parte decadente que me ha interesado. Apostarle a lo decadente es apostarle a una visión moral del mundo, a una actualización de los valores morales; es poner en el centro la dicha y la honestidad. Esto es un poco lo que ha jalado a muchos escritores, a los simbolistas por ejemplo, hacia esta búsqueda. Ellos y los románticos le apostaron a hablar sobre las sustancias prohibidas e intoxicantes, y esto tiene que ver con poner en el centro la dicha y la honestidad, insisto, y también con satirizar, porque hay una mitificación de las sustancias prohibidas como si fueran algo terrible o como si fueran la panacea; los dos extremos me parecen muy radicales.

Este libro no sólo es un ejercicio literario. Si te cuento cómo surgió te diré que lo escribí en 1998. En aquel tiempo Luis Humberto Crosthwaith me pidió un libro para su editorial Yoremito. Yo acababa de dejar la cocaína por primera vez, llevaba un año de recuperación después de haber estado echado. Y bueno, en dos semanas me senté y escribí un libro. Se lo envié a Luis Humberto, pero la editorial ya no caminó. Luego, en 1999, Luis Humberto vino a premiar un concurso a Saltillo y en un cuarto del hotel San Jorge leímos por primera vez algunos pasajes del libro bien borrachos y pasados, porque yo había renunciado a mi primera rehabilitación. A partir de allí el libro se convirtió en un artefacto literario.

Yo escribo de manera peculiar. Eusebio Ruvalcaba dice que el único sentido que tiene escribir es tener cosas para reescribir. Y corregí los cuentos de este libro durante siete años. Claro que no siempre, a veces estaban archivados. Una de las cosas que no digo en el libro es que la cocaína te acelera y te inmoviliza al mismo tiempo; puedes hacer un montón de cosas pero no puedes escribir. En mis tres regresos a la cocaína después de que escribí este libro, lo que hacía era corregirlo porque estaba como paralizado, no podía escribir. En esa medida este libro es un ejercicio literario y de vida. Cuando estás pasado tienes ganas de jugar carta y dominó, pero cuando estás muy pasado ya no tienes amigos y escribes.

Mandé este libro al Juan Rulfo porque pensé que ya lo había acabado. También pensaba: ya lo voy a publicar en la editorial patito feliz, y me decía, ya sé quién le va a entrar a esta cosa… Mauricio Bares quiso publicarlo en algún momento, y después Andrés Ramírez.

Creo que mis experiencias más dolorosas con la coca no están en este libro y tienen que ver con un momento posterior. Las fases en las que yo he estado con ganas de publicar este libro ocurren justo cuando hago cierre de cuentas, y en esto ha habido tres momentos. Ahora creo que fue el momento más radical, porque de pronto me di cuenta de que ya me estaba aburriendo. Y la parte dolorosa de eso es interna, cuando te das cuenta de que gastas lo suficiente tu mente como para que las cosas que deberían ponerte lúcido y ser trágicas nada más te aburren.

El libro tiene que ver con un contexto, no estrictamente con la coca, sino con una visión del mundo. Pienso que el mundo es como un vidrio que tienes pegado a la nariz: no ves ni lo que está afuera ni lo que está adentro; no ves ni el vestido ni el coche que te va a atropellar. Para mí, en algún momento, este libro significó hacer una distancia para alcanzar a ver el vestido sin que te atropelle el coche.

¡Ah!, y quisiera decir una cosa sobre la aceptación del estilo de vida; el libro está lleno de ficción: hay un enfermero, un vampiro, Sherlock Holmes, aparece un chavo que se inyecta speedball —algo que nunca hice—. En muchos sentidos es un libro de cuentos y luego, claro, la relación con la cocaína y la aceptación pública. No siempre he sido escandaloso acerca de eso, pero siempre he sido claro en mi relación con la cocaína. Escribí sobre ella en diferentes lugares, incluso aquí en Saltillo, en donde me costó un escándalo en la prensa y una discusión con uno de mis mejores amigos. Pienso que a mí no me tienen que acusar, a mí que me pregunten. En aquel tiempo nadie me preguntó ¿consumes drogas? Me preguntaron si me haría un examen antidoping y dije que no, porque nadie tiene derecho a pedírmelo. Pero no hubo nadie que preguntara; yo siempre he dicho que sí.

Este libro es para mí un trabajo de literatura. Lo que me importa es la literatura. En la medida que me importa la literatura me importa la transgresión como parte de mi vida y como parte de mi escritura, porque es una mirada hacia el exterior, hacia un contexto cultural.

Me tocó un jurado radicalmente bueno: Francisco Hinojosa, Mario Bellatin y David Miklos. Son tres escritores que me importan, pero sobre todo tres lectores que respeto muchísimo. He tenido como maestros de prosa a uno en contacto directo, que es Jesús de León, uno de los mejores prosistas de este país que nadie pela. El otro es Francisco Hinojosa; me parece un narrador espléndido.

La prosa me cuesta un chingo de trabajo. A los poetas de este país nos cuesta mucho trabajo la prosa. Como que hay dos extremos: el que no sabe escribir prosa y el que escribe, como la tía solterona de Artemio de Valle Arizpe, una prosa superengolada; digo, entre los poetas, claro. Me interesa la prosa verdadera de la narrativa. Paz intuyó muy bien que el verso era lo natural y la prosa era el artificio. Pero la primera prosa, la de menos artificio de las lenguas romances o la de la lengua inglesa constituyen una prosa cuyo artificio nos engañó; durante mucho tiempo pensamos que el verso era artificial y que el lenguaje natural era la prosa, porque la prosa era de tal modo espléndida que nos pareció más natural que el verso. Ésa es la prosa que me interesa más, la prosa que es lo suficientemente buena para verse como el habla coloquial.

Nos despedimos. Él volvió con Las Madrastras y yo comencé a deslizarme entre las luces de semáforos y autos que daban tonalidades al pavimento nocturno. Recordé a Julián, a mitad de la entrevista, cuando de pronto se quedó callado, sonrió apenas mientras sus labios hablaron:

—No sé por qué te digo estas cosas.


Claudia Luna Fuentes
Claudia Luna Fuentes
Julián Herbert

Favores musicales

Favores musicales

Eusebio Ruvalcaba

Para Flor, la de La Ópera

1 En mi artículo del sábado próximo pasado, el diablo de las erratas le pone a la fotografía de Anne-Sophie Mütter el pie: “Celia Treviño”. No voy a hablar del violinismo de cada una pero sí del físico. Y la verdad brincos hubiera dado mi querida Celia por parecerse a la Mütter. Ciertamente, Celia Treviño ponía nervioso a más de un atrilista, pero de ahí a que fuera dueña de una belleza semejante a la de la violinista alemana, hay su distancia. Ahora mismo viene a mi mente una anécdota. Alguna vez, en los sesenta, Celia Treviño tocó en Bellas Artes y mi padre me ordenó: “Llévame al concierto de Celia”. Lo llevé. Celia tocó Mendelssohn y escuché la voz de mi progenitor: “Acompáñame al camerino, quiero felicitar a Celia”. Fuimos y la gente aguardaba —cuando menos había cincuenta formados— con el programa en la mano. Cuando mi padre llegó ante ella, Celia perdió toda la compostura. Se sonrojó, le dijo: “Si hubiera sabido que estabas aquí, Higinio, te habría dedicado mi concierto”. Mi padre se quedó callado, y luego pronunció estas palabras: “Nomás vengo a pedirte un favor: que cuando toques ante el público no te pongas esos vestidos sin mangas, porque tus pellejos distraen”. Dio media vuelta y se fue. Aún alcancé a ver el rostro de Celia, por cuyos pómulos escurrían dos lagrimones.

2 Una idea es un favor, para quien sabe capturarla. Evodio Escalante me sugiere dedicar un artículo a mis conciertos para violín favoritos. Yo acepto encantado. Pero no puedo hilvanar una línea con la siguiente. Los conciertos me desbordan y se salen de control. ¿Tengo tantos favoritos? ¿Barrocos, clásicos, románticos?, ¿nacionalistas, expresionistas, modernos? Mejor dejo descansar la sugerencia. Mientras, me dedico a oír.

3 Una mujer que dice llamarse Flor susurra mi nombre en el oído. Proyecta su lengua, que se precipita hasta el tímpano mismo. Pero no le basta con la prosodia convencional. Le pone música a esa grotesca palabra: Eusebio. Y embarra de saliva cada recodo de la innombrable oreja. Repite la faena cien veces. “Le estoy poniendo música a tus oídos, te estoy haciendo un favor musical”, me dice, y con gracia infinita lleva mi mano hasta su entrepierna. Gran Dios, cómo agradezco estos momentos. Y más aún que provengan de Flor.

4 Leo la espléndida prosa de Jack Kerouac (En el camino) y me detengo en un episodio en el que asiste a una representación del Fidelio de Beethoven. Enseguida de la ópera se emborracha con sus amigos y se la pasa gritando “¡Cuánta tiniebla!”, que es el leit motiv del barítono. Y baila y toma a las mujeres de la cintura y les dice al oído “¡Cuánta tiniebla!”. Diablos, yo jamás hubiese sido capaz de aterrizar así una ópera de Beethoven. Qué gran favor musical me hizo Jack Kerouac, sin duda mi escritor gringo favorito (cuando menos muy superior al engreído e ininteligible de Faulkner), casi a la altura de William Styron y de Salinger, y tal vez, sólo tal vez, un poquito abajito de James Baldwin. Digo, pues, que cómo es posible hacer de la gran música un paliacate para bailar encima de él. Como se baila encima de un mosaico.

5 Qué gran favor musical me hice a mí mismo cuando dejé de estudiar violín.


eusebius1951@cablevision.net.mx

epigrama

mientras allá en el la ciudad la algarabía de la feria del libro

él se deleitaba en su encierro: leyendo un libro.

de efe, de Carlos Sánchez

Por Lenin Guerrero 

Pocas plumas son la llamarada de un parto, pocas te queman los ojos incendiando tu pestaña. La de Carlos Sánchez es una de esas. Y sobrados son los escritores que reconocen esta virtud en su manera de multiplicar las imágenes a lo largo de párrafos netos. de efe, en el menos estricto de los sentidos, es un libro mediocre para quienes sabemos de lo que Sánchez es capaz. Pero no me malentiendan aquellos quienes aún no se abisman en su prosa de años, regordeta escuela que lo ha llevado a ser como es, una explosión de palabras y semen literario, un rebelde pero no de los que amordazados defienden el valor en la pantalla, sino de los que salen a la calle. El libro en cuestión se desparrama en crónicas desde su aterrizaje a ese planeta de dos letras que llamamos capital del país, con la capacidad de asombro como método de observación los colores que revientan en la pupila del escritor son revividos por el lector de estas quince crónicas en las que abundan los sueños de izquierda, los personajes entrañables y su deseo por sobrevivir. Tepito y el Zócalo no son lugares sino universos escritos con desesperación, por miedo a ser tragado por el monstruo, lo curioso es que los lectores también entramos al quite, leerlo es lanzarse a un monstruo de palabras desde la tercera cuerda, así, fuera del ring. Lejos de la mirada del réferi de la cultura, la pelea es a muerte con las emociones, a veces compañeras pero que vueltas rivales son una ruda competencia.  Habrá quien diga que la mayor virtud de este libro sea su prontitud, apenas tres semanas para escribirlo, dos más para estar impreso, un día para leerlo. Proximidad que es casi como nacer en Las Pilas e imprimir tus libros a dos cuadras de tu cuna, en la imprenta del Diego y el Rony, cuartel temporal de Ediciones La Cábula. Pero hay algo más que hace inolvidable al texto, se trata de una coyuntura política que la posteridad habrá de revivir incesantemente, la sensación de que fuimos violentados por la clase política tendrá remembranzas, y la yaga que el dedo señale serán ese lugar, ese tiempo, esas imágenes: De efe, dos mil seis, fraude, pobreza, voto por voto, la voluntad secuestrada. Si necesitan testimonios humildes aquí están estos dice Carlitos. Por lo demás, el librito se deja y promete más, por supuesto, más animales mitológicos que como alebrijes saldrán de la boca de Sánchez, de sus dedos mágicos que por la forma en que los tiranos se molestan uno imagina donde los anda metiendo.

La algarabía de ser cronista

La algarabía de ser cronista

Carlos Sánchez

Manuel Llanes

Un libro necesario, eso es de efe, el más reciente volumen de crónicas del escritor sonorense Carlos Sánchez, el mismo de Linderos alucinados, una de sus aventuras anteriores. Necesario porque hacen falta voces disidentes, personas que se animen a defender lo que para tantos se antoja indefendible: la causa del polémico, amado y odiado, Andrés Manuel López Obrador. En el libro de Sánchez hablan aquellos que defienden la legitimidad de los plantones, del voto por voto, personas que también existen, aunque a veces muchos se olviden de ello.

“Andrés Manuel sigue caminando, para llegar al Zócalo, donde dará un discurso, que más tarde analizarán connotados periodistas que recibieron el reporte en sus oficinas”, dice Carlos cuando abre fuego. Para que no le pase lo anterior, para hablar y escribir de primera mano, sin penosos intermediarios, acerca del plantón-bloqueo del Paseo de la Reforma, Sánchez viajó hasta la Ciudad de México, donde fue corresponsal del portal La Pluma, que ahora, con Ediciones La Cábula, da forma de libro a este conjunto de textos. Ahí se vuelve testigo de cómo el plantón-bloqueo es “un cuento de autoría colectiva”.

Escritor de prosa apasionada, en constante coqueteo con la poesía lírica y sus peligros, no es extraño que entre las imágenes memorables se cuele el desaliño, la falta de rigor, que son compensados por afirmaciones como la siguiente, poseedora de un auténtico ingenio, acerca de una marcha de simpatizantes de AMLO:

“Reforma (en fotografías aéreas) puso alfileres en la cabeza de los manifestantes para hacer un conteo exacto, y la cifra se redujo a 350 mil. Aparte de apoyar a la derecha, Reforma ahora hace brujería, encaja alfileres y desaparece a la raza”.

Desde hace años, Sánchez ha declarado su amor por la ciudad y sobre todo por sus habitantes, la gente, la raza, para ser más exactos, por eso no es extraño que en sus crónicas aparezcan los desprotegidos, los más pobres y, muy frecuentemente, los criminales, que en sus textos son producto de las desigualdades de la sociedad. Es decir: desde hace años, Sánchez es un cronista incómodo e inconforme, preocupado por saber los motivos del joven infractor tras las rejas, el homicida, mientras el resto de la sociedad simplemente ignora ese mundo y lo consagra al territorio de la nota roja, donde habitan los monstruos, jamás los humanos.

Por eso, por ese espíritu popular que atraviesa sus libros, Sánchez se siente como pez en el agua entre las hordas que rodean a AMLO, porque durante años éste ha manejado una retórica similar —¿sincera?, difícil asegurarlo— de apoyo a los pobres, al pueblo.

Este libro, entonces, entraría en la historia aunque su aspiración sea entrar en el mito, porque tal es su osadía —defender un movimiento al cual no le faltan detractores—, que con el tiempo tal vez se convierta en referencia, en uno de los pocos textos de autor sonorense que se animaron a contradecir las versiones de algunos medios, que simplemente tachan de loco al “Peje”.

 

La metáfora oportuna

 

Las cosas se tornan preocupantes cuando el discurso de un líder político contagia a sus seguidores. El tirano en turno tiene una forma de expresión que a veces es contagiosa, o que logra imponerse en la prosa periodística de quienes creen en él… o le temen. Esa debilidad quiero señalar aquí: cómo las expresiones de López Obrador, que se expresa en términos falsamente contundentes, en realidad simplistas, como “derecha” o “cerco de los medios”, ha terminado por ser asimilada por sus correligionarios. Igual que en años pasados, Armando López Nogales logró que en el vocabulario de los reporteros se colara el término “coadyuvar”.

Sin embargo, ahí donde le falta distancia crítica, objetividad, como el mismo lo dice en una de las crónicas (“De la marcha al Zócalo, a la objetividad como falacia”), a Sánchez le sobra un deseo de expresarse, de acuñar metáforas: así, el metro es un “consuetudinario parto de multitudes”. Otros ejemplos: en La Lagunilla, “la prisa es un tic tac que sólo cesa en el instante de la transa”. “Tepito es un Dios porque todo lo tiene”. “En el de efe todo juega a ser agua en días de verano”.

Otras veces, Sánchez da con la clave —al menos una de ellas— de la popularidad de López Obrador:

“Dentro de poco ya Andrés Manuel dará su discurso, el cual se vislumbra será un argumento más para continuar la fiesta de la protesta, porque gritar es necesario para el desfogue de la frustración, porque la vida necesita algarabía, y treparse de la justicia, de la democracia, no importa, complementar la rutina de la semana con un poco de diversión es una necesidad que late en la sociedad”.

Con todo y eso Sánchez es mejor cuando habla de los amigos, como el escritor Eusebio Ruvalcaba y el periodista Víctor Roura, editor de la sección cultural de El Financiero. En unas cuantas palabras, Sánchez nos contagia del ambiente cálido de una convivencia en casa del primero, donde la política se quedó del otro lado de la puerta.

Sánchez se aventura en una ciudad que lo seduce. De ese escrutinio está hecho de efe, el testimonio de un viaje durante el cual puso a prueba su buen ojo.

“En una convención de domingo cabe todo, incluso el surrealismo”, es la crónica crítica del movimiento, donde no faltan los comentarios irónicos acerca de Porfirio Muñoz Ledo y su camaleónica trayectoria.

Un hombre sonorense vivió la ciudad, la gran ciudad, en trance de volverse ciudadano de un mundo más amplio.

 

Tragos y muerte

Tragos y muerte

El papel de las notas


La Flor de Valencia es una cantina singular. Casi todas las mesas están ocupadas.
23-Septiembre-06

1 La Flor de Valencia es una cantina singular. Casi todas las mesas están ocupadas. Me saludan de mano el capi, don Goyo, amable y educado; algunos meseros, entre ellos don Aurelio, siempre gentil.

2 Paso los ojos por los ocupantes de las otras mesas. En una distingo a Mozart. Agarro mi vaso, le hago una seña a don Aurelio de que me voy a parar un rato, y me acerco al Divino. Le digo que si me puedo sentar y él simplemente accede con un movimiento de cabeza. Se me queda viendo. Le digo que él es el más grande músico de todos los tiempos y simplemente deja escurrir un “mierda”. Le argumento que sus quintetos de viola forman algo así como el tramado de la condición humana vuelta música, y él se limita a señalarme su vaso en una insinuación clara a que le invite una copa. La ordeno. Y de paso una para mí. Entonces le digo que las mujeres han tomado la costumbre de escucharlo desnudas. Que México, país altamente culto y civilizado, dispuso que, si se es mujer y se desea escuchar a Mozart, la obligación es hacerlo en cueros. Me inquiere con los ojos. Por un instante pierde la concentración en su trago. Como si su imaginación hubiera recreado una mujer desnuda en las circunvoluciones de su cerebro. ¿Estará pensando en Constanze, o en la hermana de Constanze, Aloisia, por quien sintió una debilidad proverbial? ¿De veras?, parece decir. Y hace la indicación de que me marche.

3 Miro a mi alrededor y descubro a Beethoven. Me acerco a él. Me siento a su mesa. Está furioso. Suda profusamente. Aprieta tanto el vaso que de pronto lo vuelve añicos. No puedo intercambiar palabras con él. Tampoco sé si pararme y retirarme. ¿Se habrá enojado por mi persona, habría preferido seguir a solas? No lo sé. Quiero mirarlo a los ojos. Intento sostenerle la mirada, bueno, siquiera atisbar en el precipicio luminoso de sus ojos. Pero es imposible. Sin embargo, veo con pavor que un hilo de sangre escurre de su mano derecha. Tomo una servilleta y se la tiendo con la intención de que sorba el líquido. Pero él desprecia mi gesto. Ni siquiera se vuelve a mirarme.

4 Don Aurelio me sirve la siguiente copa. Realmente es un hombre educado. Me tiene enorme paciencia. Es de esos meseros cuya presencia se agradece. Me ha escuchado decir tonterías y disparates y jamás se ha atrevido a abrir la boca, más bien me tolera. Se me queda viendo y señala una mesa al tiempo de decirme: “Ésta se la invitan de allí”. Todos parecen disfrutar en aquella mesa. Son seis o siete. Distingo a Schumann, a su esposa Klara, a Brahms, a Mendelssohn, a Paganini, a Chopin, y, gran Dios, a mi padre. Me levanto sigilosamente en medio de este escándalo. Me acerco a la mesa. Voy directamente hasta mi progenitor. Todo se torna silencio alrededor. Donde antes había un murmullo sordo, vasos que chocan entre sí, mujeres que claman por hacerse escuchar, ahora no existe nada. Como si me acercara en cámara lenta. Lo veo y me mira. Se da cuenta de que estoy a punto de decirle algo. Pero me detiene en seco. “Primero saluda a Schumann”, me dice. Y lo obedezco.


eusebius1951@cablevision.net.mx

de efe

de efe

 Sergio García

 Al amigo Carlos Sánchez y a todos los que luchan por la cultura

Desde que lo conocí hace años, aun con pelo corto y un poco más de civilidad, ya me parecía un tipo raro, uno de esos periodistas solitarios, que se apareció cualquier día por Guaymas, siendo yo corresponsal de El Imparcial.
Ambos anduvimos detrás de casos semejantes. Atraídos por el olor de la sangre quizá, de la tragedia que desgraciadamente siempre atrae consigo a policías, mirones, llanto, servicios funerales…y a reporteros.

Así coincidimos ambos en el caso de Misael, aquél joven "mata-siete" originario de Sinaloa que "se aventó" a casi una decena de cristianos, cual muslmán con cimitarra, en la carretera Guaymas-Hermosillo. Remember al taquero asesino.

Aun recuerdo que ante uno de los casos, creo que en el 2003, un comandante de la Policía Federal Preventiva aseguraba, irresponsablemente, que era un ajuste de cuentas, sin investigar más, pues donde entran narcos, no investiga la policía. Así se usa en México. Ajuste de cuentas y crimen resuelto.

Luego nos vimos de nuevo con el asunto del "Doble crimen de la colonia San Vicente". En ese tiempo mantenía yo una dura batalla contra la lógica general de culpar a dos personas, sin pruebas, de haber asesinado una madre y a su hijo.

En ese tiempo publicamos un reportaje en tres partes, aun contra la voluntad de cierto editor corrupto: "Un caso de fabricación de testigos es el desenlace que podría tener el proceso penal contra José Luis Sánchez Martínez, de 57 años de edad, indiciado por la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE).


"El profesor Sánchez Martínez fue detenido y acusado de ser el presunto asesino de su esposa Margarita Vargas López, de 45 años de edad y de su hijo José Luis Sánchez Vargas, que tenía 23 años aquél "martes negro", del seis de junio del 2000".

Y así como lo anunció el reportaje, publicado el dos de diciembre del 2002, un año o dos después, los inculpados salieron libres, gracias a que se demostró que la PGJE fabricó testigos.

En la soledad de navegar contra la corriente y la opinión de todos los compañeros, además de la traición de tu editor, después de estar convencido de la inconsistencia del caso por parte de la "Procu", apareció un buen día Carlos Sánchez a investigar el asunto.

En un viejo carro, sin marca, y con apenas gasolina, se apersonó en varias partes y se convenció de manera semejante de mi punto de vista. Fue cuando aprecié aun más su labor periodística y andariega.

Y así, a lo largo de los años hemos mantenido una buena amistad, sin necesidad de frecuentarnos. He apreciado su labor literaria, pues es de esos personajes a los que se le puede poner en sus historias: periodista y escritor, como si fueran cosas distintas.

Hace unas semanas lo encontré de nuevo camino al DF. Iba en el camión de perredistas. Al plantón. Me anticipó que uno de sus escritos saldría en El Laberinto, suplemento del diario Milenio. Y aunque no lo vi, si me topé hace dos o tres semanas con un artículo suyo en la Revista Milenio. "Conversaciones con asesinos" se llama su artículo, escrito de una manera por demás interesante.

Luego regresa del DF con una serie de crónicas que compiló en un libro llamado "de efe" precisamente, donde retrata la vida en esas calles de Dios o del Peje.

Desde la dedicatoria, a su hermano, aquél que lo salvó de morir ahogado, hasta la última página dedicada a Tepito, el libro es una aventura viva por esa ciudad desconocida, que aun no acaba por ser descubierta, contrario a lo que creyeron los españoles.

En lo personal a mi me encantó la crónica sobre Discos Vampiro, llamada Zitarrosa en Tepito y ojos que ven la vida para no quedarse abajo del barco.

Y es que a mí me encanta Alfredo Zitarrosa y su guitarra negra, o Doña Soledad, y qué decir de Stefanie.

Ahí Carlos Sánchez narra su estadía por esos mercados de una manera que retrata momentos y los revela, como película kodak, de una manera realista con su pluma.

Su encuentro con Víctor Roura y Eusebio Ruvalcaba es otra gran historia que debe usted revisar amigo lector.

Carlos Sánchez es un tipo raro, al que le sobra talento y lo ejerce solo, sin la asesoría de los genios, ni alguien más se entromete en su talento. Publicar en Milenio, es tener talento, además de tener la aprobación de Víctor Roura, el mejor de los editores de secciones culturales, es una prueba sobrada de talento.

Ya lo comentamos ayer. En la Librería Milenio puede usted comprar por módicos 50 pesos esta obra de crónicas elaborado además con el esfuerzo personal del autor, sin apoyos de imprenta o de algún mecenas. Nos vemos.
 

Pacharaco

Pacharaco

Nadie supo nunca de dónde vino, cuál era su pasado, cuál su calvario. Encerrado siempre en sus ataques de epilepsia, calladamente negándolos. Tan solitario estuvo, inmerso en una realidad que no era tal. Era su realidad, su locura.Pocos sabían su nombre: Crispín. Todos le llamaban Pacha, Pacharaco.Vivió 60, 70, 80, o 100 años, o no vivió nunca, o parecía que vivía, o tal vez vivió más que cualquiera.Su dieta era unas latas de sardina y teleras, acompañadas siempre de una coca cola. No acostumbraba el desayuno ni la cena. Tan sólo los fines de semana, si la propina era buena, se daba el lujo de un pozolito en el pueblo.Su casa… ¿su casa?... era un pequeño cuarto de dos por dos, o uno por dos, o no sé, pero sé que era su casa, o por lo menos parecía que allí vivía o allí moría. Era su espacio, rodeado de basura recogida a lo largo de no sé cuantos años.Rogaba a Dios por quienes le daban un pan o unos centavos y maldecía a quienes se lo negaban o ignoraban su pedir.Dicen que en algún tiempo fue temerario, pillo, pero acabó mendigando miserias, solo. No tuvo mujer, ni tuvo hijos ¡qué bueno! Decía que las mujeres sólo querían de él su dinerito, sus centavos, sus miserias.No faltaba el respeto a nadie. Era repetidor incansable de los sacramentos y mandamientos de la Iglesia y nunca fue a misa.Pasaba las horas debajo de un árbol, unas veces recogiendo objetos pequeños que después prendía de su vieja cachucha roja; otras veces, barriendo, juntando  hojas y piedras; y las más, fumando sus Delicados.Cuentan que una vez cayó de un árbol de mango de gran altura y no le pasó nada. Se levantó como si nada, sacudiendo sus miserias.No sé cuándo dormía y cuándo despertaba, siempre lo ví sentado debajo del árbol o en la puerta de su casa. Esperando no se qué, pero esperando.Nunca supo en qué día vivía y año con año, puntualmente, recordaba su cumpleaños. La fecha en que recibía algún cambio de ropa, teleras, sardinas y cigarros.No era malo ni era bueno. Era solo él. El Pacharaco. Quién sabe cómo era y de dónde era. Nunca lo supe, nunca lo sabré.Cuando salí de aquél pueblo que no era mío y tampoco era de él, se quedó sentado, esperando todavía. Después supe que la esperaba a ella, a esa mujer que no lo quería por sus centavitos. Lo quería a él y se lo llevó, con todo y sus miserias.Fue el chambelán de mis 28 años, el bufón de mi fiesta, el más divertido, el “hazme reír”, aunque ahora creo que el rió de todos nosotros.Calladamente lo recuerdo y me pregunto a qué vino al mundo. Creo que sólo a ocupar este espacio de papel. Descansa en paz, Pacharaco.