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La cábula

La ciudad del cielo

carlos sánchez

Quise escribir que hubo tequila. Mi carnal empinaba cerveza. Y hablábamos de la infancia, de ese cuarto diminuto al que mi padre llamaba La ciudad del cielo.

Vivíamos allí, entorno a un catre, una hielera, un radio viejo, unas cajas de envases de sodas, y afuera un tejaban con techo de cartón.

Había frente a La ciudad… un mezquite en el que mi carnal hizo su casa, se trepaba de un brinco, soñaba que era pájaro y algunas veces la madrugada le arrulló entre aquellas ramas que el viento acariciaba. Mi padre lo veía vigilante. Y bajo su tando de lana sus ojos destellaban algo parecido al amor.

En un trago de cerveza mi carnal mojó el recuerdo, y vinieron las imágenes violentas, los puños de nuestros camaradas buscando el rostro de sus carnales, los machetes abriendo la cabeza como cocos y brotando de ahí el líquido rojo.

Quise decir que esa historia no, que la vida de El Coco la guardara en la memoria, que no reinventara la tarde aquella de domingo cuando jugábamos a la violencia y parecimos malditos por convocarla.

Te acuerdas güey, el Ñeras lo alcanzó… era el jefe de El Coco el que corría y de un puntapié derribaba a su hijo sólo para mirarlo gritar en defensa de su sombrero, y cobrar el padre la dignidad con una daga cuyo filo se reflejaba en las piedras del callejón, preámbulo para la ceguera del brillo al hundirse en el vientre.

Era La ciudad del cielo la que cobijaba la infancia, los gritos en berrinche de mi carnal, la carcajada natural de mi padre, el dolor en mis ojos por la diferencia en la querencia. Todo para ellos y para mí lo que restara era demasiado.

Había también un bracero donde todas las tardes el sartén hervía. Había cervezas, cantos desde el radio, conversaciones entorno a suceso trascendentes como el juego de pelota, la fiesta que se aproximaba para celebrar los quince años de la próxima dama en desaparecer (eran los quince la edad exacta para amar, huir del brazo del que todo lo prometiera), había un guiño perenne a la ironía, al vacile inevitable, a la carrilla imprescindible para los defectos de cada cabrón que recalaba al tejaban de La ciudad…

Quise detener la rabia de la impotencia, pero mi carnal se abalanzó con la promesa de acabar con el odiado tipejo que vive para joder, y que el tiempo que duré en llegar la muerte de mi madre y el crecer de su hija, es lo que le queda al jodedor.

Hubo tequila, y en el cerebro de él los cuentos a madrazos vividos en la infancia. Hubo días también limpios, de aguas lechosas en el charco que se formaba frente al cuarto diminuto. Allí el mediodía era más fresco, y los carros aminoraban su marcha, y eran la seducción para trepar en sus defensas y sentir el viento en el pelo. Un viaje gratis por la calle que rodea al cerro, un viaje de trampa y un volver en caminata para cazar la próxima nave que nos llevaría al umbral de la cárcel vieja, donde saludábamos a los compas que estaban torcidos para siempre.

Te acuerdas del Talo… con su espejo caminaba el barrio, pedía un peso, se llevaba el trapo con solvente al olfato, reviraba hacia todos lados, y también se portaba mal, y paraba en el patio de la Peni de piedra siempre, desde allí nos gritaba, decía que le saludáramos a la raza.

Hubo antes rolas de los Ángeles negros, los Solitarios, el Indio. Y conversar con los vecinos, decir que Las Pilas y La ciudad… son los lugares mágicos y por excelencia el paraíso de la infancia.

Lo dijo con sus ojos que dijeron más de lo que el ruido de la quijada puede decir.

Trajo también la algarabía, la crueldad del jefe al lidiar a las damas que tiraban de borrachos sus cuerpos frente al tejaban con techo de cartón; las bromas que desencadenaban en bronca con los cuates que destapaban cervezas frente al charco de La ciudad…

Unos dos tres y pa’ bajo… don Panchito no aguantó que lo mojaran, qué culero el jefe, si el agua le cayó del techo, don Alex nomás pasaba por ahí. Qué pasó, Alejandro, por qué mojas a don Pancho, él no se lleva así contigo.

Hubo también la aclaración a la par de la risa: se dieron buenos chingazos los dos, pero que culero, nomás por la ocurrencia del jefe, nomás por decir qué pasó.

Quise decir que eso estaba olvidado, que no podría escribirlo, que mejor narraría lo del tequila, la cerveza, las risas, que el dolor en el barrio es sólo un invento mío, que sólo la magia le pertenece, que la fortuna de nacer allí nos arropó como regalo del cielo, de La ciudad…

Quise gritar de júbilo, pero sus ojos me lo impidieron cuando sus palabras se estrellaron en mi pecho: de veras, carnal, cómo la perreamos, ¿no?

Con William Styron en Tlalpan

Con William Styron en Tlalpan

 Eusebio Ruvalcaba

Tenía yo que conmemorar la muerte de William Styron. Traerlo a mis terrenos, conducirlo por los miasmas de los seres vivos. Así que convoqué a un grupo de amigos: Carlos Sánchez, Diana Violeta Solares Pineda, Jorge Borja, y nos reunimos en Tlalpan, en el parque Juana de Asbaje, donde no hace mucho había un manicomio, conocido como la clínica Floresta. Varias veces crucé el umbral de ese sitio. Una vez un amigo, una vez un maestro, otra vez un pariente me llevaron hasta sus jardines, donde había un asta bandera de la cual me tocó ver atada a una changa. “Es mi amante”, me la presentó mi amigo mientras besaba su hocico peludo. Pero ya no estaba más cuando acudí a visitar a mi maestro, quien salió a recibirme escoltado por una columna de esquizofrénicos, que lo bombardeaban a preguntas. Él me tendió la mano y me hizo la seña de que les dijera a todos ellos que lo llamaban por teléfono; al parecer eso detenía el asedio. Percibí un olor insoportable; el maestro me indicó que varios de esos locos eran coprófagos, y que justo en ese momento venían de comer su dosis diaria de excremento.

Todos estos recuerdos vinieron a mí cuando saqué de mi mochila una grabadora, un libro y tequila y vino tinto servidos en envases de agua natural y de sangría señorial, respectivamente. Ante el azoro de mis invitados, los invité a beber y escuchar lo que habría de leerles y la música que enseguida pondría en el aparato. Dimos un trago, dimos otro, y aquel parque fue develándose ante nuestros ojos como un lugar emblemático, en el que todo era posible que sucediese. Antes de iniciar la lectura del pasaje de La decisión de Sophie que había escogido, oprimí la tecla de play. Mozart sobrevino y colmó nuestros oídos. Se trataba de la Sinfonía Concertante para violín, viola y orquesta. La música permeó el oxígeno que respirábamos y ya no pudimos detenernos. Aquel tequila, aquel vino, se tornaron sustancias que en vez de embriagarnos nos acariciaban, y algo me indicó que era el momento de leer. Tomé la novela, que es mi favorita de todos los tiempos, y la abrí en su página 111: “[Sophie] subió a un vagón del metro que pronto estuvo aún más lleno de lo normal; pero de pronto el tren moderó su marcha con un estremecimiento y un agudo y prolongado chillido y se detuvo. En el mismo instante, se apagaron las luces. Un miedo nauseabundo se apoderó de ella [y no pudo evitar] que la mano que se le acercó por detrás se deslizara hacia arriba, entre sus muslos, por abajo de la falda. (...) No se trataba de un simple manoseo, sino de un rápido asalto a fondo, a su vagina, a la que el dedo buscó cual perverso y serpenteante roedor. [No pudo gritar, y fue tal el pasmo que permaneció encerrada varios días, sin levantarse de la cama.] Sin embargo, la música vino a salvarla. Al sexto día de su encierro, sin ella saberlo, debía haber estado abierta y receptiva a los misteriosos poderes terapéuticos de Mozart, doctor en medicina, porque ya los primeros compases de la Sinfonía Concertante en re bemol mayor la hicieron vibrar de pies a cabeza con espontáneo deleite”.

Carlos Sánchez mira y crónica el de efe

Juan José Flores Nava (El Financiero) 

HERMOSILLO, Son.- A Carlos Sánchez una suerte rara lo condujo a lo que ahora es: periodista, escritor. Sus amigos de infancia, la mayoría, están presos, muertos algunos, adictos prisioneros otros. Porque en vez de autoflagelarse todas las mañanas y recordar que su infancia sucedió entre adictos y prostitutas que se surtían de droga en la casa paterna, Carlos Sánchez no deja de agradecer que tiene vista y que las letras se le cruzaron a su paso. Un beso al cielo, dice, en esta charla con EL FINANCIERO a propósito de su libro de efe (La Cábula Ediciones).

En de efe, claro, Carlos Sánchez anda y relata la ciudad de México. Pero no la ciudad de los palacios, tampoco la de las instituciones devaluadas y corrompidas por la hipocresía y los intereses de un puñado de privilegiados, mucho menos la de las mentiras bien pagadas de la televisión nacional; no, la ciudad que cuenta Carlos Sánchez en de efe es la que quiere ver, la ciudad que él mismo vive, que recorre: la ciudad de la solidaridad, de la lucha, la que grita "no nos vamos a dejar, no esta vez", mientras colma la plaza mayor respondiendo a la convocatoria de su líder; es la ciudad del comercio, de la diversidad cultural y gastronómica, la ciudad de los amigos, de sus compañeros periodistas.

-Este libro es un infarto masivo de los dedos en las teclas -dice Sánchez-. Me fue imposible observar la vida durante el par de semanas en que anduve por allá. En de efe están el ruido y las imágenes del Distrito Federal. Ahí hablo de lo que veo, de lo que me obsesiona, y si le sumamos a esto que fui a la capital en un momento de protesta permanente, donde las voces se unificaban para taladrar la palabra justicia, donde los artistas rasgaban sus guitarras, movían sus pinceles, leían sus obras, donde la gente cocinaba en una hornilla improvisada, donde el aposento familiar fue el pase de Reforma, el Zócalo, no pude escapar a la enfermedad de escribir.

Carrocero de oficio (hojalatero, diríamos en el DF), Carlos Sánchez sabe que eso de pintar carros es más redituable que la literatura en cuestiones de dinero, pero lo que ha podido hacer con el alma, como él mismo dice, a través de las letras, no tiene cómo pagarlo.

-Reconocer este encuentro conmigo, a partir de los ojos recorriendo historias, no tiene precio -sentencia-. Despotrico a veces contra los que se quejan (y me quejo también, eterno incongruente que soy) de que el oficio de escribir no da para comer. Ando en esto de la literatura por amor a los que amo, por la insoslayable búsqueda natural de la vida.

Si se le pregunta por culpa de quién anda en los meandros del periodismo y la literatura, Carlos Sánchez dice que no puede omitir el nombre de Miguel Ángel Avilés Castro.

-Él siempre ha hecho mucho por mí. Trozó y trazó mis primeras líneas, me condujo con buena voluntad hacia la escribidera. Tiene gran responsabilidad en esto que ahora quiero ser, seguir siendo. Cuando en los días de carrocear me lo topé de la mano de su novia, mi comadre La Kila, le pedí un paro: que me alumbrara con su lámpara de experiencia. Y ahora garabateo con más libertad, suelto la pluma. Él me sigue leyendo, a veces me comenta algo sobre lo que escribo. Siempre está ahí, detrás de mis textos.

El de efe de Carlos Sánchez inicia con un texto en el que agradece la generosidad de su hermano. Y cómo no, si alguna vez le salvó la vida. Por eso somete al machito que le sembraron y aprende a decirle a un hombre, de hombre a hombre, "te quiero".

-A mi carnal -dice- le debo el estarte respondiendo ahora, el sentir, el reír, el gozar. Es de él mi vida. Cómo no agradecer que sus gritos me hayan sacado de esas aguas en las que morí un instante. Por él regresé a estos días en los que cuento la felicidad y toco el éxtasis de las carcajadas de mi hermano.

-¿Qué diferencias hay entre la escritura del primer libro que publicó y de efe?

-El primero, Linderos alucinados, es la voz de la raza de mi barrio, de mi pueblo al que llaman ciudad. Está allí el dolor del nacer torcido: la muerte de mi padre, el homicidio del camarada, el pasón de la morrita que idolatraba, el alcohol en las venas de todos ellos, la libido del bato que le gana con la morra a su amigo. Es el barrio y su corazón, la ciudad y su padecimiento de personajes nacidos para perder. En cambio, en de efe el lenguaje es distinto, es un paneo veloz de los días de recorrer las calles, los campamentos, de disfrutar la compañía de algunos cronistas, de beber y preparar el vodka para los amigos; es contar el río revuelto de ese niño sorprendido que conoció el Estadio Azul.

- ¿Cuáles fueron las enseñanzas que le dejó la escritura de de efe?

-Inolvidable será la actitud de la gente, la convicción, la esperanza, el creer que una persona [Andrés Manuel López Obrador] les puede quitar el ruido de las tripas, facilitarles la educación de sus hijos. Y la fiesta. La raza quiere algarabía y aprovecha cualquier tribuna. Cómo olvidar al padre con sus hijos jugando futbol en el umbral de Bellas Artes, cómo desechar de la memoria la mirada de la madre ante su hijo que celebra el balonazo en Paseo de la Reforma. La vida que está en de efe me abrazó y me hizo diferir una vez más de esa sandez de los medios que chingan y chingan con que el Distrito Federal sólo es violencia.

-Lo cuenta en el libro, ¿pero qué le maravilla de la mega ciudad y qué le horroriza o detesta?

-Me maravilla la velocidad, el ruido, es un performance constante, perenne. Detesto la mentira, sobre todo la del político. Me encanta la resistencia, la habilidad del ciudadano para llevar de comer a su hogar, me entristece el discurso hueco, alevoso, del político.

-¿Cómo anda el periodismo aquí en Sonora?

-Se ejerce por vocación, en mi caso por esa necesidad de darle voz a los que no la tienen. Mis textos van a la sociedad, a decirle a los lectores qué siente el leñador, el fabricante de ladrillos, el drogadicto, el que delinque. Me molestan las notas principales de los medios locales: siempre la declaración del funcionario, siempre la banalidad del espectáculo político. Y agredir a los "delincuentes pobres" es el deporte favorito de editores y reporteros: mercado sin riesgos, ganancias a manos llenas. La nota amarilla ha formado un par de periódicos nuevos por acá. Y ninguno de ellos con sección cultural. Así que ejercer el periodismo es fácil, pero publicar no tanto.

Juan José Flores Nava (El Financiero)

Carlos Sánchez abandonará por unos días su natal Sonora para presentar en el mismísimo Distrito Federal su libro de efe. Eso será el martes 31 de octubre en el bar Tapas La Araña (Campeche 228-B, Condesa), a las 20 horas, con los comentarios de Eusebio Ruvalcaba y Víctor Roura.

...

No me gusta lo que escribo. Es más, me disgusta. Y menos sobre la muerte. Porque hay que decir las virtudes del muerto.

Apenas ayer lo miraba en la memoria, escuchando historias de los presos que eran mis alumnos. Ahora ya no está. Que lo incineraron, informa la prensa.

Tendría que ponerme nostálgico, melancólico, porque lo oí hablar, porque recorrimos juntos un día la ciudad. Y ahora ya no está.

La ponzoña del bigote se enredaba entre sus dedos, y hablaba a borbotones: Rafael Ramírez Heredia...

-carlos sánchez-.

Crónica en tres movimientos

por martín aguilar cantú 

Enamoramiento

“Lo primero que sentí de él fue la fiebre: en la cara, en la boca, en los labios. Diría que también en el alma si el alma no fuera una soberana abstracción. Pero sí, también en el alma: el alma era la llama”

 

(Fernando Vallejo en El Fuego Secreto)

Marco es un cabrón, pero me quiere y no desea verme solo en eterno autoabrazo. El último sitio siempre, after de afters, será el Jardín Cruz Blanca, que a poco tiempo unió sus fuerzas al Wateke borrándose toda división entre ellos. El Jardín siempre fue lugar de encuentros para mí, de encuentros con el amor y con los amigos, de ahí que muchos hayan rebautizado este lugar con esnobistas nombres: arte dancing club, café glamour, vivo vivo gay ladies bar. Wateke y Jardín soy yo ?en libertad de alcohol y tabaco?, alterado, al antojo de mis varoniles urgencias, goloseándome, asesinando mis temores. La noche que conocí a Víctor yo iba dispuesto a todo con tal de divertirme y olvidar los duros años de estancia en una tierra hostil y ajena que tan poco regala al ocio creativo. El ambiente, aunque por la hora ya carente del brillo de antaño, me sedujo; también una mirada que atravesó mis pensamientos. Una antigua norma de ética personal me prohíbe el contacto con los enamorados de los amigos, esta vez, ninguna regla me detendría: supe que sería sólo para mí. Al poco tiempo de conversar Marco, Víctor y yo, sentí un brazo que rodeaba mi cintura, me comunicaba extrañas sensaciones a través de la piel. Ni un minuto pude estar lejos de su presencia. Siempre pensé que aquel que fuera capaz de hacer tres cosas por mí y para mí en una sola noche se quedaría para siempre con mi corazón. Víctor lo sabía, alguien se adelantó a decírselo: me cargó, bailó vallenato conmigo y me dijo que sería suyo.

 

Mi mamá le cortaba enfrente a los zapatos para que salieran los deditos

Mi mamá le cortaba enfrente a los zapatos para que salieran los deditos

Por Carlos Sánchez 

 

Me lo contó una semana después. Lo habían tumbado a la brava: la gorra, la chamarra, los tramos, los calcos y los calcetines.

Venía tambaleándose, por la calleja, debajo de la banqueta, sujetándose del viento, una mancha desde la bragueta hasta la bastilla.

El Frank se orinó del miedo, porque un domingo antes le dieron pa’bajo: un tubazo en la cabeza, una patada en la cara, un rasguño en la espalda con el filo de una daga oxidada.

En la ceniza de un cigarro rebotaban las palabras. Ofrecer es su costumbre, porque es educado. Fumando hilvanó el recuerdo de los madrazos.

En sus dientes encontré la pobreza. Y el café, la nicotina, la libertad de abrir los ojos y el cuerpo intacto -sin agua de nuevo, no jabón, no hay toalla-, hasta cerrarlos de nuevo. Caminar por las calles moviendo las frases, un peso dos para completar el taco.

Me lo contó en descontrol, sugiriendo la historia. Por qué pegan así, me preguntaba. ¿Y las rodillas por qué las encajan en la panza?

Cuando se quitó el suéter para cubrirme la espalda, el color morado le llenaba el ombligo. Y un amarillo de pus corría hacia sus genitales. Es una patada. Me la dio el más pelón.

Que cayeron las monedas en la tierra, Pero las dejaron ahí, no las quisieron, mejor se llevaron el encendedor, los delicados me los quebraron. ¿Quieres esta mitad?

La risa enseñando su labio partido, porque el nudillo lo llevó al impacto. La risa. Reírse de él. Qué gachos, me robaron el encendedor.

La flama es ahora desde un fósforo, y cuidarlos, porque hay minutos de crisis, y si el tabaco se apaga es como apagar la vida.

Quédatelo, es tuyo, tengo muchos iguales en la casa. Y el suéter es un regalo. ¿Te acuerdas cuando me diste unos patines?

El frío se siente más en la calleja, en el umbral del cerro, en ese rincón, el único donde el Frank no sufre lesiones vejaciones trompones.

Desata el cordón del zapato azul, que levantó hace unas horas no sabe de dónde ni porqué, sólo el para qué. Como los que usaba el marido de las Chú. Y bailaba cuando andaba borracho.

Levantando los brazos el Frank imita al que antes bailara por la calleja, y grita como si el recuerdo le obligara. Y la risa otra vez.

Los dientes están en una fila intermitente, enseñándose a la oscuridad, a las palabras, la risa es imprescindible si se aspira a pararse una vez más.

Ayer hubo velación con la esposa del Marcelino, preguntaron por ti los chapayecas. ¿Te acuerdas cuándo jugábamos? Tú eras el más chaparrito, el más correlón.

Allí bailaron patscola, hubo muchos cigarros, me regalaron tres, velaron a la Santa Cruz. ¿Te acuerdas cuándo bailabas? Nos regalabas las moneditas que no querías, las que te rolaban los que te aplaudían.

Chupar en el papel el sabor de tabaco es constante. Sacarlo rojo de húmedo es por la reacción del rodillazo en el vientre. El Frank escupe sangre. Otra sonrisa sólo para exonerar a los que andaban borrachos, ni siquiera saben lo que hacen, no te digo que no se llevaron los pesitos, nomás el puro encendedor.

Mueve la cola el perro, Pocho, tírate aquí. Las pulgas resaltan en la piel del Frank, el perro se retuerce de placer. ¿Estos si son fieles?

Y fumar de nuevo, mientras la cola del perro frota el rostro de quien lo acaricia.

La mancha en el pantalón es más intensa, el frío arrecia, el color morado está en la espalda, los hombros, son cráteres hundidos en la tarde aquella del domingo cuando el Frank estuvo en el lugar equivoca, en el instante equivocado, con la risa equivocada.

¿Por qué se enojan si me río, por qué no puedo llorar cuando me brincan en la panza, cuando me quitan la gorra, cuando me quiebran los cigarros?

Debajo del cerco de púas están unos cuernos de bicicleta, jugando con ellos el Frank los estaciona a un lado de la puerta. Los cartones que forman su casa se iluminan con el arder de unos leños, sobre el comal bufa una cafetera, traen sus manos una taza despostillada, y la cuchara entre sus dientes, el cartón de leche cortado a  la mitad es la guarnición del azúcar.

Un sorbo para él, y ofrece. El calor en la garganta mueve la luz que irradia en sus ojos. Un sorbo más y la mano frota su pecho. No sé si me quemé o es el tacón de la bota que me aplastó.

La carcajada espontánea es el preámbulo para el Frank, (ya dispuesto a atender el llamado de su madre que le pide que se acueste): ¿tú crees que a mí me van a quitar lo que traigo?, ni que estuviera tan pelada.

 

Somos lo que somos

Por el Carlos S.

 

pal Jeff

  

Pos sí

quemados de qué

 

Somos lo que somos

ai sí, los políticos son muy dignos

el gobernador es un pulcro

el diputado es un chingonazo

vamos a la verga!

 

Somos lo que somos

y si nos afrentamos de lo que somos, qué jodidos estamos

nos pelan la verga, carnal

nos gustan las drogas, las letras y las viejas…

y?

a ellos sólo la lana y la droga y las viejas…

pero nosotros lo asumimos

a güevo!

 

Somos lo que somos

y nos pelan la verga

punto.

Estamos bateando basura


 

Julián Herbert 


No importa si eres sacerdote, borracho, maricón o policía. No importa si vives en la Del Valle, en Hong Kong, en Las Gradas o en la luna. No importa si tu hobby es escribir discursos, matar árabes, pescar ostiones en Guaymas, limpiar baños en Durango o fornicar en los hoteles de Calzada de Tlalpan con muchachas chaparritas. Hay algo en lo que estoy totalmente de acuerdo contigo: lo que más abunda en la atmósfera es oxígeno e hijos de puta. Y no lo digo para complacerte, no, ni mucho menos para hacerte creer que tú y yo somos mejores, nada de eso: estoy hablando completamente en serio. Ahora que, tú bien sabes, de vez en cuando aparecen personas luminosas.

Hay una vecindad a donde voy a conectar de vez en cuando. El cuarto del Bueno está al fondo. Es una habitación destartalada: apenas una cama, pósters de desnudos, una gramera, bolsas de polvo y piedra y, me imagino que debajo del colchón, más dinero del que a ti y a mí nos pagan por trabajar durante meses. Para llegar a ese cuarto es necesario atravesar un pasillo. En él te encuentras chavitos jugando futbol, señoras tendiendo la ropa, muchachas de dieciséis paradas junto a las puertas laterales repasando catálogos de Avon. Ya sabes, all that crap que luego sale con cámara movida y grano abierto en ese dizque Nuevo Cine Mexicano.

Al fondo del pasillo, junto a la puerta donde despacha el Bueno, está sentado don Chago. Siempre trae puesto su overol de barrendero municipal, aunque se le nota en la manera de moverse que ya se jubiló. Sostiene junto a la oreja un radio de pilas del que surge la voz esquizofrénica de un cronista deportivo.

—Quíubo don Chago, ¿cómo le va?

Se seca el sudor con un paliacate rojo y contesta:

—Aquí nomás, como siempre: bateando pura pinchi basura.

Nunca me animo a preguntarle si lo dice por alguien en particular. Mejor así: me doy un pase, luego otro, y ya siento en la piel cómo los jardineros se atragantan de hits, el Houston Jiménez estruja entre sus dedos un vaso desechable, don Chago se pasa por el rostro un pañuelo humedecido y mira su radio de pilas con rencor, las muchachas hacen cuentas severas y aún así no completan para el esmalte o la caja de sombras.

Ponchados cada noche. Compartiendo la derrota.