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La cábula

alado

Hay dentro del pecho un ruido constante. Es la vibración de un hilo que resuena y suena. Dice un nombre. Inventa sílabas tres. Un nombre de mujer. En ocasiones va a más e inventa historias. Divaga. Observa gaviotas sobre el cuerpo dormido. Las aves le dicen el nombre aprendido. Ayer por ejemplo vinieron de nuevo y dijeron más que las sílabas. Cuenta el sonido del pecho que las gaviotas le han construido la mirada perfecta, la voz exacta, el pelo definitivo. Ella en su andar no va más que a su pecho. Por eso el ruido incesante pende del hilo de su nombre. Es un grito por la calle, detrás de la ventana. Son los pasos sus huellas encima de la vibración. Es un ruido desesperado. Es un dónde estás que ahoga la vida. Es un ruido que va al vientre. Un ruido que se impacta por el camino del vaho. Contra el cristal frente a su boca. Es un ruido vibrar que apaga la mirada. Es un ruido... (c.s.)

señales versos de Carlos Sánchez

 lenin guerrero

Cada quien sus premisas. Y a cada quien sus cuentos. La mayoría no le hacen falta a esa gran mole que llamamos literatura, muy al contrario, estimo que le sobran demasiados, incluidos varios trillones de puntos y comas. Pero olvidemos la mole, bastante tiene ya con morderse la cola y mirarse sin mirar cuando acude a los espejos. Demos paso a lo sublime de la calle, a las historias que nos brincan y caen paradas al ras del suelo, a las narraciones trémulas del Carlos, en cuyos temblores uno siente cómo se fabrican sus esculturas de humo, sus lúbricas pinturas. Bucanero como el que más, un día me dijo que él no sabe nada de poesía. Miente. Sus metáforas logran tatuar una densa cotidianidad en la espalda de los días. Un guiño, una verdura, todo en Carlos es una explosión de señales en prosa, señales que duran más allá de las sonrisas que nos acomoda en el rostro tanta sencillez. * Leer al pinche Carlos es conectarse a la misma vena, al lente de sus ojos con los que uno descubre más de una forma de mirar, observar, o cómo él dice, soñar que vemos. Como bien dijo Arturo Meza: poesía atroz, te amo de siempre, patees, silbes, muerdas o vueles. Así es señales versos, nos muerde, afila sus garras en nuestra piel. Duele leerlo dice Josefa Isabel Rojas. Vale pura madre dicen en tono de eterna broma los impresores y cómplices de la aventura editorial del Carlos, a quienes dedica este amasijo de cuentos. * ¿Dónde está la frontera entre la reseña y el sonrojo? ¿Qué debe decir un escritor cuando habla del libro de otro escritor a quien envidia? ¿Qué debe un pájaro hacer para no calcinarse en los fuegos del anochecer? ¿Acudir al maloliente juego de ángeles que ocultan su maldad bajo las alas? Mujeres de los cuentos, besen a los niños, tóquenlos, sonrójenlos, eso nos encanta de niños, nos embriaga y así evitamos caer prematuramente en el abismo de la sobriedad. * 

Hacia al cuarto párrafo estoy exhausto, mi mente deforme rechaza la redundancia. Me abastezco de sustancias para seguir en pie. Vuelvo a releer algunas de sus líneas. Por desgracia son estériles los cuentos que anoche eran un incendio en mis ojos. Me acerco al cansancio, como un inocente que acude hacia el lugar de un culpable. No necesito más argumentos para decir que Sánchez es actualmente uno de los mejores escritores de su colonia. Los ojos de la noche protegen mi huída. Huyo del texto y la muerte, grafiteando en las paredes de lo eterno otra verdad: Es mentira que Sánchez es escritor. Y entonces, ¿qué es este libro, señal o verso? Es un grito mudo desde un callejón sin salida, es una lágrima de niña bajando por la garganta de un violador, es el último narcocorrido cantado en la cantina donde todos fingen haberse desnudado. Es la historia de amor de la que terminas enamorado. Es el fin de las palabras, porque ¿para qué otra cosa debe servir la escritura?

Víctor Ronquillo: historias de espanto


Jorge Meléndez Preciado / El Universal

Uno de los periodistas más acuciosos acerca de sucesos violentos y terribles de la actualidad es Víctor Ronquillo. Entre sus textos está: La muerte se viste de rosa (Ediciones B), que reseñamos en este diario. En dicha obra hay un seguimiento puntual acerca de 15 asesinatos contra homosexuales en Chiapas, cuando desgobernaba esa entidad Patrocinio González Garrido. Homicidios que continúan impunes. También leí de este autor el primer libro que se escribió acerca de Las muertas de Juárez (Planeta). Uno y otro son investigaciones serias, arriesgadas, documentadas sobre asuntos que inquietan a la sociedad. Desde luego que hay más trabajos de este sagaz reportero, incluso en coautoría con otros tecleadores. Ahora en Un corresponsal en la guerra del narco (Ediciones B), Víctor nos muestra una serie de cuentos del fenómeno más inquietante para la seguridad del país. Pero las creaciones tienen sustento en historias que hemos escuchado algunos y otros han podido relatar. Y la ficción lejos de hacer más amable ese pantanoso terreno del tráfico de drogas, muestra con mayor precisión hasta dónde han llegado aquellos que están al margen de la ley pero utilizan a quienes la debieran aplicar para cometer innumerables fechorías.El segundo relato acerca de los narcocorridos nos remite al reciente caso de Valentín Elizalde, El Gallo de Oro, que luego de cantar A mis enemigos, fue ultimado a la salida de un palenque. Ronquillo, que escribió con anterioridad su versión, dice: «Supo que le tenían reservada una cita con la muerte». Y en una letra de canción dice: «No llegaron lejos, les salieron al camino. los toparon hombres de verdad».Al último tenemos dos creaciones que hablan de ese fenómeno extendido y poco estudiado, la Mara. Lo mismo se entrecruzan los polleros que homosexuales dueños de sitios donde se hospedan los centroamericanos que la habilidad de esos chamacos para organizarse y ganar territorios. Al final, los que alentaron a esos pandilleros quieren eliminarlos debido su crecimiento explosivo.Todo ese drama espeluznante se presenta como si fuera una bella historia de amor entre Samantha y un marero de 23 años. El escribidor anota: «Dicen que los Maras son hijos del Diablo; para mí que son hijos de la miseria y sus pesadillas».No podía faltar el ex encargado de giras presidenciales, Nahum Acosta, amigo de Manuel Espino. Como recordamos, el primero fue acusado por el entonces procurador Rafael Macedo de la Concha, de estar ligado a cárteles. Salió absuelto. Hace poco, empero, balearon sospechosamente a un amigo de Acosta y Espino, el diputado panista, David Figueroa. Dos anotaciones: «Siempre es bueno tener de aliado a un narco cuando se busca volar alto, muy alto». Y: «demostrar una vez más que en México nadie es capaz de esclarecer un crimen».En Manuel de oficio reportero. Desparecido, estamos seguramente ante la historia de Alfredo Jiménez Mota, el compañero que sigue ausente a pesar que Fox dijo que harían todo para que encontrarlo. La demagogia sin fín.En la contraportada leemos: «Ficción y realidad se mezclan en esta recopilación de negras historias del narco». Y anota Víctor, «Cualquier semejanza con la realidad no es una coincidencia, sino una desgracia».Historias finas y terribles, de pesadilla y desesperación, de valor y exquisitez.* Periodistajamelendez@prodigy.net.mx (Planeta).

Uno y otro son investigaciones serias, arriesgadas, documentadas sobre asuntos que inquietan a la sociedad. Desde luego que hay más trabajos de este sagaz reportero, incluso en coautoría con otros tecleadores.

Ahora en Un corresponsal en la guerra del narco (Ediciones B), Víctor nos muestra una serie de cuentos del fenómeno más inquietante para la seguridad del país. Pero las creaciones tienen sustento en historias que hemos escuchado algunos y otros han podido relatar. Y la ficción lejos de hacer más amable ese pantanoso terreno del tráfico de drogas, muestra con mayor precisión hasta dónde han llegado aquellos que están al margen de la ley pero utilizan a quienes la debieran aplicar para cometer innumerables fechorías.

El segundo relato acerca de los narcocorridos nos remite al reciente caso de Valentín Elizalde, El Gallo de Oro, que luego de cantar A mis enemigos, fue ultimado a la salida de un palenque. Ronquillo, que escribió con anterioridad su versión, dice: «Supo que le tenían reservada una cita con la muerte». Y en una letra de canción dice: «No llegaron lejos, les salieron al camino. los toparon hombres de verdad».

Al último tenemos dos creaciones que hablan de ese fenómeno extendido y poco estudiado, la Mara. Lo mismo se entrecruzan los polleros que homosexuales dueños de sitios donde se hospedan los centroamericanos que la habilidad de esos chamacos para organizarse y ganar territorios. Al final, los que alentaron a esos pandilleros quieren eliminarlos debido su crecimiento explosivo.

Todo ese drama espeluznante se presenta como si fuera una bella historia de amor entre Samantha y un marero de 23 años. El escribidor anota: «Dicen que los Maras son hijos del Diablo; para mí que son hijos de la miseria y sus pesadillas».

No podía faltar el ex encargado de giras presidenciales, Nahum Acosta, amigo de Manuel Espino. Como recordamos, el primero fue acusado por el entonces procurador Rafael Macedo de la Concha, de estar ligado a cárteles. Salió absuelto. Hace poco, empero, balearon sospechosamente a un amigo de Acosta y Espino, el diputado panista, David Figueroa. Dos anotaciones: «Siempre es bueno tener de aliado a un narco cuando se busca volar alto, muy alto». Y: «demostrar una vez más que en México nadie es capaz de esclarecer un crimen».

En Manuel de oficio reportero. Desparecido, estamos seguramente ante la historia de Alfredo Jiménez Mota, el compañero que sigue ausente a pesar que Fox dijo que harían todo para que encontrarlo. La demagogia sin fín.

En la contraportada leemos: «Ficción y realidad se mezclan en esta recopilación de negras historias del narco». Y anota Víctor, «Cualquier semejanza con la realidad no es una coincidencia, sino una desgracia».

Historias finas y terribles, de pesadilla y desesperación, de valor y exquisitez.

* Periodista

jamelendez@prodigy.net.mx

Réditos

Tiempo de dar. Puntos suspensivos. El título de la fotografía aparece en sección Metro de El imparcial.

En primer plano dos niños desnudos, el varón con la cabeza en rape, la dama con la greña acariciándole la espalda. Al fondo la inocencia observa su mano izquierda por donde entra la manga de la sudadera azul. En la parte derecha de la foto, una señora de peinado pulcro, acomoda la manga de la sudadera.

La familia de la señora Trinidad Ávila recibió ayuda del matrimonio integrado por Lizbeth Badilla y su esposo Gabriel Arturo Molina, quienes llevaron ropa a pequeñas que habitan una casa en la invasión ferrocarril.

En el costado derecho (o izquierdo, depende el color con que se mire) Julián Ortega firma la foto; más abajo: página 2, es el llamado al morbo.

El morbo: publicitar la bondad, agua bendita que tranza El imparcial, es la oferta del espacio disfrazado de nota informativa, es el anzuelo seductor para regocijar a los lectores.

La mercadotecnia mutila el pudor y se trepa al estrado para bailar con la pobreza, un guiño bondadoso y ni quién se le resista. Repartir migajas tiene su premio, reditúa tanto como la sección de sociales, donde la sonrisa se exhibe como elite y poder.

Benditos los pobres que en esta época elevan su potencial para la oferta de anunciantes. Ahora es la ropa que abriga el dorso infantil, mañana la posada, la fiesta, la bolsa de dulces, la piñata atada a la cuerda sujeta del palo de la luz que alumbra el cuarto de cartón.

No hay misericordia para el niño que vive el instante eterno de la sumisión: a posar chamacos marginados, a posar la gratitud del buen samaritano. La caja registradora es urgente. Suena como carcajada. La pobreza reditúa. (c.s.)

 

Pupila

La venda en los ojos. Ayer estuvo el sol. Las nubes lo taparon. Fue un instante. Dicen que en el barrio hubo posada dulces y clamor de un político. Ayer en lo que fue la casa y mi padre dejó su cuerpo, la música llenó de recuerdo la vista cansada de ese viejo. Porque él sigue viendo. La muerte sólo le sirvió para eternizarlo. Bien me lo dijo hace no sé cuántos años. En una mañana del primer sorbo: soy cabrón si después de muerto vuelvo. No necesitaba. La venda en los ojos es transparente. Lo observa todo en esa su posición de hombros caídos. Dónde de está la ausencia. En casa de la reputamadre que parió al político. Los morros siguen venerando al ruco, el que fue mi jefe, porque ahí lo ven, se les aparece, y hay quienes incluso turiquean con él. (c.s.)

índice

Hace aire y la ciudad es dócil. El canto alegre de la gaviota para mí es un dolor. Anoche los gatos cogieron en mi oído izquierdo. Ya no es una razón el desvelo. Para decir que no estás. Y si tus dientes me enseñaran de nuevo la estética del trazo. Mejor será vivir en el viento. Apaga a luz y vámonos. ¿Algún día estuvo prendida?

Ópera a un despertar

Rocío Romo IVigilia  

Sueño, color crustáceo

el olvido primero de catorce noches;

porque el otoño es especial,

para articular

una sutil remembranza del olor a hormigas,

en la sonoridad de cada estación

-es el detalle del año-,

para nunca derrotar la caída en sol, la, do, re, del recuerdo del cuerpo.

 

Detrás de una incierta tempestad

se abre el universo,

de las olas silbando una espuma

que rememora Afrodita.

 

Susurra el corazón un latido horrendo,

fatigoso en la especie de lo soñado;

ver el fondo, para mirar el templo

morar el templo de la mujer negra,

el Fénix ayuna en esta tarde cenicienta

tarde madrugada,

se levanta espectral al insomnio de un gigante

burlesco en principio,

fenomenal,

al circular en los vagabundeos de lo onírico.

 

Flechas se ponen de pie en la cama,

auroleando, la muerte.

¿Quién sostiene en sus manos el arco?

seguramente no Cupido.

 

Flagrante el repetido retorno

del fuego verde

y el deseo tibio se disuelve

en una lluvia ácida de retinas saladas.

Veo mi latir en la estrella

que no cesa de rugir el lamento del deseo cumplido.

 

Y si el oráculo del estupor

frecuenta mi temprana hora

dejo de creer en la cultura,

desarticulo una oración de memoria

de la memoria, el sueño tributario

en huesos lejanos de quién sabe qué época.

 

La sangre es la pesadilla de una vida

y ya la vida se ríe en cascadas carmines;

una sacudida trémula en la sinuosa oscuridad,

la nube baja a navegar por el suelo

y se inflama, nube cenicienta,

nube fulgorosa, se empolva;

tiriteo de frío, la boca está blanca,

y un aviso de humo en mi garganta

figura en la tal danza del descenso neblinar.

 

Corazón, con razón no sabes parar

                                                -hasta en este verseto-.

Un preludio se avoca en tu tamborileo

descubierto por el sereno,

fulminador de una nube,

en templos sin tiempo

de lo que fui, de lo que fui,

Y ahora demacrada…

Ojeras cuevas

anidan suspiros en mi cabalgar ocular;

persigue el retorno un estertor suicida

de esta pesadilla manifiesta,

que sin voz, musicaliza una lápida en sal.

 

La situación renuente de soplar cigarros,

al remolino de voces

en la ópera del despertar.

   II 

Insustancial regresa, la caída,

descenso en luna,

acordes orgásmicos:

se olvida un cuerpo.

Un alma despierta

es alérgica al humo.

 

La belleza

fecunda el rito

de nadar simultáneos, retóricos, hasta el horizonte

y tomar con las manos un mundo cuadrado,

y caer, y caer y caer,

olvidados del mundo.

Punto Romántico para el acecho celestial,

para no lastimar la caída del horizonte

creamos la falacia del mundo cuadrado.

 

Hay fetos esparcidos por doquier

acumulados en la observación

de un sueño fecundo,

negro al perpetuarse

rojo al volar del Tiempo.

Morfeo desangra

en cada nacimiento su pesadilla.

 

La Iglesia hace el amor con las Tinieblas

y un muerto nace cada día

es por eso lo de los anillos en las misas.

 

Este deseo de no despertar,

de no acudir a la inquisición del cuerpo,

truena las vértebras

de la columna de las sienes;

y me duele la cabeza.

 

La muerte no es anunciada

a no ser por mi puño,

que no se fija en las notas,

no fija su mano en señales

tales

como

adioses, victorias, exactos:

un dedo acusador que juzgue la gloria

de escribir mi muerte,

y después transmute en ángel

para un cielo.

                                    -no creo en dedos ángeles-

a no ser que tenga a cinco cupidos en mi mano.

 

Abono la risa que se cultiva en sí misma,

ensimismada de vida

se embriaga la terquedad con un cáliz romántico.

 

Perforarse la sien

es dejar de caminar,

y acostarse en la Muerte,

que tiene tanto sueño

es evocar su renacimiento.

 

Si, la, sol, re,

si la sonrisa redime

el canto de un despertar

ha callado por hoy.

  III 

Favor

de entregar frágilmente

la respiración al hado,

a la hora marcada,

para un reposo moral.

 

Mares de causas

se desbocan a empinar el efecto

con la sonrisa babeante de tentáculos cínicos

de un servilismo magistral,

como debe componer todo el otoño:

magistralmente.

 

El pudor del sarcasmo pueril

irá acorde a la política subversiva

de los que se abonan la tarea

de regar la luna tres veces al día,

y se ríen del porvenir.

Y marchan periféricos, absueltos de toda culpa

hacia su trono,

donde al comienzo le espera algo,

siempre espera,

un desatino de la línea trazada

por el prisma de luz,

por el Índice inocuo,

desesperado

con segundos bordando

su cápsula de lazos humanos,

donde su magia es manifiesta.

Segundos después,

oramos en silencio lento, acogidos

a los que se fueron

a nadar impasibles.

 

En la mudanza tregua de la luz y la noche

se esconde el átomo,

ora bien, ora mal,

le oramos a la alquimia,

se ahoga su simulacro,

disuelto en  fragmentos de mármol

y navegan en la oscuridad del mar

causa de un maremoto de migajas rítmicas,

causa veloz del silencio

en el ahogo del latido de esta página muda.

                                                             IV

Si antes de Zeus

Cronos se amortiguó en el Tiempo,

no respondo de mi infinito.

Según dos amigos,

la noción de mi frente

le gana al pulso de un reloj.

 

Un momento nació deshojando una flor.

 

Sambutir el trono del Rey

en la antesala del caer al pozo,

es cosa de locos.

Mas tarda el humano en llegar al horizonte,

que el Rey en retornar infinitamente a la Tierra.

 V 

Te deseo totalmente.

Escuálido, mortuorio, sol

de mariposas temerarias,

El deseo desciende

se acuesta en el otro lado del planeta.

Masacra su lecho el viento de Gloria

y un aullido de peces

componen los acordes,

que a como suenan,

parece vital.

 

Agonía de la tarde,

y el Sol y el Sueño y la Pesadilla y el Mar,

y las Olas,

no te encuentran en tu laberíntica alegría

no te mecen hasta aquí,

revolvente recuerdo.

De tus ojos

tus parpadeos oleantes

chasquidos de saliva,

suicidio de la gran marea

otro desgarre retínico.

 

Azul y verde otros matices,

totalmente subrayados

en este deseo procaz, de ti.

Tu semejanza, absoluta sombra

que no te niega nunca.

La inestabilidad de tus pestañas, es

más o menos renuente a mi lingüística.

 

No hay Padre Nuestro

para tus ojos, metafísica pura.

Tu aura teje lo que tus manos proclaman

un verso vestido de cadentes goces

                                                -contrastes humeantes-.

 

El mediodía juega con nuestro espíritu.

El Mar desaparece,

se pone el Sol,

la alarma se va,

y peleamos por despedazar

la Química del Viento

para retorcerla en el Ocaso.

  

Cuándo podré permitir el triunfo

de un beso en la nube sísmica del desmayo

sinfonía del orgasmo

si cuando estamos

procreamos sueños,

Sueños,

Sueños.

                                                                 VI                                                     Sueño 

Sentir como la música rumora en la cara

olor a hormigas,

una razón de estar y de ser

me acompaña

en el diario vecino de la sonrisa

que no iguala

al cementerio bendito de la inconciencia,

capaz de descuidar

el respiro de la sílaba

que se escapa desde la madrugada a buscar,

el empleo de la noche más cotidiano

que todos los días.

Miro la caída abismal hacia la nada.

Queda marginado el respiro

para los llantos

que se asfixian,

cuando necesitan un rumor de hormigas en la cara.

Del semejante

se dibuja el perfil carnavalesco

de todo el planeta cósmico

en imágenes folklóricas:

vuelta a la nada.

 

El cansancio

es un rumor que choca con los cristales de la muerte.

Brindo por la apología a los huesos descarnados

de todos los que la nombran y evocan

asumo una posición conformista al respecto.

Si sacudo mi cabello húmedo

cristales filosos dialogarán entrecortados

en una tierra conocida

Y ya no hay para qué.

Mañana no hay salida.

La posibilidad se yergue en el pretexto

jocoso de una historia desigual.

Conseguir el desmayo oportuno

para  no tender a la perfección

del ajuste espiritual y material;

sería incierta comprensión de la Vida,

que se nos termina:

final de la canción llorosa

la que no puede amarte

a sabiendas

de que nos acordamos

de nuestro nombre cada noche,

en el luto de nuestros esqueletos:

equinoccio de un sueño.

 

                                                           VI

                                                     Despierto

 

Sabotaje en la primera sanción de mi alma

Figúrate que el episodio humano

de saber ocultar a medias

el salir a flote,

causa la irrupción de Dios en corazones.

 

Espía de los quehaceres absolutos

comúnmente traiciona con su pie

mi alma.

Sin abuso a la tentación

quisiera soñar la tempestad de mañana

para reír a como de lugar.

 

Flagrante es la pena

de entrometer una huella,

en el corazón

por desangrarse unos días

sin ser humano.

¿Por qué, entonces no preguntas por mi nombre

y me despiertas?

 

Así

el corazón despertará

del estado de coma

cada mañana.

Descuida Fox a sus niños de la calle

Ciudad de México (17 noviembre 2006, fuente: periódico Reforma).- Los niños de la calle de Vicente Fox acabaron el sexenio mal y con tragedias.

La mañana del 1 de diciembre de 2000, minutos antes de que Fox tomara posesión como Presidente de la República, desayunó tamales y atole con 60 menores, entre ellos Jovanni, el "Puerquito", la "Dálmata", el "Media Vida, el "Jarocho", Landy y Pavón.

Seis años después, el "Puerquito" y la "Dálmata" murieron y el "Jarocho está desaparecido. Sólo el "Media Vida", Jovanni y Landy están para recordar ese día y contar su historia.

Son algunos de los "hijos de Fox". Los niños que vivían en el Callejón Libertad, ubicado en Garibaldi, con quienes el Presidente se estrenó para dejar claro lo que, según él, sería el sello de su gobierno: el encuentro con los pobres.

Esa mañana, acompañado de su entonces vocera, Marta Sahagún, y el cantante Emmanuel, les prometió trabajo en su rancho de Guanajuato y una casa para dejar la calle, recuerda Jovanni, igual de sucio y con más cicatrices en su cuerpo.

Nada les cumplió y ellos dejaron el Callejón Libertad para mudarse al parque Francisco Zarco, afuera del Metro Hidalgo, donde una fuente es su baño y unos plásticos colgados de la pared, su casa, que comparten con perros callejeros.

Los que quedan deambulan como sombras entre los peatones y los carros. Quienes los reconocen les gritan: "¡Ahí están los hijos de Fox!".

El "Media Vida", de 22 años, apenas puede hablar. Está tirado en la estación del metro Hidalgo con una botella llena de tinher, escondiéndose de un tipo a quien le robó la cobija. Empieza a calar el frío en las madrugadas del DF.

"Fox dijo que era nuestro amigo, nomás que no pudo volver", lamenta.
Landy, de 20 años, cuenta que hace tres años perdió a un niño de 15 días de nacido por culpa del frío. Ahora tiene dos hijos más de distintos hombres a quienes no ha vuelto a ver.

Dicen que ya no regresan a la calle donde conocieron a Fox, donde en una esquina hay una leyenda: "Callejón Libertad, zona de guerra".

Heredan la calle los hijos de Fox

Los hijos de esos jóvenes con los que Fox se reunió para arrancar su sexenio son ahora los nuevos niños de la calle. Crecen en ella y quizá morirán en ella.

Entre ese grupo, que vive en casas de plástico y que tras el desayuno se ganó el mote de "los hijos de Fox", está la pequeña Alicia.

Ella nació en abril del año pasado, cuando Fox andaba ocupado en busca de una solución política al proceso de desafuero contra Andrés Manuel López Obrador. Es hija de Landy, una muchacha de 20 años que ha pasado la mitad viviendo en la calle.

Alicia está enojada con su mamá porque le acaba de dar unas nalgadas.

"Tiene hambre, pero ya le dije que se esperara y nomás anda llorando. Tengo que darle de comer primero a su hermanita", justifica una Landy que parece la hermana mayor de sus propias hijas.

Su otra bebé tiene apenas 20 días de nacida y aunque no son muchos, para Landy significan la vida, porque hace tres años perdió a su primer hijo cuando tenía apenas 15 días. Murió una madrugada de mucho frío. Se quedó tieso, como durmiendo en sus brazos.

"Me tuve que esconder unos meses para que no me llevaran a la cárcel por la muerte de mi hijo".

Sus casas de bolsas de plástico están en el monumento a Francisco Zarco, junto al metro Hidalgo. Alicia, con las lágrimas secas en los cachetes, les hace señas a los otros muchachos porque tiene ganas de jugar. Pero ellos no le hacen caso. Dos pelean por una botella de tinher y otro prepara un cigarro de marihuana, la niña se asoma para conocer...