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La cábula

Una biografía de Elena Garro

Una biografía de Elena Garro

 Elena Garro y Elena Paz

Elena Poniatowska / La jornada

Qué escritor no quisiera tener un biógrafo tan enamorado de su personaje como Patricia Rosas Lopátegui! Su capacidad de entrega no tiene límites. Su admiración se desborda en cada página. Que Elena Garro era una seductora absoluta, queda comprobado en este libro que lleva el escandaloso título de El Asesinato de Elena Garro.

Elena Garro fue un ser lleno de contradicciones y enigmas. Para ella nunca hubo medias tintas. ¿Se comió el personaje a la escritora? Elena es un icono, un mito, una mujer fuera de serie, con un talento enorme. A nadie deja indiferente. Impresionó a todos los que la conocieron, marcó con una huella indeleble a quienes la trataron; imposible para su hija Helena Paz vivir y "ser" sin ella. Sin embargo, con su muerte, no ha crecido su leyenda. Quien la sostiene con lealtad admirable es Patricia Rosas Lopátegui, que la envuelve en libros como caricias e insiste en que la recordemos y le rindamos tributo.

Este tercer tomo, El asesinato de Elena Garro que le dedica, Patricia recoge artículos dispersos en revistas y diarios. Sin embargo, habría que asentar que Elena no tiene identidad periodística, es decir, quienes la tratamos la considerábamos una extraordinaria escritora, pero no una periodista. El periodismo no fue su profesión, la literatura sí, y la ejerció en forma maestra. Además de escribir esporádicamente en revistas de poca monta, salvo Siempre! (Sucesos y Revista de América no circulaban), Elena solo escribía (y muy bien) cuando algún acontecimiento suscitaba su indignación. El reparto de la tierra, la miseria de los campesinos, el líder de la cnc, Javier Rojo Gómez y Carlos Madrazo, el ingeniero Norberto Aguirre Palancares, el coprero César del Ángel, fueron sus temas. También escogió escribir sobre Régis Debray y Roberto Fernández Retamar, entre otros. Estos artículos, sin embargo, no añaden un centímetro a su estatura de novelista, cuentista y autora teatral.

Patricia Rosas Lopátegui, profesora de la Universidad de Nuevo México, estudia la vida y obra de Elena Garro y la encumbra. Ningún biógrafo más apasionado por su sujeto que ella. Idolatra a Elena Garro, no le cuestiona nada. Le reza, la convierte en santa. Después de dos libros, Yo solo soy memoria y Testimonios de Elena Garro, nos da a conocer el último tomo de la trilogía, El asesinato de Elena Garro. Nos avienta de cabeza al mundo ardiente y peligroso del periodismo de la Garro, del que se sabía poco o nada, ya que publicó primero en Presente, un periódico de Cuernavaca desconocido en el Distrito Federal, y más tarde sólo lo hizo de vez en cuando en revistas como Sucesos y Siempre! Quizá en los primeros años, en 1941 en la revista Así, pudo considerársele una periodista de vanguardia, porque habló de la situación de la mujer cuando pocos lo hacían en una sociedad misógina y sexista. Las abnegadas mujercitas mexicanas debían bordar pañuelos con orillas de llorar y sonar la nariz de sus hijos. Nada mejor que el confinamiento para esos seres débiles y pasivos que paren con dolor. Elena Garro salió de su casa dando un portazo, y sólo con ese acto se convirtió en una amenaza para el statu quo.

En los cuarenta, Elena entrevistaba a quien se le daba la gana y como se le daba la gana. Ningún jefe de redacción a quien rendirle cuentas, ninguna orden de trabajo como la recibimos todos los reporteros. Así, Elena escoge a la cantante de ópera Lolita González de Reachi (¿quién será?), le pregunta si su marido se opone a su carrera y le señala que "de Reachi" significa ser propiedad de un hombre. También dialoga con la actriz Isabela Corona (a quién Juan Soriano le pintó un fabuloso retrato) y con la pintora Frida Kahlo, tres mujeres que luchan por destacar (bueno, Frida Kahlo luchó por sobrevivir). Ninguna de las entrevistas es memorable, en cambio un reportaje en la cárcel de mujeres sí lo es. "Mujeres perdidas" es una excelente crónica y, para hacerla, Elena convivió con las presas.

Elena Garro tampoco se consideró feminista: "El día en que manejemos ideas propias, entonces seré feminista, pero mientras manejemos intelecto masculino, no soy feminista. [...] No. No hay mujer que haya tenido una sola idea." ¿Y Marie Curie? ¿Y Simone Weil? ¿Y Simone de Beauvoir? ¿Y Marguerite Yourcenar? ¿Y, en México, Sor Juana Inés de la Cruz, Frida Kahlo o Rosario Castellanos, su contemporánea?

En las páginas que siguen abundan los comentarios de Patricia Rosas Lopátegui basados en la información de Elena Garro. Como Patricia no vivió los acontecimientos, sólo puede verlos a través de Elena. La información que Elena le da es un amasijo de contradicciones, cuando no de falsedades, lo cual hace que su trabajo sea sesgado y tendencioso porque las inexactitudes se vuelven imposturas. Parcial, Patricia Rosas Lopátegui afirma que su periodismo no es constante porque Octavio Paz la limita. Nos dice que en 1957 Octavio "accede" a que Elena se dé a conocer como dramaturga, cuando es vox populi que fue Octavio Paz quién, loco de entusiasmo, presentó al grupo Poesía en Voz Alta las obras Andarse por las ramas, Los pilares de doña Blanca y Un hogar sólido. Si viviera todavía Juan Soriano lo corroboraría.

Un hogar sólido fue un prodigio al que tuve el privilegio de asistir. Elena, vestida de terciopelo negro, subió al escenario a recibir un prolongado aplauso al lado de Guillermo Dávila, gran amigo de Carlos Pellicer, Juan Soriano, Juan José Gurrola y otros, y Octavio no cabía en sí del orgullo. Sonreía aun más que Elena. Para esto, la mujer de teatro había escrito, según ella desde 1958, el espléndido drama histórico Felipe Ángeles que Coatl, de Ernesto Flores, publicó en Guadalajara en 1967, y otra obra maestra, Los recuerdos del porvenir, cuyo manuscrito extravió. Elena hablaba de un baúl mágico lleno de obras prodigiosas que se extraviaba en los países en los que residía. La semana de colores, publicado en 1958, es un libro maravilloso. Octavio Paz admiró a su mujer que no dejaba de asombrarlo, mejor dicho, de inquietarlo y desazonarlo hasta despeñarlo al fondo del infierno. Ella es la que brilla, la estrella, la de los propósitos que Paz festeja y necesita. La escucha arrobado, ríe de sus ocurrencias y concuerda con ella cuando ataca a éste y a otro. Discuten y él se rinde. ¡Qué hermosa pareja! Elena lo estimula y le rinde pleitesía. "Tus ojos son los ojos fijos del tigre y un minuto después son los ojos húmedos del perro./ Siempre hay abejas en tu pelo. […]/ Patria de sangre,/ única tierra que conozco y me conoce,/ única patria en la que creo,/ única puerta al infinito." Elena fascina no sólo a su marido, sino a quienes la cortejan. Es una mujer de mundo. También Octavio es un hombre de mundo. Enamoran, ríen, se burlan de pretendientes y pretendientas, son los reyes de la noche. Encandilado por todos los sentimientos encontrados que le provoca su mujer, Octavio Paz llevó el manuscrito de Los Recuerdos del Porvenir a Joaquín Diez Canedo, quien lo lanzó en 1963. Un año después, Octavio de nuevo se enorgulleció de que le dieran el Premio Xavier Villaurrutia, en 1964, aunque ya estaban separados. "Es la mejor escritora de México" declaró. Según Patricia, para Elena el trabajo de creación estaba prohibido y le era difícil escribir. Sin embargo, la misma Elena contaba que pasaba muchas horas sola y que podía vivirlas a su antojo. ¿Quién le prohibía qué? Otra vez, según Patricia, Octavio Paz.Las contradicciones y las falsedades se van acumulando a lo largo de las páginas porque Elena es la única fuente de información y Patricia Rosas Lopátegui le cree a pie juntillas. A finales de la década de los cincuenta, Elena se preocupa por los campesinos de Ahuatepec, Morelos, y se enfrenta al banquero Agustín Legorreta. Convertida en luchadora social, fustiga al pri y alaba a Javier Rojo Gómez, que dirige la cnc. Nada le importa más que el reparto de tierras y la suerte de los indios, como ella los llama. "Me crié entre ellos y para mí son tan queridos como mi familia española. Aparte de esta razón sentimental los indios son las personas cultas del país […] Los indios son muy inteligentes, han sufrido mucho. Se les ha prohibido hasta tener memoria, porque la Conquista de México les quitó hasta la memoria, entonces ellos existen casi de contrabando y a escondidas... Me parece que lo que les sucede es un pecado terrible. ¡Y los quiero mucho y me produce mucha pena que los exploten de esa manera, que los maten de esa manera y que no tengan derechos!" Elena aparece en las reuniones campesinas en Morelos, a las que puede acceder gracias al líder campesino Cristóbal Rojas, director del periódico Presente, y causa sensación. También llega despampanante y furiosa al despacho del gobernador, al del procurador de justicia y todos los ujieres le ceden el paso. Ir vestida con prendas de Dior, de Chanel o de Jacques Fath es una estrategia para impresionar, como lo son los abrigos de piel y las suaves chalinas color beige o palo de rosa o verde pistache, los favoritos de Elena. Sorprende a todos, la reciben y su reacción ante ella oscila entre el miedo y el deslumbramiento.

Ataca a los intelectuales: "Yo creo que todos están más o menos ligados con el gobierno, o tienen una chamba en el gobierno, o la han tenido. ¿No te parecen entonces una farsa sus gritos y sus grandes escritos?" A Octavio Paz le hace la vida de cuadritos, teme sus escándalos, nada peor que se le aparezca y le grite en cualquier restaurante. Todavía años después de su divorcio, cuando a Octavio lo hacen miembro del Colegio Nacional, en 1967, su máximo temor es que llegue Elena a sabotear el acto. "Elena es de armas tomar, es tremenda." También, como nos lo informa Patricia, desenmascara a la política cultural mexicana, su totalitarismo, la sociedad patriarcal, las "cabezas pensantes" que la mantienen marginada. Siempre que puede le pega a los intelectuales, cualquier ocasión es buena. Escribe en Sucesos para todos: "La Revolución careció de un sistema filosófico. Los intelectuales mexicanos acostumbrados a pensar poco y a disfrutar de muy buenas prebendas, se abstuvieron de ejercer el pensamiento y antes y después del asesinato de Francisco I. Madero prefirieron las carteras de ministro a la incertidumbre del desempleo." "Los intelectuales han jugado a todas las barajas", acusó en 1968.

Según Patricia Rosas Lopátegui, mientras Garro hacía pública la barbarie de funcionarios, caciques y empresarios mexicanos, la obediencia de Octavio Paz al régimen era premiada con el puesto de embajador en India, en septiembre de 1962. ¿Cómo explicarse entonces la renuncia pública de Octavio Paz, en 1968, a raíz de la matanza de Tlatelolco?

Elena Garro convivió con líderes campesinos y padeció el asesinato de Rubén Jaramillo. Lo conoció y trató a su familia: "Los intelectuales usaron la bandera de Rubén Jaramillo, pero jamás se ocuparon de él. Yo lo conocí, yo lo traté, ellos no." Años más tarde, gracias a otro líder campesino, Florencio Medrano Mederos, el fraccionamiento Villa de las Flores, que pertenecía al hijo del gobernador de Morelos, Felipe Rivera Crespo, se convirtió en la colonia Rubén Jaramillo. En 1973 (Elena andaba huyendo), cuando fui a la colonia a hacer un reportaje que habría de publicarse en el libro de crónicas Fuerte es el silencio, los campesinos me preguntaron si no conocía "a otra güerita como usted", y resultó ser Elena Garro. "Quería enseñarnos a leer y a escribir para que pudiéramos defendernos." Lo cierto es que la cercanía de Elena con los campesinos es el fundamento de su mejor obra. Su preocupación es auténtica. Elena, católica, lucha contra el mal que se les inflige a los más pobres, le indigna el despojo de que son víctimas. Al defenderlos escribe sus mejores páginas y hace gran literatura. A Sergio Pitol le entusiasma "La culpa es de los tlaxcaltecas". "¡Es un cuento magistral!", exclama.

Todo lo que escribió Elena fue más o menos autobiográfico: "Yo no puedo escribir nada que no sea autobiográfico; en Los recuerdos del porvenir narro hechos en los que no participé, porque era muy niña, pero sí viví –le confía a Roberto Páramo–. Asímismo en las dos últimas novelas, Reencuentro de personajes y Testimonios sobre Mariana, trato las experiencias y sucesos que me acontecieron en la multitud de países donde he vivido. Y como creo firmemente que lo que no es vivencia es academia, tengo que escribir sobre mí misma."

Elena decía cosas muy buenas: "Cualquier experiencia o experimento es una aventura y la aventura es la cualidad superior del hombre. Una obra de arte es una aventura." "No me considero original; me ha interesado sobre todo tratar el tema del tiempo, porque creo que hay una diferencia entre el tiempo occidental que trajeron los españoles y el tiempo finito que existía en el mundo antiguo mexicano." "En la política se condena a la belleza cuando ésta interfiere con el poder." "Los políticos, como los escritores, pueden permitirse todo menos aburrir al público." "El miedo es el peor consejero, no aconseja sino crímenes. Detrás de cada dictador hay un potencial de miedo infinito." "El presidente no es más que un empleado del pueblo: no es Dios. Yo creo que Dios no dura seis años ¿sabes? Si un administrador no satisface las necesidades, que se vaya. Puede haber otro más apto." "Estamos en el tiempo de matar: se empieza matando en el nombre de una idea y se termina asesinando en el nombre de un jefe. ¡Y un jefe es una mentira!" "El fin de todo acto político es la toma del poder. Y el fin del poder es conservarlo. Toda política está fundada en una filosofía o ideología. La monarquía sostenida por la filosofía espiritualista y religiosa se fundó en el derecho divino. La gran burguesía arrebató el poder a la nobleza fundándose en los derechos humanos y la abolición del derecho divino. A su vez, la pequeña burguesía representada por Marx y Lenin, carente de poder económico y de poder divino, fundamentó su derecho al poder político en la intelectualidad. Y de hecho la gran revolución comunista no es sino el asalto al poder de la clase más ávida: la pequeña burguesía." Contestataria y coqueta a la vez, Elena le asegura a Carlos Landeros: "Si fuera castrista lucharía por el castrismo y yo sólo peleo por la Constitución mexicana. Yo soy agrarista guadalupana, porque soy muy católica. Devota del Arcángel San Miguel y de la Virgen de Guadalupe, patrona de los indios."

A partir de 1963, los acontecimientos se precipitan y a Elena, anticastrista, la involucran en las investigaciones de la cia sobre el asesinato de John F. Kennedy. Ya no sólo le preocupan los asuntos campesinos, Elena conoce al presunto asesino (desde luego, ligado a Cuba) y lo denuncia. A partir de entonces cobra vida su novela aún no escrita, Andamos huyendo Lola, porque, acorralada por sí misma y por las intrigas, se acentúa su delirio de persecución, su paranoia.

En 1965, Madrazo, presidente del pri, intentó reestructurar al partido oficial. Elena publicó una entrevista con él de casi cien páginas en que lo elogia demasiado y lo convierte en un héroe. Cita a Carlos Madrazo: "Creo en la rebeldía como una forma viva del pensamiento. Creo que es una de las formas más vivas de expresión. Los grandes sabios, los grandes escritores, los descubridores, no han sido otra cosa que rebeldes." "El amor es un método de conocimiento y creo que fue el método empleado por Balzac." "Porque el hombre confronta su estatura pequeña con los valores superiores por los que debe vivir y morir. La lucha es eso: un riesgo y esto no debe aceptarse si uno no está dispuesto a llevarla hasta su final. Los hombres nos dividimos en dos grupos: los que aprendemos a morir y los que aprenden a vivir.". "La izquierda mexicana ha creado, a través de la historia del país, un clima de combate civil, y de ella han surgido todos nuestros grandes hombres." "El hombre es falible, pero para mí vale igual quien se equivoca actuando en pos de una idea generosa, que aquel que teóricamente es perfecto pero que nunca ha hecho nada." Elena asegura que el pri es una empresa privada y no un partido político, y es muy buena su crítica a Lauro Ortega, "hombre enormemente rico y actual dirigente del pri, que representa en México a la empresa japonesa Mitsubitsi y trabaja para ella obteniendo desde el poder todos los contratos que la favorezcan aunque resulten onerosos para el país". En todas partes, Elena suelta el nombre de Madrazo, cualquier ocasión es buena para hacer la apología de su ídolo. Lo apoyó hasta ir con Gregorio Ortega (director de la Revista de América a quienes todos llamaban Orteguita) a pedirle que encabezara el movimiento estudiantil que terminó en la masacre del 2 de octubre de 1968. Madrazo, como buen político, se negó. Elena siguió yendo a las asambleas en Ciudad Universitaria a gritar: "Madrazo, Madrazo, Madrazo." Él iba a llevar a cabo la Reforma agraria, él haría justicia, él combatiría el racismo, él, que ya despertaba pasiones, controversias, discusiones; él, sólo él, que leía a Balzac, que tenía cifras y datos en la punta de la lengua, el informado, el activista, el gran lector, el hombre pensante decía la verdad al igual que Churchill. Madrazo superhombre desbancaría a los protagonistas de la historia universal. Activista, Elena decía de sí misma que era una partícula revoltosa. También el Distrito Federal estaba revuelto. Elena iba y venia, argumentaba, denunciaba y volvía a denunciar. "La mujer de Octavio Paz", comentaban a pesar de la separación. Su hija Helenita, aun más airada, arrebataba la palabra: era muy evidente la presencia de las dos Elenas en actos públicos que invariablemente causaban sensación. Dos mujeres rubias y guapas, impecablemente vestidas, sobre sus altos tacones, abanderaban a Madrazo. (Para ser un poco frívola, habría que recordar que Elena tenía piernas tan hermosas, o más, como las de Marlene Dietrich). En todas partes se les reconocía, en algunas corrían a recibirlas, en otras, huían. "Mucha gente me ha dicho que si no tengo miedo de señalar a los que violan las leyes –le dijo a Carlos Landeros–, pero por qué voy a tener miedo, si yo no hago más que repetir lo que dicen las cabezas del gobierno."

Quien habría de huir con su hija tomada de la mano fue la propia Elena. El 17 de agosto publicó en la Revista de América "El complot de los cobardes" acusando a los intelectuales de mandar a los jóvenes al matadero. Todavía el 22 de agosto de 1968 la Chata encabezó una manifestación frente a la Embajada de la urss contra la invasión de Checoslovaquia. "Helena, la hija del poeta Octavio Paz" consignan los periódicos. A propósito de la actitud antiintelectual de Elena, Archibaldo Burns habría de decirle a Patricia Vega: "Mira, en el ’68 vi poco a Elena, pero ella tenía la obsesión de siempre: Octavio Paz, y quería fastidiar a los amigos intelectuales de Octavio –lo fueran o no, esto es importante, porque ella los veía como los amigos de Paz–, por eso decía que todas esas gentes estaban mandando a los estudiantes de carne de cañón, que los iban a matar y que iban a dar a la cárcel, mientras ellos estaban muy cómodamente instalados en sus casas. Ella pensaba que los amigos de Octavio estaban haciendo eso; además Elena detestaba a los comunistas, les tenía un odio feroz." El 7 de octubre de 1968 culpó a quinientos intelectuales y los madracistas se equivocaron al decirle que fuera a esconderse. La propia Elena, ya muy acelerada, llamaba a la Dirección de la Federal de Seguridad: "Habla Elena Garro. Insisto en que vengan a aprehenderme. Que me fusilen si soy culpable." ¿La ayudaron después los políticos que tanto había ensalzado? Rojo Gómez, Madrazo y Palancares, le aconsejaron prudencia. Las cosas se habrían calmado y nada le habría pasado si hubiera permanecido en México. Su propio delirio la empujó a denunciar a quien se le dio la gana. Barrió con quinientos intelectuales. (No sabía yo que había tantos). Incluyó, por ejemplo, a Leonora Carrington (quién no tenía nada que ver) simplemente porque la gran pintora era amiga de Octavio. Ninguno de los acusados le habría hecho daño. ¿Para qué? Ella se bastaba sola. "Fue cuando decidí huir para escapar a mi asesinato que aquellos estudiantes, que nunca supe si lo eran, me vinieron a comunicar." ¿Y la Chata? Ninguna mención a su hija. ¿A poco a ella iban a dejarla viva? A partir de entonces se agudizó su delirio en el que introdujo malamente a su hija, la Chatita. Octavio Paz alguna vez exclamó: "Lo que no puedo perdonarle es lo que le ha hecho a nuestra hija." A Octavio debió dolerle la carta que Helenita, su hija, le escribió a cambio de su poema rechazando asistir a la Olimpiada Cultural que se iniciaría el 12 de octubre de 1968. Juan Soriano resume con inteligencia la situación de Elena Garro en el ’68, y Elena lo cita: "Juan Soriano me dijo mucho después: ‘Actuaste siempre como una persona libre, sin grupo o partido y eras el blanco ideal.’ Por eso digo que no tengo lugar ni a izquierda, derecha o medio centro. Soy una outcast, una indeseada."

Estigmatizada por Octavio Paz, crucificada por Octavio, obsesionada por Octavio, hablaba de él cuando Octavio ya no la mencionaba. O apenas y en función de su hija. A Gabriela Mora le dijo: "Yo vivo contra él, estudié contra él, hablé contra él, tuve amantes contra él, escribí contra él y defendí a los indios contra él. Escribí de política contra él, en fin, todo, todo, todo lo que soy es contra él. Mira, Gabriela, en la vida no tienes más que un enemigo y con eso basta. Y mi enemigo es Paz."

Que Elena Garro sedujo hasta los últimos años de su vida, lo dicen sus entrevistadores, que terminaban arrodillados a sus pies. Así le pasó al reportero Luis Enrique Ramírez, que quería enviarle su sueldo a París. "¡Pero Luis Enrique, las condiciones de Elena son mucho mejores que las suyas!" Luis Enrique gastó lo que no tenía para llamarla por teléfono a París. Una Elena de casi ochenta años lo había subyugado en la casa de Devaki, en Cuernavaca. También Patricia Vega quedó prendada. La voz baja y delgadita de Elena, apenas el susurro de una voz, embrujaba. Había que acercarse mucho para no perder una sola de sus mágicas palabras y los oyentes se quemaban. Elena resultó ser un veneno muy poderoso, pero la primera que se envenenó fue ella misma. Muchos años antes, cuando Carlos Fuentes supo que Elena Garro estaba en el Festival de Cine de Cannes con Archibaldo Burns y que se había metido a bañar en Eden Roc, comentó: "Se han de haber envenenado hasta los que se bañaban en el mar de Mármara."

¿Quién mató a Elena Garro si no la propia Elena Garro? A cinco años de su muerte, es posible descubrir que el verdadero asesino de Elena fue su vida alejada de la realidad, incluso de sí misma. Su paranoia no tuvo límites. En cada esquina se fraguaba un complot en contra suya. Helenita, la Chatita como le decían, y ella, corrían el máximo peligro. Las seguían por la calle, su teléfono estaba intervenido, querían acabar con ellas. ¿Quiénes? ¿Quién podría matarlas? ¿Los estudiantes? ¿Los campesinos? ¿Los empresarios? ¿El gobierno? ¿Quiénes eran los autores de las maquinaciones? Aunque aseguró que el ex presidente Adolfo López Mateos, durante su sexenio, le ordenó a Octavio Paz sacarla del país, lo cierto es que también le dijo a Carlos Landeros, en 1965, que el gobierno la quería: "A mí el gobierno me quiere muchísimo. La prueba de que hay la máxima libertad de prensa soy yo." Por fin, ¿me quieres o no me quieres, como dice la canción?

Para documentar la mala situación económica de las dos Elenas, Patricia Rosas Lopátegui comenta que Elena le dice al poderoso y temido secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios, que ella ya sabe que él se la quiere echar al plato, pero en México, en lenguaje popular "echar al plato" significa hacer el amor, y Patricia le da una connotación trágica. Elena no tiene qué comer, no tiene nada en su plato. "Elena representa el signo de su desamparo, y al encontrarse en una situación vulnerable, se representa como una figura sometida y postrada a través del símbolo del alimento que yace en un plato y puede ser ingerido, o un cuerpo extendido con el que se puede hacer lo que se quiera." ¡Nada más irreal y absurdo! Elena coqueteó con casi todos los personajes sobre quienes escribió, incluso con aquellos a quienes atacó como Titino Agustín Legorreta, o Norberto Aguirre Palancares, a quién consideraba guapísimo. "Se parece a Robert Oppenheimer", o César del Ángel, el líder coprero a quien escondió en su casa durante días, y Carlos Madrazo, que para ella fue Dios sobre la Tierra. Todos le correspondieron. Era una hechicera. Cuando no la veía, Carlos Madrazo le enviaba con su chofer estuches con brazaletes y collares a su casa de Alencastre, y ella sacaba a bailar al chofer. A Fernando Gutiérrez Barrios, Elena le escribió una carta francamente lacayuna llamándolo "D’Artagnan", guapo, inteligente, leal, benevolente, impartidor de justicia, y se comenta que con él hizo un pacto secreto ligado al Movimiento Estudiantil.

Elena se echaba a la bolsa a quién se le antojaba. Por ejemplo, le cayó muy en gracia a su casero, el abogado Raúl Cárdenas, quien venía a cobrarle la renta de la casa de Alencastre (que casi nunca pagaba), pero salía encandilado después de varias horas de conversación prodigiosa. Durante toda su estancia en México, el poeta cubano Roberto Fernández Retamar no salió de Alencastre, embrujado por las dos Elenas. "Es guapísimo, parece un príncipe italiano." Exaltada, Garro escribe cinco artículos sobre Régis Debray, y asiste a una manifestación callejera frente a la Embajada de Bolivia donde se hace notar (siempre se hacía notar). De Régis escribe: "Militares que chorrean sangre de pobre, no pueden hablar en el nombre de los pobres para atacar a un joven que piensa que esos pobres son defendibles."

Rodeada de gatos franceses y gatos mexicanos que no se llevaban entre sí y necesitaban dos piezas para no pelearse, una para los franceses y otra para los mexicanos, en un mísero departamento de Cuernavaca, sentada en un sillón con sus inseparables cigarros Lucky Strike, la atmósfera en la que vivió sus últimos días fue deplorable. El olor a amoniaco descendía hasta la calle, pero ni una ni otra de las dos Elenas parecía notarlo. Al contrario, le cedían su espacio a los gatos. Elena, en los huesos, se nutría de café, Coca Cola y cigarros. La Chata y ella peleaban. Quienes la visitaban regresaban deprimidos, pero todavía subyugados por su encanto. "Están muy mal, de veras sus circunstancias no podrían ser más adversas." Se hacían colectas, el dinero desaparecía en un santiamén.

No hubo complot, ni confabulación, ni conspiración en contra suya. Las novelas y los cuentos de Elena eran leídos y comentados. Muchos universitarios querían hacer su tesis sobre su obra, no sólo en México sino también en Estados Unidos. Jóvenes entusiastas deseaban verla, "no seas mala, me muero por conocerla", y varios periodistas andaban tras una entrevista con ella. Su traición (porque la llamaron traidora) sólo acentuó el mito que empezó a fabricarse en torno a ella. Su teatro seguía llevándose a escena, no sólo en foros universitarios sino en Oxolotan, Tabasco. En 1991, durante el primer viaje, María Alicia Martínez Medrano montó con niños y ancianos en el campo tabasqueño varias de sus obras, entre otras Perfecto Luna, El árbol. Elena prefirió quedarse en Cuernavaca con Devaki, su hermana, en vez de acudir a ver esta función que mucho la habría gratificado. Monterrey, la primera ciudad en invitarla, le rindió un magno homenaje antes de su regreso definitivo a México, en 1993. (Desde el hotel llamó todos los días por teléfono al cuidador de sus gatos. ¿Sería Albano, su hermano bien amado?). Puebla la hizo hija predilecta y le dio las llaves de la ciudad. En varias ciudades de la República la recibieron con emoción, y Elena encontró lectores fervientes. También en Bellas Artes se hicieron mesas redondas en las que participaron decenas de admiradores. Imposible decir: "Me roban, me atacan, no reconocen mis méritos, me odian, me quieren eliminar, me atosigan."

El desplome final se debió a la confusión, la falta de realismo que la hizo actuar en contra suya. Cuando la invitaron a regresar a México, creyó que el gobierno le iba a poner casa. No fue así. La verdad, el gobierno habría podido hacerlo. Conaculta, sin embargo, trajo a siete gatos franceses en sus debidas jaulas. A Elena le fue otorgada la beca de creadores eméritos, y a su hija, poeta, otra beca. A lo largo de los años, Octavio Paz nunca dejó de enviarles su pensión. Sari Bermúdez, al frente del Conaculta, se convirtió en su hada madrina y cuidó de su salud, pero Elena tuvo que arreglárselas sola en el departamento de su hermana Estrella, recién muerta. ¡Qué tristeza todo! Las dos Elenas querían regresar a París. Así las vio Patricia Rosas Lopátegui, solas y desconsoladas, y por eso el homenaje que les rinde y el fervor con el que se los rinde es doblemente valioso. Les tiende la mano a las caídas, a las abandonadas, a las que equivocaron el camino, a las del regreso a la "penitenciaría", como llama Elena al feo edificio cubierto de barrotes negros. "No reconozco a México, todo ha cambiado para mal."

Vieja y enferma, Elena Garro volvió al principio de sus Recuerdos del porvenir: "Aquí estoy, sentado(a) sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra [...] estoy y estuve en muchos ojos, yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga"... "Quisiera no tener memoria o convertirme en el piadoso polvo para escapar a la condena de mirarme."

CARLOS SÁNCHEZ: TESTIMONIOS SOBRE EL SEMPITERNO VIVIENTE

CARLOS SÁNCHEZ: TESTIMONIOS SOBRE EL SEMPITERNO VIVIENTE

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José Lara 

 

 

Varias veces lo sorprendí parado frente a las ventadas mirando la Ciudad de México. Desde lo alto del piso 14 de un edificio de la función pública, ahí estaba Carlos Sánchez, contemplaba el horizonte y sus ojos deseaban embriagarse de ese paisaje y de su entraña que siempre representa un misterio.

 

            Vino desde Sonora especialmente a eso. A sentir en carne propia las pulsaciones de esta urbe, sus sabores, ruidos, aromas y hedores; el golpeteo de una masa humana que diariamente ama, trabaja, vive, sobrevive, sufre, goza y juega a reinventarse.

 

            La estadía de casi un mes en esta metrópoli por parte del autor, dio como resultado esta serie de crónicas urbanas, que si bien representan una visión particular porque es una tarea imposible desentrañar a esta gran capital, también ofrecen la inmejorable oportunidad de contemplarla a través de una mirada limpia y de una escritura ágil y certera, mediante la cual, se revela al lector algunos de esos detalles que se hallan desperdigados y ocultos entre el gran muladar de edificios, avenidas, autos y corrientes humanas que transitan en distintas direcciones.

 

            El personaje anodino es el protagonista de casi todas las historias de Carlos Sánchez. En ese sentido, el cronista sonorense tiene el gran acierto de dar voz y vida al verdadero constructor de la patria: el que hizo su humilde epopeya desde el barrio bravo de Tepito, el melómano vendedor de discos y ferviente admirador de Zitarroza, el anciano que asiste el mitin convocado por Andrés Manuel López Obrador y el trovador que canta en contra del fraude y a favor de la democracia, entre otros; las emociones también tienen un lugar especial en estos escritos: la fiebre futbolera desde las tribunas del Estadio Azul, la vorágine de las marchas en el Zócalo capitalino y la estética del plantón que tomó por asalto el Paseo de la Reforma son algunos de los pasajes a través del los cuales, el autor nos comparte la forma en que la Ciudad de México se le revela.

 

Si bien este libro tiene una carga especial en los panoramas urbanos creados al calor de la protesta obradorista, donde la congregación no es local sino nacional, también sobresalen los textos en los que narra su encuentro con periodistas y creadores con los que Sánchez convivió durante su aventurera estancia en el Distrito Federal. Alegría Martínez, José Luis Martínez, Arcelia Ramírez, Víctor Roura y Eusebio Ruvalcaba, son principalmente las personalidades cuyos testimonios en el oficio de la creación literaria, teatral y periodística, nutren de manera importante este volumen.

 

La necesidad de devorar todo cuanto le ofrecía el entorno citadino logró que Carlos Sánchez se llevara a su ciudad estos fragmentos de vida. En ese sentido, lo que el lector tiene en sus manos es una suerte de perennidad transformada en escritura.

 

Sin temor a equivocarme, la Ciudad de México es eso. No sólo un lugar al que muchos temen, sino una escritura, un testimonio de vida construido a través de distintos haceres y visiones; un tiempo que reúne todos los tiempos, un sempiterno viviente, que a ciencia cierta no es posible explicar ni definir.

 

Aquí el trabajo de Carlos Sánchez, los testimonios de un periplo que seguramente confirman al escritor, que el buen camino de la creación se sustenta no sólo en el amor y la pasión por la escritura, sino también en la fraternidad con los otros.

Mar adentro

Mar adentro

es un pez que abre la celda de su cuerpo. se baña de tiempo.

El poeta deja su sangre en lo que escribe.

El poeta deja su sangre en lo que escribe.

P Á G I N A S D E L A R E P Ú B L I C A/EL FINANCIERO
Carlos Sánchez
Viernes, 18 de agosto de 2006
 
  • El caleidoscopio de Laura Delia Quintero.

 

 
HERMOSILLO, Son.- En Laura Delia Quintero G., que en el oficio de maestra le fue la vida, ahora la poesía le brota con sinceridad. A pesar de llevar años en el oficio de escribir no es sino hasta este 2006 que el Instituto Sonorense de Cultura, en coedición con ediciones La Cábula y Quedra Khoyada, publica Caleidoscopio de Hai-kais / Humilde ante la vida, donde la poeta muestra su humildad en la palabra.

-No prendas eso que me pone nerviosa -dice la poeta.

-Si no enciendo la grabadora corremos el riesgo de que invente la entrevista.

-No, no vayas a escribir una cosa mala de mí, yo tan buena que soy.

Una carcajada es preámbulo para la conversación.

-¿Qué implica publicar este libro de hai- kais?

-Es uno de los momentos más importantes de mi vida. Yo pensé que jamás vería este libro publicado. Esto no es fácil, posiblemente para muchas personas lo sea, pero para mí no lo ha sido. No tengo poemarios publicados, salvo uno que salió hace un mundo de años, intitulado Sobre las huellas del polvo, en la Casa de la Cultura.

-¿Y Construyo tu cuerpo?

-Ése fue un poemario de veintitantas páginas que editó el Instituto Sonorense de Cultura, y por equis o ye no circuló. Dicho poemario está en un libro que me va a publicar la Universidad de Sonora.

-Quienes la conocemos sabemos que su actitud hacia la poesía es con sobrada humildad. ¿Así la asume?

-No es fácil explicarlo. Para mí la poesía es parte de mi vida. Es algo con lo que amanezco, anochezco y vivo, es como comer, aunque no siempre estoy trabajando en ella; pero estoy leyendo, recogiendo frases que me gustan, escribiéndolas, anotándolas. Y en cuanto a mi persona creo que el poeta, como todo artista, debe ser humilde. Uno nunca debe pensar que es el centro del universo, porque al rato viene una persona y te demuestra que no lo eres. Como dice el dicho: para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo. Además, quizás por mi edad, pero me he puesto a pensar a dónde va todo, qué hacemos nosotros, no nos llevamos nada, nos morimos y en dónde quedan las vanidades, los engreimientos, las envidias, se me hace tan vano todo eso.

-¿Y no será que la humildad es una actitud natural?

-Para qué más que la verdad, yo no lo sé. Pero no digo que todos los poetas deben ser humildes, yo tomo la poesía con mucha humildad porque empecé a escribir ya grande.

-¿A qué edad?

-Leer y escribir cositas así como cancioncitas, toda la vida; pero hablando ya de poesía, desde el 82. No estaba en mi pensamiento escribir. Poco a poco fue saliendo y tuve necesidad de expresarme y nació con mayor motivo por un choque muy fuerte que viví. Como no soy muy conversadora ni extrovertida, para mí es más fácil escribirlo que decirlo. Tenía una amiga de muchos años, compañera de trabajo, 25 años trabajamos juntas, y estábamos esperando jubilarnos las dos, y hacíamos planes: tendríamos una casa en Bahía de Kino, donde estaríamos los fines de semana, pero enfermó de cáncer y murió: su muerte me pegó duro. Hice un poema dedicado a ella, y en una ocasión José Sapién, maestro de letras, me dijo: te leí y quisiera que siguieras. Ese estímulo fue el arranque de todo.

-Parecería que la poesía se le viera en la mirada.

-Posiblemente. Para mí el primer poemario, Sobre las huellas del polvo, fue un desgarramiento. En ese tiempo me sentía desollada y siempre pensé que el poeta debía ser sincero consigo mismo y con lo que escribe; esa fue una época muy dura para mí y el poemario un exorcismo; después no ha sido igual y espero no haber escrito poemas tan duros como los de ese tiempo, tan amargos. Si uno no escribe sobre sus vivencias, escribe sobre lo que ve, piensa, siente, lo que vivió, sufrió y gozó.

-¿Qué tan placentera es la poesía?

-Ya el hecho de escribir y sentarme a hacerlo es un gozo. Es una mala comparación, pero es como cuando está esperando uno un hijo, o está esperando uno que llegue la persona que quiere y siente mariposas en el estómago y muchas cosas emocionales que te brincan.

-Si habría que poner en una balanza el sufrimiento y el gozo, ¿qué predominaría?

-De un tiempo para acá siento que es más el placer por el placer mismo de escribir. Lo primero sí fue para mí un desgarramiento y lo escribí con mucho dolor, ya después he escrito por gusto. Mas he sido sincera, mi estado de ánimo se refleja en los poemas porque considero que el poeta no debe ser mentiroso: el poeta que realmente es poeta tiene que dejar en lo que escribe sus nervios, su sangre, el sufrimiento, su gozo, su tristeza... Te iba a decir otra cosa, se me fue la onda porque estaba viendo ese perro que va ahí todo chueco, me dan mucha lástima los animales, me duelen.

-¿Y le duele la vida?

-Ahora no, antes sí me dolía. Ahora lo tomo con mucha paciencia. [Una carcajada.] Ahora ya sé que uno haga o no haga en este mundo, de todas maneras se va a ir. Si hizo uno algo, qué bueno, si no lo hizo, de todas maneras se irá. Lo único cierto es la ceniza que nos llega tarde que temprano.

-¿Tiene más tiempo ahora para la poesía?

-Sí. Y puedo dedicarle más horas a esto. Escribo cuando están las condiciones para hacerlo. A veces te falta un lugar. O cuando quieres hacerlo no puedes porque tienes ocupaciones. Pero, sí, ahora le estoy metiendo muchas ganas al asunto; después de Sobre las huellas del polvo dejé mucho tiempo de escribir poesía, salvo una que otra cosa muy esporádica.

-¿Escribe por impulso, por disciplina o por necesidad?

-Escribir siempre ha sido una necesidad. No porque me imponga una disciplina; sobre todo es la necesidad de comunicarme conmigo misma.

-Cómo es el entorno donde escribe?

-Generalmente en mi casa, en la noche, cuando todos están dormidos. Escribo a mano, con lápiz, porque hay que borrar mucho. Hay que hacer las cosas, dejarlas y luego volver sobre ellas, revisarlas, pulir todo lo que se pueda. Pero he de decir que uno no es tan objetivo con su trabajo como lo es con los demás. Según varios escritores y periodistas, la mujer escribe con la víscera, con el vientre, pero yo digo: uno escribe con todo eso, sí, más la inteligencia. En la poesía están las dos cosas: inteligencia y emoción. No puede ser nada más víscera, porque hay algo que tiene que regir todo eso. Finalmente, no es nada sencillo hablar de poesía.

Satanás sólo ha tenido mala prensa: experto

Satanás sólo ha tenido mala prensa: experto

 Horacio Salazar/Milenio  Satanás, Satán, el diablo o como quiera que se le llame, ha sido acusado injusta y perversamente. Más que el arquetipo del mal, el pobre diablo literalmente es sólo un alto burócrata celeste. No es ni enemigo de Dios ni se llamó Lucifer y ni siquiera fue él quien indujo a pecar a Eva y Adán.

Tales son los argumentos del medievalista Henry Angsar Kelly, quien corona 40 años de investigación sobre el tema diabólico con un libro que publica este mes la Cambridge University Press: Satanás: una biografía.

El académico, que hace una veintena de años expuso al mundo una historia documental del Día de San Valentín, dice que el clero, sobre todo los primeros padres de la Iglesia, pero también artistas, filósofos y eruditos religiosos, han conspirado para crear una falsa imagen de Satanás.

“Una lectura estricta de la Biblia muestra que Satán es menos como Darth Vader y más y más como un fiscal excesivamente celoso”, dijo Kelly, profesor emérito de inglés en la Universidad de California en Los Ángeles y antiguo director del Centro de Estudios Medievales y Renacentistas de la universidad.

“No es tanto una figura orgullosa y enfurecida que se aleja de Dios, como un Joseph McCarthy o J. Edgar Hoover”, agregó el académico. “La intención básica de Satán es descubrir malhechuras y traiciones, por estrictos y poco escrupulosos que sean los medios. Pero así y todo es parte de la administración de Dios”.

¿La administración de Dios? Así llama Kelly a la alta jerarquía celestial, en la que Satanás juega un papel difícil, parecido al de Judas cerca de Cristo: le toca poner a prueba la virtud humana, como aparece en el libro de Job. Satanás no es el enemigo de Dios; es un “funcionario divino”, y la adjudicación del mal como su atributo principal ha sido hija de una serie de malos entendidos.

En general, los cristianos ven a Satanás como un antiguo angel caído. Se llamaba Lucifer y, al inicio de la Creación, se rebeló contra Dios. Echado del Cielo, se convirtió en serpiente y bajo este disfraz indujo a los primeros humanos, Adán y Eva, para que pecaran. Según la idea tradicional, a lo largo de la historia humana Satanás ha tratado de ganar almas para su reino infernal.

Pero Kelly dijo que nada de esto está en la Biblia. “Nadie en el Antiguo Testamento -y a decir verdad, tampoco en el Nuevo Testamento- identifica jamás a la serpiente del Edén con Satanás. La serpiente es sólo el animal más inteligente, y es motivada por la envidia después de que Adán la plantó por Eva”.

Según Kelly, Satanás fue transformado en sinónimo del mal gracias a dos cristianos. Justino de Samaria, mártir del siglo II, fue el primero en argumentar, en un diálogo, que Satanás se apareció como serpiente para tentar a Eva y Adán. La idea sería que al motivar la caída de Adán y Eva, Satanás causó su propia caída.

En el siglo III, Orígenes de Alejandría concluyó que un pasaje del libro de Isaías sólo podía aludir a Satanás, pues se dice que Lucifer cayó del cielo. Pero esto no puede aludir a Satanás, pues en los textos hebreos se llamaba Lucifer al monarca tiránico de Babilonia. Algo peculiar es que en el Nuevo Testamento se llama Lucifer a Jesús, por representar un nuevo comienzo.

Kelly argumenta que en general, si se lee con cuidado, se ve que para los textos bíblicos Satanás es algo así como el policía malo, que zarandea a los delincuentes amenazándolos con el infierno, mientras que el policía bueno -Jehová en el Antiguo Testamento; Cristo en el Nuevo Testamento- busca llevarlos al bien.

“A lo largo de todo, Satanás es alguien que trabaja para Dios”, dice Kelly. Y admite que por sólidos que sean sus argumentos, "lo que digo escandalizará a algunas personas". Diablos, vaya que sí.

Argumentos

De acuerdo con Henry Kelly, en los libros del Antiguo Testamento, Satanás aparece solamente en tres ocasiones, y en cada caso como un "funcionario" celestial, cumpliendo un papel divino, en el rol de "adversario", que se traduce al griego como "diablo" y al hebreo como "satanás".

El pasaje de Isaías 14:12 donde se relata la caída de Lucifer, aludiría no a Satanás, sino al rey babilonio que tenía sometido al pueblo hebreo, que se jactaba de sus conquistas y que estaba "a punto de ser arrojado al suelo". Lucifer no era Satanás.

En el Apocalipsis, que cierra el Nuevo Testamento, se habla de una "serpiente antigua" y se la ha asociado con Satanás, pero según Kelly se trata aquí de la serpiente marina gigante Leviatán, que en el texto ya es un dragón con siete cabezas y diez cuernos.

Pero ni siquiera la simpatía por el diablo de Kelly hace que Satanás sea para él una figura agradable. Dice que todos lo ven como representante de "la vieja guardia en la burocracia celeste", de modo que todos ansían su derrocamiento final.

Crónica y vocación

Crónica y vocación

Carlos Sánchez 

Tardan es la marca del sombrero: tipo Panamá. La sombra del ala le cae a medio rostro. El gabán mediano le rebasa la cintura hacia abajo. El pantalón de mezclilla es azul, con el dobladillo que marca la época del pachuco. Zapato negro, con lustre.

Las suelas con las que pisa Humberto Ríos Navarrete, periodista de Milenio, recorren el Zócalo, a propuesta del reportero que toma nota como preámbulo a la entrevista con Ríos Navarrete, quien conoce la ciudad y su corazón, porque “tengo más de toda la vida en el D.F.”

Desde el punto de partida que es la Catedral Metropolitana, el autor de Crónicas Urbanas, sección semanal del diario de marras, guía el recorrido.

Estacionarse en una de las entradas hacia el campamento del Zócalo, es motivo de reclamo de unos de los comisionados (que resguarda la esfera pejecuartel) quien le espeta al reportero que en el diario donde trabaja “dicen puras mentiras”.

En el mismo lugar, uno de los personajes mayores del movimiento, Jesús Ortega, conversa con adherentes del movimiento. Humberto observa.

En ese estacionarse para observar, los conceptos sobre lo que es el ejercicio periodístico, brota en la voz del cronista. Hay una actitud inherente, inevitable, por elección, de observar, narrar, contar. Que las declaraciones están negadas para sus oídos, no, pero sí es prioridad construir sus textos a partir de lo que escucha, huele, mira.

Las declaraciones las darán los medios todos, de manera por demás emergente, “en unos minutos las declaraciones de Andrés Manuel estarán en los portales de Internet, lo que acontece con la gente, alrededor del movimiento, no”.

Reiniciar la marcha hasta detenerse en otra de las entradas. Y el acceso a la prensa está negado. Cada vez se cierra más el campamento. Acompañados de los pasos sobre los zapatos negros, Humberto construye con el índice de su derecha el mapa del campamento, son sus ojos los que ubican el color gris, blanco y amarillo del campamento donde dicen mora López Obrador.

“Y hasta parece que ya nos estamos albureando”, subraya, por aquello de que el color amarillo está más abajo, y mueve ágil su mirada, el índice, las palabras.

A la par de la caminata las voces se diversifican, la prohibición al acceso es una sola. No hay entrada para nadie, ni para el reportero. Quienes sí puede entrar, a decir del que cuida la puerta, son aquellos que portan gafetes cuya imagen impresa es una caricatura del Peje que sonríe.

Aguzada la intuición, sagaz el oficio. Humberto no desaprovecha la oportunidad para convocar a don Martín Domínguez, quien ese instante se escurre hacia el corazón del campamento. El cronista se las ingenia y ante sus preguntas está ya don Martín quien con desenfreno narra el cómo y por qué dejar su ejido, la tierra tamaulipeca para sumarse a la lucha.

La pluma en la diestra de Humberto hace lo suyo sobre una hoja de la libreta de taquigrafía.

Después el acuerdo con don Martín para que más tarde un fotógrafo registre en su cámara la resistencia del rostro del campesino tamaulipeco. El septuagenario que asiente. El cronista que anota con la pluma los datos necesarios para esa próxima viñeta a construir.

El recorrido es tan fugaz como productivo.

 En media hora está el boletín 

Entrar a un café es necesario para reposar y beber, preguntar y grabar.

El capuchino en sus ojos, su garganta. En una mano el reloj de extensible café, de piel, en la otra un Marlboro encendido.

Humberto es la capacidad de asombro, el niño que siempre pregunta, y pregunta. La emoción se desboca al reconocerse preguntón, curioso, empedernido reconstructor de hechos.

Citar un acontecimiento es también necesario, y en la conversación revive Tláhuac con los policías linchados.

Ríos Navarrete dibuja con palabras -metáfora que en un momento de la entrevista él construyó- el instante de observar, también al través de las palabras, cómo la gente ponía fin a la vida de unos de los tres policías.

En el ejercicio periodístico, y bajo encomienda de su editor, el cronista entrevistó a un reportero de T.V Azteca, quien por la premura de nota en televisión, no pudo contar a detalle lo vivido ese día trágico.

Recordar uno de los detalles más impresionantes es el símil de un cuchillo que se encaja en la cicatriz: “el reportero me dijo que habló a la Policía Federal Preventiva, y que al decirles que estaban matando a unos policías en Tláhuac, la respuesta fue que en media hora enviarían el boletín”.

El reportero insistió y la respuesta fue la misma. Eso sólo lo sabría la sociedad al encontrarse con la crónica firmada por Humberto Ríos Navarrete.

 Vocación perenne 

Cabe la angustia en la mirada, en el recuerdo. Si bien es cierto el género de la crónica da el privilegio de narrar con lujo de detalle, también exige a personalizar desde la observación, desde la sensibilidad.

Observar es actitud indispensable. Humberto tiene ojos en la espalda, en los costados.

Observa mucho más allá porque el olfato así lo determina. En ese ver, oír, sentir, vive la actitud de la sencillez, de la capacidad de pasar desapercibido, de perderse entre uno más de los muchos que recorren las calles de la ciudad.

La pretensión está negada de manera natural, por eso desde hace veinticinco años, desde que inició su oficio de la pluma, hasta hoy, ningún libro lleva su firma, aunque ha sido antologado en  

El fin de la nostalgia, nueva crónica de la ciudad de México (ed. Nueva imagen), entre otros.

Escribir para publicar en el periódico satisface su vocación.

Hay un par de tazas cuyo color café es vestigio del capuchino. Dos o tres colillas de Marlboro que tocaron los labios durante la conversación.

Salir es inevitable, retornar a la calle para tomar el metro, para llegar a la sala de redacción, y en el camino aprehender los conceptos del género crónica que se reducen a una frase: “narrar lo que ocurre”.

Antes de pagar la cuenta, y salir del café, la pregunta es sobre si el cronista puede celebrar la existencia del fenómeno voto por voto, del aposento de los un chingo de ciudadanos en el Zócalo, en Reforma.

Preciso, conciso, como su estilo, sus textos, Humberto Ríos Navarrete responde: “celebrar que hay nota”.

Después una carcajada es el preámbulo para que los ojos del cronistas se encuentren de nuevo con la ciudad, con la estación Allende, donde sin dejar de construir en la memoria la crónica que sigue, apunta el abandono del metro por parte de las autoridades.

“El metro –por ejemplo – siempre es materia para narrar”.

 

Tepito: un Dios que todo lo tiene

Tepito: un Dios que todo lo tiene

Carlos Sánchez 

Para Tonatiuh Mar

Son topos que caminan en rumbo inverso. Es la raza que asoma sus ojos para encontrarlo todo. Hay un pantalón de mezclilla de sesenta varos, “a sesenta varos”, insiste el chavo en su afán de vender. Lagunilla es la estación del metro: consuetudinario parto de multitudes. ¿Cómo enumerar las ofertas? Lagunilla es un mercado perenne. La prisa es un tic tac que sólo cesa en el instante de la tranza: vender, comprar. Y avanzar.  A unos pasos la capacidad de tranza aumenta: Tepito es un monstruo que yergue su pecho y mira vigilante a los consumidores acelerados. Controlarlo todo es su posición, fiscalizar el bolsillo del visitante, acariciarlo, dejar que haga su voluntad, mas no dejarlo ir ileso. Compra porque compra. Vende porque vende. Es la ley del comercio: la habilidad para seguir respirando, comiendo, existiendo. Tepito es un Dios porque todo lo tiene. Y si acaso no existe lo que se busca, debe ser porque no es tan necesario. El mito de Tepito no es tan mito: la violencia sinónimo de resistencia es una realidad.  Empero en el trazo del león que pintan, también hay margen de error para la pincelada. Que hay una tacha, cierto, una grapa de coca, un cien de mota, una píldora, incluso una porción para el jaipo, por su puesto. El elixir de la vida lo inventó el propio ser humano, y alguien tiene que proveer. Tepito ejerce su función. La vocación de servir no concluye en eso, a simple vista el marchante puede recrear la mirada con esa instalación estética de aparatos eléctricos: stereos, radios, grabadoras, audífonos, relojes despertadores. Es una escultura accidental.  Existe también el último grito de la moda en ropa, calzado. Y música. Entrar a Tepito es encontrarse con la magia del ritmo en los pasos de la raza, y los gritos que ofertan es un corear en la improvisación musical cotidiana, en la que los transeúntes no reparan, pero que está en sus oídos, en sus miradas. Leo la palabra música y el ritmo de las letras en mi cabeza evoca el nombre de Joaquín, personaje sui géneris que vive en un metro y medio de espacio, en una madriguera cuyas paredes son un bajeo eterno, un requinteo fugaz, un piano acompañado, o solo.  Joaquín Padilla fue trailero por muchos años, y en los días de domar el volante, se preparaba para en un futuro trabajar haciendo únicamente lo que le gustaba. Y la música para él significa todo. Fletarse a vivir de lo que le apasiona fue inevitable. Y llegó a Tepito, como ayudante, después propietario de lo que ahora es Discos Vampiro. El privilegio se dispara cuando Joaquín decide vender discos, con el agregado de que serán sólo temas que le seducen. En el corazón de Tepito está la tienda, y caso excepcional, en su oferta no requiere del grito que convenza, los clientes llegan solos, porque ya saben dónde está lo que buscan.

Joaquín es el Tío de todos, si a la hora del almuerzo se requiere caminar por los refrescos, las palmas acompañadas de voces serán hacía Joaquín: respeto a sus pasos, a sus veinte y pocos más de años firme con la raza. Con los discos como protectores de su cuerpo, sentado en una caja de plástico, el melómano recuerda los años de llegar como ayudante en una tienda. Eran aquellos tiempos de la fiebre de oro de Tepito, cuando llegó, “y me iba muy bien, pero después, gracias a Salinas y la devaluación ya no se vendía nada y lo poco que se tenía pos te lo ibas comiendo”. En su inicio de comerciante la venta era de aparatos electrónicos, la devaluación forzó a que cambiara de giro, y es cuando llega la venta estrictamente de música, bajo su propia consigna de vender únicamente lo que le gusta, “aunque luego muchos me chingan, oye vende esto, pero si no me gusta, no lo meto, aunque sea un riesgo comercial, pero me la rifo con esto (recorre con la mirada su entorno), además esto trabaja con pura clientela, uno trae a otro y así se hace el comprador cautivo”. Si alguien le indicara a Joaquín que señale el disco que más le apasiona, no habría respuesta: “creo que me quedaría corto y no le haría honor a los demás, te podría decir de cada género del que más disfruto, por ahí sí”. El impulso es indoblegable, el vendedor de música toma uno de los compactos del estante que es sinónimo de pared, “es un homenaje a este cabrón, el Chuy Rasgado, y el disco lo hace un güey que se llama Gustavo López, fundador de los Folkloristas, y esta banda la conocí por la cantante que se llama Princesa Donají, y es una banda que puta madre, ¿no?, ahora deja ver si sirve la chingadera.”  Pone el disco, suena el folklor y es un placer que destella en su mirada. De las 10 de la mañana a las 5 de la tarde es el horario de trabajo, y levantar el material todos los días, ir y volver con él, “una faena del diario, llegar temprano, sacar, poner las rejas, todo eso. Sí se saca la feria, a luchas, y claro que quiero ampliar esta honda (danzón de fondo), poner un lugar como por ejemplo en Coayacán, donde me dicen hay otro tipo de gente que le gusta esta música, y le voy a hacer un intento”. En Discos Vampiro no hay crédito para el aburrimiento, las horas son de música. Y en los tiempos libres la literatura es cómplice para matar el aburrimiento. “En mis tiempos libres leo, porque esto es una chinga, estar haciendo un disco y otro, y en poco rato que tengo libre agarro el libro del día, por eso ¿aburrirse?: no. “Yo oía unos güeyes que decían: yo trabajo de lo que me gusta, hago lo que me gusta y todavía me gano una feria; ah, pos yo voy a hacer un negocito de esos, y caí en la música, y empecé a vender música por mis discos, cuando ya no tuve más que vender dije, pues sobre los discos, tenía algunos, y desde ahí. “Estoy satisfecho del oficio, porque pienso que es otra propuesta, y no quiero que se oiga mamón, porque lo que digo es la neta. Podría vender lo que se vende de aquí, competir, pero nunca me gustó. Y ese género es una chingonería (alude al folklor de ese instante); así como disfruto esta, disfruto a Jimy Hendrix, Raymundo Amador, Astrid Hadad, y principalmente a Zitarroza porque él influyó mucho en la forma en como pienso, a lo mejor en como soy”. Retroceder en la memoria. ¿Qué se aprendió, sintió en el primer encuentro con Guitarra negra, de Zitarroza? Un danzón más inicia. A la par sus palabras. “Para empezar la primera vez que lo oí a fondo, andaba viajando en honguitos, entonces prácticamente era yo un personaje de ahí, mucha identificación, por ejemplo el obrero me recordaba a mi jefe, quien en la bolsa de su pantalón llevaba la vida en su almuerzo, una imagen muy chingona, con los universos de ocho palabras que tiene Alfredo, por eso me gusta ese güey, Kiko Veneno (señala un disco) porque él tiene los mismo universos en esos octosílabos, en ocho palabras: todo. Zitarroza tiene una rola que se llama Canción para unos ojos, no sé si la conozcas (la respuesta es, no) pues entonces te llevas este, te lo regalo, no tiene los título pero me costó un pedo conseguirlos, mira güey, siéntate en la caja, te vas caer”. Joaquín narró ya el acontecer de su primer encuentro con Guitarra negra. Que lo que le provoca al escucharla ahora, es la permanencia, por congruencia, en la primera sensación. “Porque creo que esa es la neta, no creo que tenga otras cosas que buscarle, lo que me gusta de él es la congruencia, así como haciendo un inter, diría que a mí lo que me gusta de Andrés Manuel, es su congruencia, porque yo la primera vez que lo oí, hace como treinta años, estaba bien chavo el güey, antes de lo de los pozos petroleros, después alguien me dijo, oyes por ahí hay un pendejo, que disque es de Tabasco, que dice que primero los pobres, ¿cómo que primero los pobres?, pregunté, sí güey, esa es su campaña, su plataforma de campaña, en ese tiempo yo andaba allá por el sur, Salina Cruz, y eso viene porque trabajábamos en  la refinería y era cuando PEMEX era una panacea, pero para puro Ali Babá, cabrón. Un chingo de dinero que se robaron de ahí”. Y si se pronuncia en la charla el nombre de Felipe Calderón, ¿se ensuciaría el momento?, se le inquiere al intervalo de otro danzón. “No, yo en ese punto pienso que mi postura es la siguiente: voto por voto, casilla por casilla, vamos a contarlos, y hay un dicho aquí en el barrio que se aplica re bien, si ganamos o perdemos: feliz o feliciano. Si perdimos ahí, pues chingue a su madre, ¿no?”  Que los trabajadores serán los más afectados, y cita como ejemplo el Seguro Social y lo que le hicieron a los trabajadores. “Yo así lo veo, desde mi mundo que es metro y medio, y en esa oportunidad de ojear la vida, tengo que captar lo que pasa para no quedarme abajo del barco.”  Remar en las palabras con fondo musical es la cotidianeidad de Joaquín. Y una sonrisa de regalo desde su rostro: un aprendizaje del otro intestino que también vive en el vientre de Tepito.

...y el cuento continúa

...y el cuento continúa

Carlos Sánchez 

CIUDAD DE MEXICO.-En el corazón del Zócalo se escribe un cuento. Y en un símil de dunas las casas de campañas albergan a muchos de sus personajes, aunque sean éstos, personajes de paso.  Es un cuento de autoría colectiva. Y el personaje central también vive allí, custodiado por sus coordinadores: que nadie lo vea, que nadie lo toque, sólo cuando ellos lo dispongan. Y en el momento inevitable de la comunicación con sus aliados que son el pueblo. Mientras la construcción de la anécdota avanza, otras disciplinas artísticas se ofrecen a los transeúntes: malabaristas, dibujantes, cantantes, oradores que convencen; y caer el cliente. La oferta es cualquier tipo de trabajo de imprenta, comida, prendas, ropa, música, libros, y lo que el lector imagine. (Recomiendo cerrar los ojos y evocar cualquier objeto u alimento. Ahí está). Que al Zócalo lo han tomado por asalto, dicen los disidentes; empero el calificativo es lo de menos: allí están representantes de todos los estados del país, en apoyo al movimiento. Si el paso por el área de las carpas es accidental, inevitable será escuchar el grito de protesta. En torno al Zócalo hay diversidad minúsculas tiendas. Las que más atrapan son las de libros de viejo. En El laberinto, (librería de las utopías posibles) se cuentan cuentos. Y hay oídos prestos, porque la gente desea seguir imaginando, soñando, remando o naufragando, como los personajes del cuento que contó Francisco Patxi Ibarlucéa, coordinador de los martes de los cuenteros. En El laberinto no sobran metros de construcción, pero todo cabe: un forito en un segundo piso se visita todos los martes por esos juglares y esas personas que gustan de viajar al través de los oídos, los ojos. Si en Venezuela existe un tal Hugo Chávez, señor que vocifera y maltrata al orquestador del futuro de los mexicanos, un tal Vicente Fox, también existe Nancy Machado, contadora de cuentos que luego de competir en diversos concursos de belleza, ha resuelto no volver más a la farándula de estética corporal y dedicarse al oficio de narrar. Desde Venezuela y para El Laberinto, Nancy ha llegado para contar.  Les cuento lo que la contadora contó en su entrega Amor con amor se paga. O mejor será describir la mirada de los espectadores: de niños todos. Y la risa, el aplauso, la inmovilidad después de concluir la narración. Que nadie se movió, por eso una de las organizadoras remató con el cuento de la mariposa. Regreso: Nancy llevó a sus espectadores a la ciudad de Barquisimeto, donde nació. La vimos convertida en una rosa que desbarató la lluvia, la vimos bailando apasionada en un baile de disfraces, la vimos aconsejando a Manuela, la bella dama cuyo amante la traicionó, con su esposo. El amor existe, estribillo cantado por Nancy, y una que otra rola. Y el público golpear las palmas. Nancy tiene ese acento sabrosón de las venezolanas, y la destreza exacta para contar. Cuenta hasta con los ojos. Arriba la cuenta cuentos, y ante ella los espectadores complacidos por la narración; abajo, miles de cuentos impresos en los libros, afuera, donde también está la vida, el ruido del corazón que late en el D.F. Y muy cerca de allí, los manifestantes que se resisten a entregar lo único que les queda: la esperanza. Otra vez presentes en ese lugar de juglares, sólo la raza, el populacho, los del deseo de seguir imaginando, soñando, riendo. Los del otro cuento, el político, los disidentes de los hospedados en el Zócalo, desde el marca pasos de sus condominios, desde lejos donde ellos ven a los pobres, ven la ciudad, porque al fin y al cabo sin moverse de sus asientos, estarán en los titulares de Tele-azteca-visa.  Frente a un cigarro, minutos después de contar, cantar, Nancy y su vestuario negro, el pelo hasta los hombros, la sonrisa perenne, confiesa (a pregunta expresa) que los dineros no son el móvil de contar. “La pasión, sí”. Y luego ya en esos pies donde inicia el curso de su tránsito hacia una cantina, a festejar, el cuerpo, la mente, la convicción, la experiencia de su país y el gobierno desde la izquierda, se convierte en la coincidencia con la causa de México, es Nancy una simpatizante más con la consigna de los mexicanos que aclaman legalidad de la elección. Dentro de la cantina, las botellas se estrellan. Y brindar. Desde unas cuantas cuadras de allí, el aíre acarrea el grito eufórico, con tono de resistencia, de convicción: voto por voto. 

En el seguir de la vida la luz del día se apaga. Y continuar el cuento