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La cábula

La mejor es la única

La mejor es la única

 Las rutas de búsqueda de las palabras que han de formar un libro no son las mismas siempre. Como tampoco lo son los motivos que llevan a un autor a buscar esas palabras. "Quiero un hilo que me conduzca al centro de la vida y traer a la superficie todo lo que existe ahí dentro, quizá el corazón del mundo", dice el autor portugués. Además, cree que los libros deberían llevar el nombre del lector porque es él quien lo termina, a él pertenece la voz del que narra.

Antonio Lobo Antunez 

Pensándolo bien, no soy un escritor, porque lo que hago no es escribir, es oír más intensamente. Me siento y espero hasta que las voces comiencen. Andan a mi alrededor, más fuertes, más tenues, más distantes, más próximas, hablando sin sonido y no obstante diciendo, diciendo.

El problema es elegir cuál de ellas es la verdadera, porque todas las demás mienten. A veces lleva semanas, lleva meses entenderla. Casi nunca se trata de la más nítida. Casi nunca, no: nunca se trata de la más nítida, ni de la más seductora, ni de la más inteligente. En general se apaga, recomienza, vuelve a apagarse, se distrae de mí y yo de ella, intento encontrarla entre las restantes, no lo consigo, lo consigo, no lo consigo, recomienzo, la descubro a lo lejos, creo descubrir

-Es ésta

me desilusiono

-No es ésta

pues lo que cuenta no tiene sentido y no obstante existe algo en el sinsentido que me persigue, la atraigo hacia mí o me empujo hacia ella, no la atraigo hacia mí, me empujo hacia ella, comienzo a probarla despacito, una palabra dispersa, una segunda palabra al azar, una frase entera, las voces que quedan se empeñan en desviarme

-¿Qué interés hay en eso?

-¿A qué te lleva ese discurso?

-Estás equivocado

me entregan personajes, episodios, historias y yo no quiero saber nada de personajes, episodios, historias, eso es para quien hace novelas y yo me cago en las novelas, quiero un hilo que me conduzca al centro de la vida y traer a la superficie todo lo que existe ahí dentro, quiero el corazón del mundo, no quiero entretener a los que las compran, no quiero divertirlos, no quiero divertirme, quiero lo que reside en el interior de lo interior, donde están las personas y nosotros con ellas, transformar en letras lo que no tiene letra alguna, quiero seguir un pasito leve en un corredor que no sé dónde queda, no exactamente un pasito, el eco de un pasito que ha de volverse pasito si continúo con él, que ha de ganar carne y ojos y llevarme consigo, quiero respirar con él, quiero que nos quedemos juntos, quiero que el pasito sea mi pasito y el corredor mi corredor, que la carne y los ojos se conviertan en mi carne y en mis ojos, quiero ese libro que aún no ha comenzado, pero que a fuerza de obstinación y orgullo y paciencia se volverá mío, sin escribirlos, claro, ya no caigo en esa trampa, dejándolo salir como el agua que se derrama y encuentra su curso en las junturas de las tablas del suelo y no es mi libro, dado que no me pertenece ningún libro con mi nombre, los libros deberían llevar el nombre del lector, no del autor, en la cubierta, es el lector quien le da sentido a medida que lee, es al lector a quien le pertenece la voz, y no sólo la voz, la carne y los ojos y el corredor y el paso, y el lector está solo y es inmenso, el lector contiene en sí el mundo entero desde el principio del mundo, y su pasado y su presente y su futuro, y se escucha a sí mismo y siente el peso de cada víscera, de cada célula, de cada íntimo rumor, el lector no para de crecer y ya no necesita ni el libro ni a mí, y al acabar el libro comienza, y al guardar el libro en el estante el libro continúa y el lector continúa con él, cada célula se divide en millares de células y el lector es muchos, y el lector deja de leer porque no está leyendo, aunque piense que está leyendo no está leyendo nada en absoluto, tiene todas las edades al mismo tiempo y todos los tiempos de su vida aunque el libro esté cerrado en algún rincón de la casa y el lector no lo necesite para continuar con él y ahora me vienen a la cabeza las semillitas sin peso que en el verano de cuando éramos pequeños entraban volando por la ventana, volvían a salir, desaparecían y, aun desaparecidas, seguían con nosotros llevando de la mano recuerdos y esperanzas y alguien que cantaba

(¿qué mujer?)

junto al lavadero una melodía

(a veces ni una melodía siquiera: dos o tres notas solamente)

que son las únicas que oiremos cuando caiga la noche y las sombras que nos rodean piensen

(más que pensar: tengan la certidumbre, ellas y el médico y el señor de los ataúdes)

de que no oímos nada.

La poesía se escribe en el futuro

La poesía se escribe en el futuro

 De izquierda a derecha: Álvaro Mutis (Colombia), Emilio Adolfo Westphalen (Perú), Francisco Matos Paoli (Puerto Rico), Olga Orozco (Argentina) y Gonzalo Rojas (Chile), en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en el año 1991. (GORKA LEJARCEGI

 

 Los herederos de clásicos de la poesía latinoamericana del siglo XX como César Vallejo, Pablo Neruda, Octavio Paz o Jorge Luis Borges ya están aquí. La lírica de hoy vive la decadencia de la noción de "poeta nacional" y asiste al triunfo del tono coloquial y a la convivencia de la palabra con lenguajes como la fotografía, el cine, la pintura o la música popular.

 

 

JULIO ORTEGA 

Con la poesía hispanoamericana es imposible equivocarse. Hay tanto bueno de donde escoger que sólo con poca fe o pobre información se puede hacer una mala antología. Treinta años atrás, los poetas disputaban con entusiasmo su lugar en las antologías nacionales, quizá porque no tenían suficientes pruebas de su identidad. Hoy hay tantas antologías, foros, congresos, becas y premios, multiplicados además por Internet, que sería anacrónico el poeta que se defina por su inclusión en cualquier repertorio. Y una antología que presuma de su capacidad de excluir sería una suerte de parque juriásico. Más casuales y provisorias, las antologías ya no prometen la posteridad. Documentan la fugacidad, donde los poemas viven más plenamente.

La hispanoamericana es, además, una geopoética sin "ansiedad de influencias". Como escribió José Emilio Pacheco: "Yo no quiero matar a López Velarde ni a Gorostiza ni a Paz ni a Sabines" (Contra Harold Bloom). Más bien, concluye Pacheco, no podría escribir sin la lección mayor de sus libros.

"Los poetas bajaron del Olimpo" (gracias a Nicanor Parra), y la noción de "poeta nacional" es hoy un gravamen. No menos redundante es la idea de las "generaciones" (del 50, del 60, del 70, del 80

...), casi un directorio telefónico reciclado. Los marcos locales de lectura periódica se han vuelto melancólicos; y los nacionales, museológicos. Hoy predomina un diálogo más civil, la posibilidad de una república literaria sin policías. "El presente es perpetuo", resumió Octavio Paz desde una poética de absolutos. Hoy el presente es una enunciación: lleva la fuerza del instante. Los poetas demasiado fecundos resultan incómodos porque prolongan la charla. Gracias a su economía ha sido recuperado Borges como poeta de la concisión; en cambio, Neruda es nuestro Victor Hugo: histórico, casual y geográfico.

Los modernistas de comienzos

del siglo XX, con Rubén Darío de adelantado, recobraron la sensorialidad del instante, y su música cambió para siempre a la poesía en español. Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, dos entonaciones distintivas de esa dicción, se bautizaron en el entusiasmo dariano de lo nuevo. Y hasta Vicente Aleixandre descubrió que era poeta cuando leyó un verso de Darío. Los vanguardistas, en cambio, cultivaron la mitología de lo fugaz a nombre de la originalidad, y disputaron de malos modos su derecho a las vísperas. Huidobro y César Moro se insultaron mutuamente de lo peor, de copistas. Pero lo nuevo de unos y otros reverbera a comienzos de este siglo XXI en una convicción cultivada: la poesía es una forma de la conversación, y se debe por entero al interlocutor. Poesía, qué remedio, eres tú.

De los modernistas, el poema

pone al día la reverberación del habla, esa nitidez del tiempo hablado. De los vanguardistas, recupera la escena visionaria de una ciudad compartida como espectáculo. Nadie podría ya decir "Yo soy un hombre sincero", sin hacerse sospechoso de prefreudiano; y sabiendo que el sujeto heroico ha dejado paso a la voz alterna, la del otro, que en la primera persona es alguien más. "Yo soy el Individuo", escribió Nicanor Parra, para recomenzar, después de Freud y de Marx, con ese otro que en el lenguaje hace camino al hablar.

Tomás Segovia, Juan Gelman, Antonio Cisneros, Enrique Fierro, Jesús Urzagasti, Raúl Zurita, Reina María Rodríguez, Coral Bracho, Tamara Kamenszain, Juan Gustavo Cobo Borda, Daniel Samoilovich, Yolanda Pantin, Malú Urreola, cuyos libros son estancias del diálogo caminante, han liberado a la poesía del archivo y el museo, proyectándola en el devenir de la lectura, en ese territorio del español mundial, cuya libertad es una larga orilla actual. Se puede decir, por eso, que la nueva poesía latinoamericana se escribe en el futuro, en esa lectura por venir, donde anticipa la intimidad de su turno en el diálogo. Lo nuevo, al final como al comienzo, es materia del porvenir. Hasta los poetas que han muerto en estos años encuentran lugar en la conversación. Jorge Eduardo Eielson, por ejemplo, nos ha dejado tantas preguntas que sus lectores tendremos que devolverle la palabra. Quiero decir que este presente latinoamericano, hecho además entre mares y lenguajes, es un texto que no cesa de escribirse. Lo anuncia Montserrat Álvarez (poeta peruana nacida en Zaragoza): "las horas del futuro se han venido al presente; / los relojes se han roto, o se los han robado". Un presente de crisis, y de ironía.

El horizonte de creatividad de esta poesía es un diálogo también con otras formas expresivas. Con la pintura y la fotografía, con la música popular y el cine. La argentina Claudia Masín obtuvo el II Premio Casa de América con La vista (Visor, 2002), una colección de 21 poemas basados en otros tantos filmes. "Me gustaría contarte lo que veo", anuncia este libro de historias sobre la mirada narrativa. El mexicano Alberto Blanco le ha seguido el pulso panteísta al gran pintor Francisco Toledo, en cuyo taller de Oaxaca se funden las nuevas voces y los viejos ritos. Pero no pocas veces la relación de arte y poesía la dicta la experiencia migratoria, el exilio contemplado.

A "Góngora y Argot" atribuye

Róger Santiváñez su lenguaje híbrido y paródico: "Pop ululaba el ulular popular... Mansedumbre oratio in soul". Ese juego plurilingüe es otro modo de citar el genio de Pound y el ingenio popular. Ya el chileno Raúl Zurita había escrito un libro en braille, como si para leer poesía el lector tuviese que hacer de ciego. Los jóvenes poetas chilenos reunidos en el Foro de Escritores ("un taller de poesía experimental, una mesa entre pares y una pequeña editorial") cultivan la poesía efímera repartida en los parques y el grafismo lúdico de una poesía que ilustra su propia permutación. El nicaragüense Francisco Ruiz Udiel (1980) en su primer libro Alguien me ve llorar en un sueño no es menos elocuente: "Allá va lejos sin cesar la muerte / allá va lejos sin cesar Vallejo".

Por lo demás, la poesía hispa

noamericana está a la mano. Las obras de Neruda, Paz, Gonzalo Rojas, y pronto Nicanor Parra, están en el Círculo de Lectores en ediciones cuidadas y solventes. La poesía de Emilio Adolfo Westphalen, Olga Orozco, Blanca Varela, Tomás Segovia, Rafael Cadenas, Eduardo Lizalde, Gabriel Zaid, José Emilio Pacheco, Eduardo Montejo, Gerardo Deniz, Antonio Cisneros, Alberto Blanco, entre otros, está en el Fondo de Cultura Económica, en compilaciones hechas por los autores mismos. En Lumen apareció la poesía reunida de Juan Sánchez Peláez. En Era se encuentran los libros de Juan Gelman, Coral Bracho, David Huerta, Francisco Hernández y Fabio Morábito. Aldus, Martín Pescador y Sin Nombre son otros sellos mexicanos y exquisitos. En Caracas, Monte Ávila ha iniciado una serie de antologías de poetas venezolanos, y son también fundamentales las colecciones de Pequeña Venecia y Eclepsidra. Visor, Hiperión y Signos han publicado en Madrid a notables poetas americanos, entre ellos al puertorriqueño José Luis Vega. Y hay que recordar la labor pionera de Joaquín Marco en Ocnos (Barcelona), donde se dieron a conocer las voces centrales de esta poesía.

Sin la gran poesía americana no habría habido "nueva novela", como lo han reconocido Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Y no habría hoy una nueva poesía sin los lectores que por su cuenta y riesgo siguen apostando por un puñado de palabras empeñadas en abrirle horizonte al lenguaje.

A Dios rogando

A Dios rogando

Humberto Musacchio 

En el proyecto de la derecha no caben los pobres ni los cambios. Desde siempre, los voceros mexicanos de esa corriente han sostenido que la plebe es un factor de atraso, al que en su estrabismo ven no como efecto, sino como causa.
Por eso el insistente calificativo de “naco” dirigido a Andrés Manuel López Obrador. El tabasqueño es para ellos un chontal mal blanqueado, un tipo de hablar incorrecto y modales impropios para el Mexiquito que se han construido plutócratas, oligarcas y políticos siempre dispuestos a servirlos.
Era apenas 2005 y el país estaba convulsionado por los canallescos afanes del desafuero. Un antiguo militante del PRI, hoy obsequioso funcionario del gobierno panista, declaró en una mesa de amigos y otros no tan amigos: “A como dé lugar hay que impedir que llegue”.
¿Y por qué?, preguntó un ingenuo creyente en la democracia.
Porque si dejamos que llegue, qué vamos a hacer con él durante seis años. Simplemente se acaba el país.
Era una cruda lección de realpolitik pues, en efecto, si llega a la Presidencia de la República un hombre formado en los valores juaristas, que le concede importancia al patriotismo y repudia las injusticias, entonces lo más probable es que los oligarcas no sepan qué hacer con él. Menos lo sabrán si el tipo no es sobornable ni se acobarda ante la fuerza del dinero.
Un tipo así acabaría con el país donde se permite que cada sexenio sea una orgía de abusos y latrocinios, un festival de corrupción que beneficia a parientes y amigos y, por supuesto, a los políticos que tienen esos parientes y amigos. Se acabarían los Hildebrandos, los Mouriños y los Bribiescas. ¿Y luego qué haríamos?, se dirá el priista aquel trocado en panista.
Y si la justicia ya no fuera un estercolero, si en las corporaciones policiacas empezara a haber honestidad y en las oficinas públicas empleados que se sintieran apreciados por su laboriosidad, ¿Qué haríamos? Se acabaría este reino del revés que tan prolijamente construyó el PRI a lo largo de setenta años y que ahora el gobierno albiazul custodia con fiereza de mastín.
Por eso, desde sus lujosas cloacas, la horda opulenta decidió desde 2003 que Andrés Manuel López Obrador no sería candidato presidencial. Contra él, salvo la bomba, la pócima o la daga, lo intentaron todo. Y fracasaron. Llegó a la campaña electoral y en ella lo tacharon de “peligro para México” y desataron contra él la más infame guerra de lodo.
Por esa insistencia, por la firme convicción con que han venido actuando los partidarios de la democracia a medias, resulta imposible creer que el 2 de julio esos gavilleros políticos se volvieron buenos. Cuando hablan de respetar la voluntad popular no es la expresada por los votos, sino por el manipuleo burdo de resultados. Son las pretensiones golpistas disfrazadas de apego a la ley. Es la doble moral, pero ahora dispuesta a arrastrar a la República hasta la violencia fratricida, y otra vez, como siempre, en el nombre de Dios, como si fuera una marca comercial que ellos tienen registrada. ¡Carajo!

“Conaculta, gestión sin proyecto”

 Héctor González

Por el ventanal del departamento de Sabina Berman entra bastante luz. Pareciera que desde ahí la ciudad es otra; pero no, es la misma. Pide unos minutos, está por terminar un artículo. No hay que ser muy inteligente para adivinar el tema. Hace algunos meses Berman realizó un intercambio epistolar con Lucina Jiménez, ex funcionaria del Cenart y actualmente consultora de políticas culturales. El diálogo se convirtió en el libro Democracia cultural (Fondo de Cultura Económica), volumen donde se debate el estado real de las artes y los creadores en nuestro país. “Lo ideal es consensuar un proyecto transexenal, que no dependa de los partidos”, cuenta la dramaturga.Mucha oferta, poca demanda
Según el inegi, 10% de los mexicanos tiene relación con la oferta cultural. La cifra tiene un sabor amargo que anticipa el comentario de Berman: “En la Encuesta Nacional de Prioridades de 2000, la cultura fue colocada en el lugar 128. La gente no está consciente de que con sus impuestos subsidia la mayor oferta cultural que ha tenido México en su historia. Oferta que no es aprovechada por sus ciudadanos. Es irracional lo que pasa”.
¿Qué hace que la cultura ocupe este lugar?, cuando se supone que es algo de lo que debemos sentirnos orgullosos. Es un misterio que si bien tiene que ver con la difusión, alcanza un trasfondo más profundo. Trasfondo que polariza las cosas, al punto de romper el ciclo comunicativo del arte. “Cuando era tutora del Fonca, una teatrista enseñó su proyecto de escenografía. Su estructura tenía nichos laterales y ahí sucedían cosas, que el público desde las butacas no iba a poder ver. Cuando se lo comenté me respondió: ‘A mí qué me importa el público’. Creo que el aislamiento de las artes es una consecuencia. La gente, desgraciadamente, se acomoda. Si no hay público, en lugar de buscar las razones del porqué, se inventan teorías y dicen: ‘No me importa’. Pero eso no ayuda. Lo interesante es que con una oferta cultural muy atractiva no hay público, a pesar de que la paga la ciudadanía”.
—¿Hablamos de un problema de difusión?
—Si se aumentara la difusión de la oferta cultural, aumentaría el público. La difusión de esa oferta es francamente ridícula y tiene que ver con normatividades que puso la Secretaría de Hacienda a todas las secretarías de Estado y que el Conaculta obedece.
—Sin ser una secretaría de Estado…
—Absurdamente. Pero ahí no está la solución de fondo ni la más promisoria tampoco. Necesitamos reformar el modelo de política cultural. Hace falta localizar la meta del apoyo del Estado a la cultura, en que la cultura diversa llegue a todos los mexicanos. Después necesitamos recolocar al Estado en el esquema. Estamos trabajando con un modelo inventado por Vasconcelos en 1920, donde se consideraba al Estado como el gran productor, es decir, el gran pagador de la cultura, el gran elector de los artistas que merecían ser apoyados, el gran censor, el gran distribuidor y, como dice Gabriel Zaid, un larguísimo etcétera. Tenemos que olvidarnos de eso. Primero, porque estamos en una democracia, y segundo, porque realmente no ha funcionado. Lleva 50 años, y para que funcionara la Secretaría de Cultura o el Conaculta necesitaría 10 veces más presupuesto y además agilizar su burocracia. De cada 10 pesos que el Estado invierte en la cultura, un peso llega a los eventos o a los artistas y uno a difusión. Entonces hablamos de un modelo ineficaz y antidemocrático.
Intelectuales y Estado
Eso de ineficaz puede ser relativo. Recordemos que en nuestra historia reciente los programas culturales han sido diseñados para coptar intelectuales. Incluso a los diplomáticos; durante mucho tiempo se habló de cómo los gobiernos premiaban a artistas con embajadas y consulados. “Si ésa era la meta, estaba más o menos bien el modelo, aunque el soborno salía carísimo. Pero hay que regresar a la meta expresa, la digna y noble, que es identificar como cliente del modelo a la población y no a los artistas. Es como si la Secretaría de Salud pensara que sus clientes son los médicos. Sensatamente la dependencia sabe que su cliente es la población y a través de los médicos se distribuye la salud”.
En su libro ¿Cuánto vale la cultura? Contribución económica de las industrias protegidas por el derecho de autor en México, Ernesto Piedras apunta que las industrias culturales (música, cine, libros, audiovisuales, escultura) contribuyen con 6.7% del Producto Interno Bruto. En este sentido, añade Berman: “La cultura es el mercado emergente más grande del planeta. Pensar en términos de que la cultura se alimenta de tirar maíz a los pollos es equivocado. Se nos está pasando el tren de la globalización. En el libro proponemos hablar de la cultura con una definición más amplia que las artes. Hablar de la cultura como algo masivo, como el sector civil de empresas y organizaciones culturales. Viéndola de este modo, nos referimos a la cuarta industria del país y tal vez se podría pensar que a la cultura masiva le va muy bien. Sin embargo, es una percepción falsa. La industria discográfica se encoge. Cada vez más la música en español se graba en Estados Unidos y nos la venden. La industria editorial lleva 20 años desplomándose en cámara lenta sin que al Estado le parezca pertinente intervenir. Nuestra industria cinematográfica hace 40 años dejó de serlo, a pesar de que tenemos todo el talento para conseguirlo. Y puedo ir más allá: las televisoras, que parecen ser las grandes ganadoras de estas elecciones, no están creciendo globalmente al mismo ritmo que las de otros países. Como resultado nuestras industrias culturales masivas se están encogiendo y nuestras artes están aisladas. Y la población casi no tiene servicios culturales. Es momento de repensar el modelo. Muy promisoriamente, todo ese gasto del Estado de 80 años en la cultura nos ha dejado una herencia de piezas muy valiosas para reestructurar y una infraestructura incomparable con el resto del mundo que habla español (teatros, librerías, hemerotecas, casas de cultura y arte). Tenemos la generación, numéricamente hablando, más grande de artistas en la historia del país. Además contamos con un sector de empresarios culturales que se mantienen, pese a que pareciera que tienen todas las condiciones en contra. Y por último, nuestro sistema educativo es muy amplio, con deficiencias, sí, pero que cubre a todo el país y donde sería muy fácil reinsertar la cultura no masiva en la vida de los mexicanos”.
Retomemos la última parte de la respuesta y añadamos los datos de la Encuesta Nacional de Prácticas y Consumo Culturales, editada por el Conaculta. Los números son contundentes: 69% de la población no participa en ninguna actividad cultural; 90% no pinta; 70% no escribe; 70% no canta; 47% nunca ha asistido a una presentación musical; 5% de los ciudadanos estudia alguna disciplina artística. En conclusión, la relación entre Estado y población es disfuncional. “Más que un Estado paternalista, necesitamos que genere las leyes, las facilidades fiscales y subsidios estratégicos que beneficien a todos”, comenta la dramaturga.
Una realidad llamada Conaculta
Para un diagnóstico más acertado sobre la gestión cultural del sexenio, Lucina Jiménez aporta, en Democracia cultural, datos oficiales: “El Cenart amplió su cobertura nacional a través de educación a distancia y utilizando internet. Aumentó su público anual a más de un millón 400 mil personas en 2004. (…) El porcentaje de espectadores de cine mexicano pasó de 3.5% en 1998 a 9.8% en 2003. (…) En 2003 Educal amplió sus ventas en 48%. (…) Ese mismo año, más de tres millones de personas asistieron a cerca de 300 exposiciones organizadas por el inba”. Si bien los números enuncian logros, para Sabina Berman el problema real tiene que ver con la falta de un proyecto a largo plazo. “Tal vez daría algunas facilidades contar con una secretaría o ministerio de cultura, en lugar del Conaculta, pero eso no es imprescindible. Lo que importa es el proyecto. Llevamos 18 años con un Conaculta estático, que acepta cosas sorprendentes, como el hecho de que por normatividad el gobierno no puede gastar más de 10% de su presupuesto cultural en difusión, cuando estamos hablando de eventos que deberían ser públicos. ¿Cómo van a ser públicos si la población no se entera? No he visto el deseo de luchar por el sector cultural. La ausencia de la educación artística en las escuelas ha sido una complacencia del Conaculta, se dio como una imposición pero tampoco hizo mucho por evitarlo. Quienes estamos en el asunto de la cultura entendemos muy bien que si no hay una población en cuyas vidas cotidianas esté insertada, no hay modo de tener públicos amplios”.
—Persiste la idea de que mediante la infraestructura se puede acercar a la gente a la cultura…
—Entiendo que la cultura es la parte de la fantasía, pero la política cultural no puede pertenecer a la ciencia ficción. Es un despropósito inmenso algo como la megabiblioteca. ¿Cuántos millones se gastaron en eso?
—Algunos intelectuales sostienen que es mejor invertir en bibliotecas que en otras cosas…
—¡Ah, bueno! Entonces por qué no hacemos pirámides en cada parque. ¡Qué importa para qué sirvan! No coincido con eso. En una democracia los ciudadanos debemos tener el derecho de quejarnos por el mal uso de nuestros impuestos. Ni gastar el dinero en armas ni en megabibliotecas. ¿Por qué no en cosas eficaces?
—Eso por un lado, y por otro tenemos los multitudinarios conciertos gratuitos en el zócalo…
—Ya nos acostumbramos al modelo del Estado benefactor. Suena muy simple y generoso, pero es muy ineficaz. Y la fórmula es: “Yo, Estado que tengo mucho dinero, reparto eventos culturales y los pago”. Tenemos que detenernos y saber lo negativo que implica esta simpleza. Es decir, no puede existir un sector civil que cree cultura, siempre hay que estar bajo el ala del gran productor pauperizado que es el Estado. Lo que hay que crear son las circunstancias para que cada vez necesitemos menos al Estado y para que además la cultura sea un territorio bonante. Para que haya cine de arte necesitamos cine popular. Dicen que es muy fácil hacer best sellers. ¿Cuál fácil?, si destruyes la industria editorial no los habrá. En cambio, si reinsertas la lectura como hábito de muchos fortalecerás la industria editorial y habrá más posibilidad para editar libros de poesía. Pero si todo es tocar la puerta de los subsidios se deteriora el escenario.
—En este sentido, ¿están mal acostumbrados los artistas?
—No. Tienen pocas opciones. Tampoco creo que los artistas tengan que ser empresarios culturales. Es casi imposible existir como tal y sobre todo subsistir. Quienes se avientan al ruedo se dan cuenta que les sobran leyes y reglamentos, y luego que tienen por competidor al Estado. Y después faltarían fomentos, ayudas muy concretas, abrir la infraestructura al sector civil. Me preguntas si están mal acostumbrados los artistas: creo que ahora no hay de otra.
—¿Ayudan medidas como la del precio único en los libros?
—Tengo sentimientos encontrados, pero mis amigos editores dicen que es imprescindible para que no desaparezcan las librerías. Ése es un buen ejemplo de cómo la sociedad civil se ha metido en la política cultural. Mis sentimientos encontrados vienen porque, visto de lejos, es evitar la competencia.
—En el libro plantean la necesidad de relacionar la cultura con el turismo, es una fórmula explotada con éxito en Europa y Estados Unidos…
—Si revisas las cifras de los museos europeos, 50% de su economía depende del turismo. El teatro de Nueva York y de Inglaterra depende del turismo cultural. Francia e Italia dependen del turismo cultural. Nosotros podemos aspirar a crecer en este sentido. Nuestro turismo cultural viene a ver la obra de nuestros muertos afamados. Si vienes a México, ¿cómo diablos te enteras de la oferta del Centro Universitario de Teatro o de la espléndida Compañía de Teatro de Tehuantepec? Es tan promisorio lo del turismo cultural porque no se ha hecho nada.
—¿Existen los esquemas para cambiar el rumbo de la política cultural?
—Eso te toca a ti. A ustedes les toca sensibilizar a la clase política. La sensación de distancia hacia quienes toman las decisiones es grande. El libro contiene mucho consenso que existe en el gremio, es un esfuerzo de organizarlos y ponerles nombre. Cómo hacer para que esto llegue a los que deciden, la verdad no lo sé.
—En caso de que Felipe Calderón sea declarado presidente electo por el Tribunal, se habla de Sergio Vela como candidato para el Conaculta…
—No lo conozco. Hasta donde sé, entiendo que ha hecho óperas y trabajado como funcionario, pero no sé cómo sería. Se necesita una persona que tenga la intención de reformar el modelo.
—¿Cómo califica la gestión del Conaculta durante este sexenio?
—Fue una gestión que, a falta de proyecto, conservó el anterior, sin cuestionarlo y asumiendo la grave equivocación de haber perdido la meta. Si la meta no es democratizar la cultura y regresar a los ciudadanos lo que han invertido en ella, así como insertarla en la vida cotidiana de los mexicanos, no tiene sentido lo que se haga. En este sexenio fue muy obvia la falta de meta.
—¿Hubo desdén hacia la cultura?
—Desdén por parte del presidente. Recuerdo nuestro pasmo cuando nos dijo que la meta del Conaculta era servir a los artistas. Ya sabíamos que la meta no era el país, era un secreto bien guardado. De pronto que esto se oficializara fue terrible, porque se solidificó el error.

La poesía no puede existir sin idealismo: Yevgeni Yevtushenko

La poesía no puede existir sin idealismo: Yevgeni Yevtushenko

Lina Zerón

 

Yevgeni Yevtushenko es uno de los más reconocidos poetas contemporáneos rusos, dentro y fuera de su país. Su poesía forma parte de la expresión de un grupo de intelectuales quecuestionó la situación del arte y la sociedad en lo que fuera la URSS. Nació el 18 de julio de 1933 en Zima, Irkutsk.

Los poemas tempranos de Yevtushenko muestran influencia de Vladimir Mayakovsky (Rusia, 1893-1930) y dejan ver su leal- tad al comunismo, pero en algunos trabajos Yevtushenko se convierte en un portavoz para la generación joven post-stalinis- ta, que viaja al extranjero constantemente.

A los 11 años, Yevtushenko pudo trasladarse a Moscú donde entre 1951 y 1954 estudiaría en el Instituto Literario de Moscú. Poco antes, en 1948, acompañó a su padre en expediciones geológicas a Kazakhstan. Su primera obra importante fue "Zima junction" ("Estación Zima"), un poema publicada en 1956 y condenado por el régimen, pues describe la confusión moral de un joven soviético post-stalinista. Pero no ganó fama internacional hasta 1961 con Babi Yar, texto en el que denuncia el exterminio de más de 30 mil judíos ucranianos por parte de los nazis y el antisemitismo soviético de aquellos años. El poema no fue publicado en Rusia sino hasta 1984.

Los herederos de Stalin (1962), publicado probablemente con la aprobación del partido en Pravda, no se imprimió nuevamente sino hasta 1987. Este poema advertía que el stalinismo había sobrevivido a su creador.

Desde los años setenta, Yevgeni Yevtushenko ha estado activo en muchos campos de la cultura, escribiendo novelas, actuando y dirigiendo películas, incluso haciendo fotografías. En 1982 publicó su primera novela intitulada Siberia tierra de bayas y dos años más tarde saldría Ardabiola. Ese mismo año, 1984, apareció el poema "Mamá y la bomba atómica", en el que pone de manifiesto sus convicciones pacifistas. En 1987 fue designado miembro honorario de la Academia Americana de Artes y Ciencias y desde 1990 es vicepresidente de la Pluma Rusa.

Tras un largo periodo de ausencia, Yevtushenko volvió hace poco a Cuba, esta vez para compartir su arte como uno de los protagonistas del XI Festival Internacional de Poesía de La Habana. Las varias presentaciones y lecturas que tuvo durante este encuentro le permitieron restablecer contacto con el público cubano, lo que le llevó a afirmar que desea hacer más perdurable el reencuentro a través de futuras publicaciones. Sobre sus experiencias pasadas y presentes en la isla, comenta el escritor ruso:

-Estoy muy feliz de haber vuelto a Cuba; porque Cuba sobrevivió, sobrevive y, así lo deseo, sobrevivirá. Vine a Cuba por primera vez en 1961 como corresponsal de Pravda. Sin embargo, no era miembro del Partido Comunista, no lo fui nunca. En ese viaje escribí muchos poemas, cerca de 22, que se publicaron en Pravda en momentos muy difíciles para Cuba. No todos son buenos, porque tal vez se escribieron con prisa, fueron reportajes poéticos, pero hay algunos realmente buenos, como "Tres minutos de verdad", dedicado a José Antonio Echevarría. Fue una experiencia estupenda. Cuando volví, mis poemas sobre Cuba eran tan populares que el gran director de cine Kalatozov y el gran director de fotografía Urusievski me invitaron a ser guionista en su película Soy Cuba. Viví un tiempo en Cuba, y por una gran coincidencia me han dado la misma habitación en el hotel Habana Libre, la 1703, en la que estuve un año en aquella época. La película, Soy Cuba, que no fue reconocida cuando salió, ahora se conoce en todos los países y es una de las más queridas por los estudiantes, incluso los estadounidenses y aun mis propios hijos. En el plano de la escritura quisiera regresar al tema de Cuba, pero como novelista. Quisiera escribir una novela sobre la llamada "crisis de octubre", porque ha sido vista de muchas formas entre los cubanos, entre los rusos, entre los estadounidenses.

Otra cosa importante, advierte Yevtushenko, "como en Cuba no se publicaron mis poemas por mucho tiempo, voy a escribir una carta a mi editor mexicano pidiéndole que permita la reedición de mi libro Adiós bandera roja, que circuló con mucho éxito en México, y también de mi novela No mueras antes de morir".

Su participación en Soy Cuba no fue un hecho aislado, como lo atestigua su película Kindergarten, pues ha incursionado en el cine varias veces como guionista y director, manteniéndose siempre consecuente con su espíritu contestatario.

-Los funerales de Stalin salió antes del golpe de Estado, en los últimos días antes del golpe -recuerda-. El pueblo en ese entonces estaba muy dividido, pero ahora muestran la película por televisión nacional cada año el día de la muerte de Stalin. Eso es un reconocimiento, porque ésta es una película muy sincera. No es solamente política, es una biografía. Ahora tengo dos guiones que ya están listos para hacerse. El primero es una película que debe ser realizada en Inglaterra, titulada Doña Quijota; y el segundo en Rusia, sobre la historia del país, es un relato de amor y política. Yo siempre mezclo la política, como en mis poesías. Aunque quisiera hacer más películas, no puedo porque desde hace 12 años escribo una antología que es mi pirámide de Keops. Contendrá diez siglos de poesía rusa. Tres tomos de unas mil 500 páginas cada uno, como una Biblia. Son cerca de 700 poetas, los mejores para cada familia en Rusia. Allí está Ajmátova, es la segunda después de Pushkin, ¡escribió tantos poemas buenos! La tercera también es una mujer: Marina Tsvietáieva, gran poeta. Algunos de sus poemas son pequeños, pero con soluciones de gran poeta. De algunos autores hay un solo poema, pero no de estas dos mujeres: Ajmátova tiene 62 poemas, tan grandes que no puedo dejar de incluirlos. Tengo completa libertad en el tamaño del libro. Aunque estoy cansado... ya veo la luz al final del túnel.

Así es el teatro, libro de Alegría Martínez

Así es el teatro, libro de Alegría Martínez

CARLA MÉNDEZ

Efímero como un suspiro, intenso como el amor y desgarrador como el mundo, el teatro debe saborearse con todo el organismo humano -ojos, piel, corazón y cerebro- para que el recelo, la aprensión o suspicacia de quien lo presencia no ensombrezca o minimice el telar emotivo que tejen sus protagonistas, expresaron notables miembros de la comunidad teatral como David Olguín, Víctor Hugo Rascón Banda y Héctor Bonilla, durante la presentación del libro Así es el teatro de la periodista Alegría Martínez, cuya forma de analizar el hecho escénico fue diseccionada por dichos teatristas.

Como si se tratara de una noche de estreno a la que se dieron cita público, actores, directores escénicos, dramaturgos, promotores y críticos teatrales, el lanzamiento de este texto se convirtió en un foro abierto, donde la gente de teatro compartió sus puntos de vista sobre la importancia del ejercicio de un articulista teatral, quien -a decir de muchos- más allá de sus comentarios a favor o en contra participa en la construcción del archivo histórico del quehacer escénico.

El periodismo, a pesar de lo momentáneo de su información, rescata de la desmemoria acontecimientos de antaño, revive las emociones de los personajes principales y encapsula en sus páginas el tiempo que de alguna u otra forma provoca que estos recuerdos se borren del imaginario colectivo, es por ello que resulta importante la labor de un crítico teatral para quienes hacemos y disfrutamos de este arte, dijo Víctor Hugo Rascón Banda, quien celebró la publicación de este volumen editado dentro de la colección Periodismo Cultural de la Dirección General de Comunicación Social del Conaculta.

"Así es el teatro recupera en la palabra impresa las utopías y pesadillas humanas retratadas por el teatro, descifra las imágenes indelebles, brutales, dulces y divertidas desde la perspectiva de su autora; leer una colaboración de Alegría Martínez es diferente a la de sus colegas porque invita al lector a gozar del hecho escénico".

Mediante los 169 artículos contenidos en las páginas de este volumen, el lector puede descifrar el mapa humano trazado por notables creadores como Héctor Mendoza, Hugo Argüelles, Ludwik Margules, José Caballero, Mauricio García Lozano, Luis de Tavira, José Sole, entre otros, sin dejar afuera el pundonor y entrega de actores, escenógrafos y tramoyistas que han participado en la construcción de la teatralidad.

Este es un texto que da cuenta de 12 años de devenir teatral, una selección mínima de artículos, pero máxima en sus contenidos, ya que revela la devastación humana proyectada por el teatro, puntualizó el presidente de la Sogem. "Ojalá todas la producciones teatrales contaran con un testigo como ella, pues durante su ejercicio se olvida de cultivar la mala leche y las malquerencias".

Por su parte, David Olguín, dramaturgo y director escénico, comentó que para algunos resultan inverosímiles los comentarios respecto a una obra, cuando su autor es alguien estrechamente vinculado a este quehacer, es decir, cuando también se ha sido actor, dramaturgo o director escénico, debido a que la mayoría de las veces no se puede ser juez y parte.

Sin embargo -aclaró el autor- después de leer las más de 300 páginas de esta publicación, reconozco que Alegría Martínez es una auténtica crítica de teatro, pues cada uno de sus textos denotan el gozo, la dignidad y el bienestar con el que esta periodista realiza su trabajo.

"Descifrando sus palabras y percepciones en torno a la teatralidad, resalta de inmediato el énfasis que da a la descripción del espectáculo; detalla escrupulosamente los sucesos emotivos que delinea la convención teatral, dando un panorama de la esencia del tono, el rigor y la vehemencia con la que se efectuó el montaje".

Un libro como Así es el teatro es un material indispensable para la configuración de la memoria teatral del país, pues permite conocer y estudiar la manera de hacer teatro en los últimos 12 años.

En este sentido, el actor y productor de teatro Héctor Bonilla expresó que el trabajo de un crítico siempre es valioso porque da cuenta del devenir histórico del teatro, reporta no sólo lo que está dentro del escenario, sino lo que sucede a su alrededor. "El teatro como expresión efímera requiere de una persona sensible y de mente abierta para delinear los acontecimientos sucedidos adentro del escenario. Alegría Martínez cumple con ambas características, su escritura es escrupulosa y sincera, pues cuando algo no le satisface lo dice directo y sin tapujos".

La atención que le ofrece a un género teatral como son los musicales reafirman lo anterior -dijo-, pues más allá de las descalificaciones o los ninguneos hacia este tipo de montajes, esta periodista realizó un trabajo profesional realzando y enjuiciando los puntos clave y débiles de las puestas en escena reseñadas en este libro.

Por su parte, la también autora de libros como La bitácora del Caballero de Olmedo y Manuel Becerra Acosta, periodismo y poder, entre otros, dijo que Así es el teatro es un objeto de congratulación con la gente de teatro. "En 12 años se ha modificado el rumbo del teatro, es más tangible y crudo como la entraña del mundo. Este volumen es una acción mínima para salvar del olvido las palabras y los movimientos que han trastocado nuestro corazones".

Se trata de un fragmento de lo observado en más de una década, un intento por atisbar en el proceso creativo, en la trayectoria de unos cuantos protagonistas escénicos para echar un vistazo a lo que hicieron en diferentes etapas de su vida artística con la subjetividad que esta temeraria acción necesariamente implica, concluyó.

El exilio en la piel

El exilio en la piel

Alegría Martínez 

Cómo aceptar que la herida jamás se cierra. Cómo sonreír, trabajar, comer y amar cuando el exilio está en la piel como un tatuaje invisible que supura de vez en vez en reacción natural a un entorno que jamás se vuelve propio.

Por eso es que el llanto no termina, porque se añora todo, porque te falta, porque te duele lo que tuviste y no tendrás, lo que no volverás a ver, a probar, a oler, a degustar. Porque hay que reaprender, volver a empezar donde nada es conocido y las mismas cosas tienen nombres distintos.

En estas condiciones, el logro de conservar la vida arrastra la pérdida de lo amado.

Mientras se es niño sólo se intuye parte de todo esto, el tiempo real puede llenarse de juegos, de llanto, pesadillas y canciones, hasta que te enteras de que pasaron años y no hubo espacio para recuperar las piezas del rompecabezas, entre extravíos y roturas.

Todavía están con vida 150 niños de Morelia, de los más de 400 que llegaron por mar desde Burdeos en el Mexique hasta Veracruz; cuyos recuerdos, esperanzas y penas fueron recogidos por el dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda, en homenaje a ellos y al presidente que hospedó en México a aquellos chicos, seguros de que la Guerra Civil española culminaría en dos meses y todo volvería a ser como antes.

Y si bien no fue así, merece la pena enterarse de cómo fueron los días para esos pequeños inquietos que renegaron de su suerte en un país en el que sintieron que ni siquiera se hablaba su idioma.

El dramaturgo supo recoger imágenes, recuerdos, hurgar en diarios, testimonios y cartas, zambullirse hasta encontrar una multitud de voces que pudieran conformar un rostro reconocible, el del dolor silencioso que dejó surcos y gestos inamovibles en seres humanos que aún no habían terminado de formarse.

Los niños de Morelia es una oportunidad para acercarse de frente a un suceso del que se habla sólo en el hogar de quienes lo vivieron, es la posibilidad de observar de cerca las cicatrices, de reflexionar sobre lo que se dejó atrás, lo que se recuperó y lo que se tiene.

También es la ocasión de reconocer un dolor que no se había compartido en la sala de un teatro, donde más de dos espectadores no consiguen que cese el llanto. Y es que los diálogos de Rascón Banda penetran en cada rincón del exilio que tiene que ver con cada acción cotidiana y explota en emoción incontenible.

Así es como el texto nos arroja a las barricadas, a las calles españolas, a los himnos republicanos, al grito que es eco del que emiten los padres, a la búsqueda de un buen futuro desde las aulas de un internado con instrucción militar, al eco onírico de las bombas, a la incertidumbre, a la incomprensión propia.

Como si la voz del exilio español en México pudiera hablar por la boca de cinco chicos que de repente son padres, adultos, a ratos fantasmas y en ocasiones conciencia pura, el autor da a conocer muchas vidas y algunas muertes prematuras.

Su sensibilidad alcanza incluso a exponer esa innegable forma de ser española abrupta, crítica y espontánea que en ocasiones en México ofende sin proponérselo, con humor y buen tino sobre el escenario. Virtud que el director Mauricio Jiménez explota con equilibrio y brillantez a lo largo del montaje. Es así como la compañía entera, integrada por La Jarra Azul (española) y Conjuro Teatro (mexicana), logra conformar un espectáculo que habla de España y de México desde la perspectiva de quienes fueron arrojados aquí sin opción a elegir o a impedirlo, y lo hacen desde el juego infantil, la ronda, la rabieta, el antojo y la esperanza.

Cinco infantes que hablan, riñen, expresan lo que les molesta, reniegan de la educación y la comida recibida; todos de uniforme, unidos por la tragedia, conviven frente a una estrecha franja de arena, hasta donde caerá un barco de papel, un trompo, una cubeta, una manta, elementos que dan paso a la emoción, al trasfondo de sus vidas.

Un escenario semivacío es el espacio de las añoranzas, es al mismo tiempo el patio, el comedor de la escuela, la habitación, el muro, la alberca, la cama donde jamás se descansa. El universo del encierro lejos de la guerra externa.

Los niños de Morelia parece el paisaje de un juego escolar, una tabla gimnástica, un ir y venir de jóvenes en berrinche. Una secuencia de acciones encadenadas; instantáneas de muchachos que se vuelven aviones en su deambular inofensivo para tiernas edades.

El arduo trabajo de los actores: Dana Aguilar, Diana Fidelia, Emma Dib, Oscar García y Héctor Hugo Peña hace que sus cuerpos adquieran la tensión de una cuerda que se modifica según el juego, la ronda, las líneas de una carta, el silencio, el pánico y la nostalgia. Desde la más profunda de sus fibras cada actor y actriz ha sabido asimilar el cosmos de esas dos líneas paralelas que forman México y España, cuando integran la estructura interna de todos aquellos que pensaron en el destierro como algo provisional.


mantarrayamx@yahoo.com

El desierto: una estación del infierno

El desierto: una estación del infierno

Carlos Sánchez 

Víctor Ronquillo me agarra del cuello. Leo la primera línea y hasta no verte Jesús mío. Confieso que el partido de la selección mexicana no pasó sin pena ni gloria, a pesar del insípido empate.  Me habla el camarada Froylán Campos para que le caiga a su casa. Y sufrir la vergüenza de los ratoncitos. Me ruboriza no el empate, la deficiencia, la mediocridad de los tan inflados futboleros. Me pone al rojo vivo el tema de los homicidios en Juárez. En el mueble donde está la tele, el Froy tiene una selecta biblioteca, el más pequeño de los títulos, por ejemplo (blasfemia) podría decir que es El seductor de la patria, de Enrique Serna.  En el medio tiempo evito los comentarios también insípidos de los conductores de televisa. Y me sumerjo en la violencia contra las morritas de Ciudad Juárez.  Víctor Ronquillo, con su especialidad de la casa, en eso de la investigación policíaca, cuenta en voz de familiares de las ultrajadas, violadas, vejadas, asesinadas, la suerte que corrieron las hijas, hermanas, amigas, parientes, en ese lugar del desierto. Olga Alicia escribió un poema, una definición de amor a los 16 años, trazada con unos cuantos versos en unos de sus cuadernos de estudiante: Amor es hacerse llevar/por el viento y la brisa/del mar/ es ser como cristal/frágil y pequeña/... Olga Alicia no se hizo llevar, se la llevaron a la fuerza, y el presunto responsable de su muerte fue el Egipcio, recientemente fallecido en el interior de una celda del penal de Ciudad Juárez. A Olga, como a las otras tantas que llenan la crónica en las páginas de Las muertas de Juárez, de Víctor Ronquillo, les cercenaron un seno y le mutilaron el pezón izquierdo a mordidas. La crueldad es una huella en la investigación de este reportero. 

No he podido de parar en la lectura, y el móvil no es mi avidez por la información, es la necesidad de cerrar de una vez para todas el libro que se ha convertido en un acoso constante, en una violenta e incipiente tortura de voces venidas desde la maquiladora, el lote baldío, la salida de la escuela, el antro, para que salde las facturas pendientes que construyen cotidianamente los varoncitos que mutilan la existencia de estas chavas en el desierto.

 Quiero apagar de mi memoria el título, el contenido, la historia de Olga, el delirio que me hace doler en cada una de las páginas que construyen ese libro. Qué trascendente es ahora el futbol, el juego de México v.s. Angola, que memorable la hora exacta del medio tiempo de ese encuentro. Topar la vista con el lomo de ese libro y sumergirme en la crueldad ha servido no sólo para despertar los fantasmas: es una necesidad soplar para que el fuego de la agresión desaparezca por siempre de mi memoria, de mi reacción. Que no me incite la discusión, que la mirada baje ante la agresión del chofer del multirruta, y ante el error de la dama que da vuelta a la derecha viniendo por el carril de la izquierda no provoque el más mínimo instinto del animalito que soy. Aunque la temperatura rebase los cincuenta grados.  A cada línea que leo, la necesidad de abrazar a las mujeres, en solidaridad, se vuelve más urgente.  En el alucín de poder  influir para decir qué libros leer y cuáles no, he concluido con que si tuviera esa fuerza, les pediría a todos que no abrieran el libro de Ronquillo, para que no sufran como lo hago en este instante. Tal vez por eso escribo ahora, tal vez por la búsqueda de salvación, de soltar las amarras de esas niñas muertas que se hace nudo en mi garganta. Ayer contaba la historia de Abigail, muerta a manos de un albañil. Hoy quisiera inventar la felicidad en el rostro de alguna niña que juega a las muñecas y desde el cielo un rayo apague la vida de quien se atreva a perturbarla. Por eso no puedo creer en la existencia de Dios. Precisamente por eso: la veracidad implícita en el libro de Víctor Ronquillo, el cual maldigo y bendigo.  Una: me hace concluir de nuevo que el mundo es una porquería. Dos: me hace solidarizarme con ellas, las que han caído otra vez en el desierto: una estación del infierno.